Una ofensiva en la guerra de Ideas. Permanecer a la defensiva es inoportuno en el mundo moderno

Por Serguei Karaganov*

MSIa Informa, 18 de diciembre de 2020.- Por largo tiempo dudé sobre si publicar este artículo. Resultaba ser demasiado riguroso. Pero el crecimiento de una crisis mundial que alcanza muchísimos rangos -económicos, y por mucho civilizatorios que conducen al cambio de regímenes y de élites- me convenció de que tenemos que hablar con franqueza. Vivimos en una situación militar, hasta ahora con millones de víctimas, así que como se suele decir “À la guerre comme à la guerre”.

Me concentraré en la posición ideológica de la política rusa. Mucho se tiene que hacer en este sentido. Rusia defiende con firmeza sus intereses y su verdad, en particular el significado de la Gran Victoria de la Segunda Guerra mundial. Rusia deshace con frecuencia las campañas que con fiereza, muchas veces equivocadas moralmente, se arrojan contra nuestro país desde Occidente, el cual está perdiendo la competencia histórica. Occidente, con los recursos que le quedan de su continuo dominio, intenta restablecer una lucha desesperada en el campo económico (la guerra comercial de Estados Unidos contra China, sanciones contra Rusia y docenas de otros países) y en el campo de la información (la guerra de propaganda contra Rusia y China).

Sin embargo, el proceder de Rusia tiene una debilidad crítica. Constantemente refutamos, y de esta forma caemos en el campo que ellos quieren. A causa del hábito heredado de la Guerra fría y de la dominación de Occidente, todavía le prestamos mucha atención. Desde hace mucho tiempo dejamos de estar en el campo de los perdedores. Ya no somos tan pobres ni estamos maniatados como solíamos estar. Pero seguimos a la defensiva.

Estar a la defensiva en la esfera ideológica es demasiado inconsistente con la tradición estratégica rusa: antes de vencer entregamos Moscú a Napoleón y combatimos a Hitler por todo el Volga. ¿Pero de quién nos estamos defendiendo ahora? De pigmeos comparados con aquellos monstruos. La tradición defensiva es inapropiada en el mundo moderno, pues conduce a la pérdida del empuje tanto de la élite como de la sociedad. Y no puede haber victorias en Rusia sin ese empuje.

No tenemos una ideología positiva para nosotros, ninguna idea rusa nueva. Pero sin dichas ideas todas las potencias se derrumban o dejan de ser grandes. El mundo está sembrado de sus tumbas y de sus ruinas.

La muerte del viejo comunismo y el incontenible fracaso del “liberalismo democrático” ha creado un vacío ideológico en el mundo, y la lucha por llenarlo está en marcha. Para China es difícil hacerlo por su cultura específica, que es difícil de “leer” para la mayoría de las otras civilizaciones. (Aunque es críticamente importante tratar de entenderla, así como la de todo el Oriente en general).)

La lucha entre liberalismo y comunismo ha dado pie a una lucha ideológica diferente hoy en día.

Una parte puede llamarse “nacionalista”, o “conservadores”, o “normales”. Proponen la conservación de la soberanía de los pueblos y países, de la identidad nacional y la protección de sus intereses nacionales y de su cultura. Son la inmensa mayoría en especial en el Asia en surgimiento, y hay muchos de ellos en Estados Unidos y en los países europeos. Pero hasta hace poco estuvieron a la defensiva contra el poderío liberal de la “corrección política”.

El otro lado está representado por los transnacionalistas, o liberales. Pero no representan un liberalismo genuino, es decir, la libertad, y en cambio han tratado de imponer una ideología unificada casi totalitaria. Son una minoría declinante. Pero tienen a su alcance, aunque en declive, poderosas posiciones en el sistema económico mundial creado en Bretton Woods y extendido al mundo entero luego de 1991. Su posición, construida en los últimos siglos, es muy fuerte en la esfera de la información y de la cultura, que es quizá el principal bastión defensivo de Occidente.

