Las guerras del dólar y el surgimiento de un sistema cooperativo

En conferencia reciente sostenida en Washington, la directora-gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, sorprendió al público al afirmar que la sede de la agencia que dirige podría cambiarse a Pekín, en una década, si las tendencias del crecimiento de China y otras economías emergentes se mantuvieran.

Según ella, esta es “una posibilidad”, por el hecho de que el FMI necesita aumentar la representatividad de los grandes mercados emergentes, en la medida que estas economías crecen y se vuelven más influyentes.

“Bien pudiera significar que si tuviéramos esta conversación de aquí a diez años, podríamos no estar en Washington. La tendríamos en nuestra sede en Pekín” aseguró (Reuters, 24 de julio de 2017).

Considerando que el FMI tiene su sede en la capital estadounidense desde su creación en 1945, constituyendo desde entonces uno de los pilares institucionales de la hegemonía del dólar en la economía mundial y que los EUA no acostumbran digerir bien cualquier propuesta o sugerencia que consideren una amenaza al status quo (en vista –inclusive- el asesinato de carácter del que fue víctima el antecesor de Lagarde, Dominique Strauss-Kahn), la sorprendente afirmación de Lagarde es más que una señal de la encrucijada en la que se encuentran los EUA.

A casi una década de la crisis global que comenzó con la burbuja inmobiliaria estadounidense y cuyo marco fue la quiebra del mega-banco Lehman Brothers, es cada vez más claro que la crisis tiene muchos más que ver con la agenda hegemónica del Establishment oligárquico – o mejor dicho, con su agotamiento – que con los fundamentos reales de la economía.

La crisis de 2007-2008, desarrollándose en paralelo con el rápido ascenso económico de China y el incisivo retorno de la Federación Rusa al primer plano del escenario estratégico global, ofreció a los Estados Unidos una oportunidad para convertir su agenda hegemónica en una ruta cooperativa, tanto para la superación de la crisis y la reanudación del crecimiento con bases económicamente sólidas, como para el enfrentamiento conjunto de hechos como el terrorismo internacional (por lo menos, a su parte no promovida por los servicios de inteligencia).

Evidentemente, en semejante escenario, sería necesario compartir con otras monedas relevantes el papel reservado al dólar como moneda de referencia internacional. Por eso, los oligarcas radicales de Washington y Wall Street se mantienen aferrados a la prevalencia de la moneda estadounidense, en especial a su variante “petrodólar”, en la cual se hace la casi totalidad de las transacciones con hidrocarburos. Intentos de esquemas alternativos, como la del líder iraquí Saddam Hussein, con la pretensión del uso del euro en las ventas petroleras, y la del libio Muamar Kadafi, con la creación de un “dinar de oro”, como moneda de referencia africana, fueron sofocadas manu militari.

Semejante obstinación orientó la “solución” encontrada en 2008, con las mega-inyecciones de liquidez al sistema financiero, para salvar los bancos “muy grandes para quebrar”, los cuales, sin embargo, se limitaron en atesorar múltiples billones de dólares y de euros y canalizarlos hacia operaciones especulativas de riesgo, en lugar de proporcionar el crédito necesario para relanzar las economías maltratadas.

Por si las dudas, el ex-presidente del de Sistema de Reserva Federal, Alan Greenspan, está advirtiendo que la crisis está lejos de estar superada, llamando la atención hacia lo que él considera el inminente estallido de la burbuja de títulos de la deuda soberana (CNBC, primero de agosto de 2017).

En este contexto, China despuntó con la disposición de presentarse como la punta de lanza de una plataforma realmente cooperativa para la reanudación del desarrollo en gran escala. Con un papel decisivo en los grupos BRICS y la Organización de Cooperación de Shangai (OCX), y en la creación de nuevas instituciones financieras, como el Nuevo Banco de Desarrollo (“Banco de los BRICS”), el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura (AIIB), una agencia de calificación de riesgo y un sistema propio de transferencias internacionales y, como cereza del pastel, la propuesta de integración de infraestructuras del eje euroasiático, como motor de reconstrucción económica global, los lideratos chinos se muestran mejor sintonizados con las necesidades del siglo XXI que sus contrapartes estadounidenses.

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