Francisco en Colombia, demos el primer paso

La reciente visita pastoral del papa Francisco a Colombia del 6 al 11 de septiembre se inscribe en el esfuerzo pontificio de ayudar al pueblo colombiano a encontrar un camino para la paz. Durante más de medio siglo, Colombia fue despedazada por una guerra trabada por fuerzas narcoterroristas, la mafia de las drogas y las fuerzas paramilitares que llevó al país al abismo, con un saldo trágico de medio millón de muertos y casi siete millones de refugiados o desplazados. El lema escogido para el viaje fue, por lo tanto, “Demos el primer paso,” una referencia a los esfuerzos que, el año pasado, desembocaron en un polémico y delicado acuerdo de paz firmado por el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Como reiterara en sus diversos discursos, un acuerdo de paz formal no es, de ningún modo, garantía de que las heridas profundas del pueblo colombiano serán curadas. Sin embargo, es un primer paso indispensable. Por ello, resaltó, sin la verdad, no puede haber reconciliación.

El precedente de la Paz de Westfalia

Desde el punto de vista de esta autora, de origen alemán, la historia de Europa presenta varios precedentes para un proceso de paz y de reconciliación tan complicado. Recuérdese, por ejemplo, la terrible guerra religiosa de tres décadas (1618-1648), que duró 20 años menos que el conflicto de Colombia, devastó a Europa Occidental y causó la muerte de 6 millones de personas. La guerra terminó con el Tratado de Westfalia, firmado por los beligerantes en las ciudades de Münster y de Osnabrück, con el lema “perdón mutuo y reconciliación.”

Vale resaltar que, al final de su viaje, Francisco envió un mensaje a la conferencia anual “Caminos para la paz,” que este año volvió a realizarse en Münster, donde se congregaron representantes de diferentes religiones. En el mensaje se refirió a que este año se celebra el trigésimo aniversario del proceso de “paz y diálogo” iniciado por el Papa Juan Pablo II en Asís, en 1986: “Nuestro camino hacia la paz no es el de aquellos que profanan el nombre de Dios, esparciendo el odio; no tiene nada que ver con la desgracia de la guerra, la locura del terrorismo o la fuerza ilusoria de las armas. El nuestro debe ser un camino de paz, que una muchas tradiciones religiosas, para las cuales la compasión y la no violencia sean elementos esenciales, que apuntan al camino de la vida.”

El Pontífice, en el mismo mensaje, resaltó la importancia de que se busque la liberación de los males de la guerra y del odio. Para que esto acontezca, el primer paso es sentir el dolor de los otros, para convertirlo en nuestro.” Subrayó la importancia de que la reunión tenga lugar en el corazón de Europa, al recordar que “la paz estuvo en el centro de la reconstrucción de Europa, luego de la devastación causada por dos guerras mundiales desastrosa y de la terrible tragedia del Shoah (Holocausto). Que su presencia en Alemania sea una señal y una convocación para que Europa cultive la paz, por el compromiso de allanar nuevos caminos hacia una unidad sólida.”

El problema de la corrupción

En el viaje de regreso a Roma, Francisco dio una entrevista colectiva en la que planteo que ahora es necesario dar un “segundo paso,” ya que muchas cosas se acumularon en casi 54 años de guerrilla, una enorme cantidad de odio y de crueldad, que comparó con una enfermedad terrible que infectó el alma humana: “Un alma adolorida es una enfermedad, sea que se trate de guerrilla o de paramilitares, enfrentamos un profundo problema de ‘corrupción’ que muchas veces provocó la enfermedad del odio en Colombia.”

Para Francisco, la corrupción es una de las enfermedades más graves. Hizo una breve referencia a un folleto publicado en Buenos Aires, en 2005 (reeditado en 2013), titulado “Pecado y corrupción,”. Al preguntársele si las personas corruptas deberían ser excomulgadas, el Pontífice respondió indirectamente enfatizando que hay que estar conscientes de que uno de los mayores problemas es que muchas veces el “corrupto” se olvida de pedir perdón: “Dios no se cansa de perdonar, pero el pecador a veces tiene el coraje de pedir perdón.”

También recalcó, “el protagonista de la pacificación es el pueblo, o llegaremos tan sólo hasta cierto punto. Pero cuando las personas toman la tarea en sus manos, son capaces de hacerlo bien.”

En una misa en Cartagena de Indias, Francisco mencionó que el plan de tener un “marco legal y acuerdos institucionales entre grupos políticos y económicos de buena voluntad” no es suficiente. Condenó con dureza, el “comercio de drogas” y la “especulación financiera,” al referirse a personas que permanecen en “pecado de la corrupción”: “Pienso en el drama horrible de las drogas, que se usa para generar lucro, que destruye las leyes morales y civiles de la sociedad… (Es necesario) buscar formas de acabar con el tráfico de drogas, que sólo esparce la muerte, al destruir tantas esperanza y tantas familias.”

También se refirió a la “especulación financiera,” que muchas veces es robo y perjudicial para la economía y para la sociedad, al lanzar a millones a la pobreza, diciendo que si “Colombia quisiese una paz estable y sustentable, debe urgentemente dar un paso en esa dirección, la del bien común, de la igualdad de oportunidades, justicia y respeto de la naturaleza humana. Debemos construir la paz.”

En dos discursos separados, uno ante el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) y el otro dirigido a los obispos de Colombia, Francisco exigió a los representantes de la Iglesia que no cediesen a la tentación de hacer “del Evangelio una ideología, funcionalismo y clericalismo eclesial,” y afirmó que “el Evangelio no puede reducirse a un programa de servicio de un gnosticismo moderno, a un proyecto de mejora social ni la Iglesia puede concebirse como una burocracia confortable, reducida a una organización ejecutada de acuerdo a modelos de negocios modernos por una casta clerical. La misión de la Iglesia no es vivir una vida confortable. No nos podemos quedar paralizados en nuestras oficinas con aire acondicionado. Tenemos que hablar con hombres y mujeres en sus situaciones concretas, no podemos desviar nuestra vista de ellos.”

Francisco pidió que los obispos y los cardenales dialoguen constantemente con las personas: “No podemos perder la comunicación con ese sustrato moral, con su rico suelo presente en el corazón de nuestro pueblo, donde vemos los elementos sutiles siempre elocuentes que componen su rostro mestizo –no sólo indígenas, hispanos, portugueses o africanos, sino mestizos: ¡Latinoamericanos! Guadalupe y aparecida son señales programáticas de la facultad creadora divina que trajo esto, y que yace en la piedad popular de nuestro pueblo, que forma parte de su singularidad antropológica y un presente por el cual Dios quiere que nuestro pueblo venga a conocerlo.”

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