Un factor que pesa en los transnacionalistas es que la mentalidad de una parte significativa de las sociedades y de las élites de Occidente (y parte pequeña de las sociedades no occidentales, entre ellas Rusia) han cambiado a causa de la larga paz asegurada por las armas atómicas, la ausencia de tensión (que permea la historia entera de la humanidad), la necesidad de luchar por las necesidades esenciales como la vida, el pan, la cultura propia y la patria. Cambios similares se presentaron antes de la caída del Imperio romano, de la República de Venecia, a finales del siglo XVIII, y la catástrofe de China en los siglos XVIII-XIX. En el mundo moderno podemos contemplar la proliferación de ideologías, valores y modelos de conducta falsificados: democratismo como religión, LGTB, Me Too, feminismo (que no se confunda con derechos de la mujer), Black Lives Matter, (Vidas negras importan )y así sucesivamente.

Esos patrones y valores de conducta los promueven las élites trasnacionales que gobiernan para distraer de los problemas sin resolver o que no se han abordado -la total futilidad e injusticia del modelo existente de capitalismo. Están acostumbrados a atomizar las sociedades, a remplazar los principios y emociones naturales y a promover la transformación de los hombres en autómatas con reacciones programables. Es de hecho la deshumanización de los hombres y de la humanidad. Están tratando de exportar esos modelos para debilitar a los países y sociedades con los que compiten, y separar a los pueblos de su historia, de sus tradiciones y de ellos mismos.

Esta exportación despierta una reacción negativa entre los relativamente “normales”, que son la vasta mayoría. Pero no están organizados ideológicamente y carecen de líderes. Así que en lugar de pensar sobre cómo justificar la falta de desfiles homosexuales, deberíamos tratar de dirigir un nuevo humanismo para conservar la esencia y el propósito del hombre que debe servir a la familia, a la sociedad, al propio país, al mundo y a Dios. Esos son los verdaderos principios de todas las civilizaciones y de todas las religiones, excepto de las que les da por llamarse liberales.

La amenaza a la paz mundial es extremadamente grande y creciente. Rusia es el principal promotor de la paz. Es Rusia la barrera político-militar que cierra el camino de los que desencadenan esas guerras. Cuando la intervención activa de Rusia se detuvo por debilidad militar, moral y política, la OTAN se apoderó de los restos de Yugoslavia y cometió agresiones contra Irak y Libia.

Pero no sacamos partido de este logro real, no buscamos una política activa de paz o de salvar la paz, ni nos ayudamos ideológicamente a nosotros mismos ni a la humanidad a reducir la amenaza de la guerra a escala mundial.

¿Necesitamos más fuerzas armadas sólo para detener a los “agresores en potencia” y para garantizar nuestra soberanía, o, sobre todo, para proteger los principios más elevados -paz para nosotros y los demás? Creo que necesitamos esto último. Entonces, ¿Por qué no decirlo abiertamente a nosotros y a todo el mundo, y por lo tanto asegurar nuestra merecida autoridad y respeto? Y no hablemos del apoyo público extra al gasto de defensa, que nunca es impropio en tiempos de crisis económica.

Al haber privado a Occidente, y en particular a Estados Unidos, de su superioridad militar, en la cual se fincó su dominio de cinco siglos en la política, en la economía y en la cultura, habremos liberado al mundo y creado las condiciones para que todas las naciones puedan elegir con libertad su propio camino de progreso y darles la oportunidad de conseguir una parte justa del PIB del mundo. Los europeos y los estadounidenses, en el pasado, se apropiaron de él, por su dominio. Pero ahora nosotros estamos refutando vergonzosamente las acusaciones de militarismo y de agresividad, en lugar de decirles que somos un país que ha liberado al mundo no sólo de los descendientes de los kanatos, de Napoleón y de Hitler, sino también del “yugo” Occidental, o neoliberal.

