N. de los E. – A continuación reproducimos el editorial del informativo mensual, Página Iberoamericana Vol. 14 No. 5, mayo de 2017.
La Gran Eurasia no es un acomodo geopolítico abstracto, sin exagerar, es un proyecto de un alcance verdaderamente civilizador que mira al futuro”. Estas fueron las palabras del presidente ruso Vladimir Putin, pronunciadas al final de su discurso en la apertura del Foro Internacional Cinturón y Ruta, celebrado en Pequín entre el 14 y 15 de mayo. Así ubicó la perspectiva de la dinámica que se abrirá con la integración física y económica de Eurasia, simultáneamente puesta en marcha por China y por Rusia, haciendo confluir la Nueva Ruta de la Seda y la Unión Económica Euroasiática.
Para dar resonancia internacional a tal proceso, el presidente de China Xi Jinping, convocó el foro de Pequín, el cual tuvo la participación de más de mil representantes de más de 50 países, contando con la de algunos jefes de Estado y de gobierno, el secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, y el presidente del Banco Mundial, Jim Yong-kim.
El núcleo de la iniciativa es la ejecución de una vasta red de infraestructura moderna de transportes terrestres y marítimos, energía y telecomunicaciones, interconectando a Asia, África y Europa. Un proyecto con enorme potencial para ampliar la dinámica que ya reorienta el centro de gravedad geoeconómica del planeta, del Atlántico Norte a Euorasia. Proceso nuevo que necesariamente conlleva a fomentar un ambiente que posibilitará consolidar un conjunto de relaciones cooperativas dejando atrás el oscuro cerco de la lucha por las hegemonías y sus secuelas de injusticia. Se trata de un nuevo ordenamiento de desarrollo compartido entre las naciones; un contraste con la confrontación en la que Occidente se debate.
Putin sintetizó los principios de la propuesta: “Creo que Euroasia puede elaborar y proponer una agenda constructiva y positiva en asuntos vinculados a la seguridad, mejoramiento de las relaciones entre los Estados, desarrollo económico, cambio social, alta administración y la búsqueda de nuevas fuerzas capaces de promover el crecimiento. Para la comunidad global, debemos ser un ejemplo de un futuro colectivo, innovador y constructivo, basada en la justicia, igualdad y respeto a las soberanías nacionales, al Derecho Internacional y a los inexorables principios de Naciones Unidas”.
Convocar al foro es parte de la estrategia china para consolidar lo que Xi Jinping denomina “globalización incluyente”, en contraposición al orden de la financierización de las actividades económicas, suprema ley de la globalidad, cuyo principal resultado ha sido el aumento de las desigualdades nacionales.
Evidentemente, dado que se trata de una iniciativa moldeada a los intereses chinos cada nación que desea participar tendrá que establecer criterios que confluyan con sus propios intereses e idiosincrasias, en un contexto de entendimiento al que Pequín también tendrá que ajustarse.
El único jefe de gobierno del G-7 que participó del foro fue el premier italiano Paolo Gentiloni. Al final, el grupo es una reliquia de una era en ocaso, la del excepcionalismo, eje de la política de los EUA -y sus aliados trasatlánticos-, que no ha conseguido ofrecer al mundo una era pacifica de prosperidad, y si conflictos y guerras interminables, desigualdad social y una sombría visión del futuro de la humanidad.

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