Una pregunta aparte es ¿por qué un país que es un exportador neto de aire y agua limpios guarda silencio modestamente en los temas ambientales? Todo indica que es porque estamos acostumbrados a la defensiva contra el parcialmente razonable, pero también atrozmente egoísta programa verde impulsado por Occidente. En su lugar podríamos y deberíamos dar el tono en la política ambiental internacional y proponer su concepto, benéfico para todos.

¿No sabemos que la democracia es una forma aparentemente cómoda de gobierno para la mayoría, pero completamente inapropiada durante una crisis? ¿O que siempre ha perecido en dichas circunstancias? ¿No vemos que los procedimientos democráticos formales los conducen y los conducirá a convertirse en estados pobres? Las respuestas están a la vista: Ucrania, Armenia, Bielorrusia, Kirguistán, y muchos otros países. Y su número crecerá en medio de la crisis económica mundial desatada por la pandemia.

El autoritarismo no es una panacea y puede conducir al estancamiento y al fracaso. Lo sabemos. Pero la democracia en sociedades pobres y complejas étnicamente casi siempre conduce a la degradación o, quizás, hasta el baño de sangre.

¿Nos consideramos nosotros mismos moralmente iguales o incluso inferiores a nuestros vecinos de la civilización europea que están enredados en mentiras y fracasos? ¿O nos reconoceremos finalmente como los que siempre hemos sido y seremos históricamente -quizá la euroasiática civilización de civilizaciones?

La conclusión es completamente obvia: tenemos que luchar de nuevo. No tiene sentido ofrecer la otra mejilla, en especial con los que están sumidos en una profunda crisis de civilización. Debemos, no obstante, detener las batallas esencialmente defensivas con naciones perdedoras históricamente, y voltear hacia el mundo cada día menos occidental, para obtener las ventajas y algunas veces las posiciones ideológicas y políticas de liderato que esto nos ofrece.

Permítanme presentar algunas ideas de dicha política de ofensiva, orientada al futuro y de ninguna forma agresiva.

Somos una nación de vencedores.

Protegemos la soberanía, la identidad y la libertad de todos los países de elegir su propio camino cultural, político y económico de desarrollo. Propugnamos por la libertad de los países y de los pueblos y contra la hegemonía en la política y la economía y por el universalismo en la cultura y la ideología.

Somos un pueblo internacionalista y no podemos ser de otra forma, dada nuestra historia. Cualquier tipo de racismo es profundamente ajeno a nosotros.

Respetamos las decisiones íntimas de cada persona. Pero queremos humanidad para progresar y niños que nazcan, y estamos en contra de la transformación del pueblo en mankurts que no recuerdan su historia, parentesco y género. Queremos personas que sigan la búsqueda de su fin último que es servir a la familia, a la sociedad, al país, al mundo y a Dios, si creen en él. Somos una nación de mujeres muy femeninas y fuertes que muchas veces han salvado al país a lo largo de su ardua historia. Somos una nación de hombres fuertes y valientes que están listos para proteger al débil.

Rusia podría trazar la ruta hacia un nuevo mundo, sin despedazar el viejo, que sigue impulsando, sino ofreciéndose a Eurasia y todos los demás cómo líder de los normales, nacionales, soberanos y pacificadores. Después de leer esto, muchos dirán: no somos completamente así todavía. Pero somos y más que muchos otros, y tenemos que movernos adelante, fortaleciendo lo mejor de nosotros mismos, y al actuar así cautivar a otros.

*Este artículo se publicó originalmente en ruso en Rossiiskaya Gazeta, Federal Issue No. 268(8322). El Sr. Karaganov es decano de Economía Mundial y Asuntos Internacionales de la Universidad Nacional de Investigaciones de Moscú y presidente honorario del Presidium del Consejo de Política Exterior y Defensa de la Federación Rusa. Miembro del Club de debates Valdai.

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