A finales de abril, el Dr. Alexander de Faria e Castro, presidente de la organización no gubernamental Herus (Intercambios culturales y ayuda humanitaria Hessiana-Rusa), dictó una conferencia en Wiesbaden, Alemania, en la que presentó su visión sobre el periodo en el que fue abogado y consultor tanto en Rusia como en Estados Unidos. Durante las dos últimas décadas del siglo pasado asesoró a diversos grupos de inversión en Estados Unidos y a empresas alemanas medianas con operaciones con Rusia. En 1995 fue designado por el Fondo ruso de activos federales representante oficial ante la Unión Europea (UE) y Alemania para asuntos relacionados con la privatización.
Faria e Castro es descendiente de rusos, muchos de los cuales fueron personalidades de primera categoría, provenientes de la región del Báltico. El tema de sus tesis de doctorado fue una comparación de las legislaciones civiles rusa y alemana. También se desempeñó como abogado en Estados Unidos desde finales de los años sesentas.
Al revisar aquel periodo, visto a partir de la situación actual, él defendió una evaluación más equilibrada del conflicto actual que envuelve a Rusia y a Ucrania. Destacó que en el debate estratégico de hoy nadie debe dejarse influenciar exclusivamente por lo que dictan los “atlanticistas,” ampliamente dominados por Estados Unidos. Es necesario, dijo, repensar los principios esenciales de las relaciones exteriores alemanas, a partir de principios como los que siguió el canciller Otto von Bismark de 1871 a 1890, mismos que fueron recordados recientemente por el ex canciller Gerhard Schröder (1998-2005). Faria e Castro destacó en su discurso una entrevista concedida por Schröder a la revista Der Spiegel del 28 de marzo pasado. En ella, este criticó la política de cerco estratégico a Rusia que practica la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la cual se inició inmediatamente después del fin de la Guerra fría y que ha provocado justificadas reacciones por parte del Kremlin.
En relación a las divergencias entre Estados Unidos y Europa, Schröder llegó a afirmar que “no hay intereses en común en Occidente.” Según él:
“Los estadounidenses ven el conflicto con Rusia como un problema mundial. No quieren un nuevo competidor al lado de China. Los europeos saben, de acuerdo con su experiencia histórica, que hicieron bien cuando hubo una política de equilibrio con Rusia, y que las cosas siempre se vuelven difíciles cuando no hay armonía con Moscú –y esto fue comprendido también por Bismark. (…) Tenemos un interés en común, que es el de tener una Rusia fuerte, no derumbandose (…). Europa, en Especial Alemania, necesita a Rusia, y Rusia necesita a Europa. Este hecho no ha cambiado desde los tiempos de Otto von Bismark.”
Faria y Castro subrayó que durante su estadía en EEUU aprendió a apreciar muchas cosas positivas del país, empezando con los principios de la Constitución, pero, por otro lado, se dijo muy preocupado con la forma en cómo se trata a la minoría negra, con una política de discriminación racial que todavía influencia la vida del país. También se mostró sacudido con el fundamentalismo de lo que se da en llamar “cristianismo de derecha,” el que, con una gran influencia en la prensa, y conocido como “lobby pro-Israel,” defiende una doctrina unilateral en el Oriente Medio, como fue patente en la actuación para asegurar que el Primer ministro israelí, Bejamín Netanyahu, hablase ante el Congreso en marzo pasado.
Buen conocedor que es, Faria e Castro evalúa que Estados Unidos no está actuando “de acuerdo con sus propios principios y valores.” En su opinión, en lugar de orientarse en busca del Bien común, el país ha violado muchas veces del Derecho internacional y la inviolabilidad de las soberanías nacionales.
El caótico periodo de Yeltsin
A principios de los años noventas, Faria e Castro pasó a trabajar en Rusia, en un importante bufete jurídico estadounidense en Moscú. Durante ese periodo escribió diversos artículos publicados en la prensa rusa y alemana en los que analizaba la importancia y la necesidad de promover la creación de empresas medianas en Rusia, en lo que Occidente debería tener un papel fundamental.
En representación del Ministerio de Economía del estado de Hesse (Alemania), fundó una Asociación empresarial ruso-alemana, la cual fue disuelta cuando la Unión Soviética se desintegró, a finales de 1991. Luego de la tentativa fracasada de Mijaíl Gorbachov de llevar adelante la política de la “perestroika” (apertura), Boris Yeltsin subió al poder, en 1991. Lo que se inició en su gobierno fue un cambio fundamental: el fin del comunismo, la creación de la Federación Rusa y el inicio de una era de medidas económicas que introdujeron un capitalismo depredador fuera de control.
Yeltsin introdujo un estilo ruso de capitalismo depredador. En 1998 la revista Der Spiegel afirmó:, “él decidió ir contra la economía de mercado social y optó por los ‘Chicago boys,’ cuyo emisario, Jeffrey Sachs, un monetarista radical, pugnaba porque Rusia entrase al mercado mundial sin ninguna protección.” Los precios en rublos en 1992 se liberaron.
En lugar de medir la aceptación popular de las normas sociales del mercado propuestas por el economista y canciller alemán Ludwig Ehard (1963-1966) y crear, primero, un estado bajo el gobierno de la ley, de preparar un periodo de transición con una agricultura floreciente, Yeltsin impuso un consumismo sin límites en el país. Gracias a esto, un enorme volumen de capitales abandonó la economía rusa para ir a parar a cuentas de Suiza, de Chipre, de Bahamas y de otros paraísos fiscales.
“La inflación creció, dice Der Spiegel, a ritmo acelerado y afectó la economía de todos los ciudadanos rusos. El paso siguiente fue la privatización de las empresas del Estado. El plan era dejar que todos los ciudadanos participases de la economía en bases iguales, con la distribución de los ‘vales.’ Pero, a causa de la enorme inflación, las redes de comerciantes lograron comprar dichos ‘vales,’ los directores de diversas empresas recibieron los ‘vales’ de sus empleados y, luego, la riqueza nacional estaba concentrada en manos de unos pocos oligarcas.”
En el gobierno de Yeltsin, dice Faria e Castro, hubo un “caos completo.” La legalización de las joint ventures fue dominada por empresas de consultoría y megabancos estadounidenses, como el Goldman Sachs. En materia de economía política, los economistas de Harvard propugnaban por un “choque de privatización.” Este fue el comienzo de las oligarquías rusas, que en esa ocasión adquirirían la participación de ciudadanos rusos y asumirían el dominio.” En conversaciones con personalidades rusas, en esa época, estas le dijeron que querían que se les escuchase, pero que “Occidente no nos toma en serio.” Comparó la situación con la conducta de la agencia alemana Treuhand-Anstalt, encargada de privatizar los activos alemanes de la antigua Alemania Oriental luego de la reunificación del país. La agencia privatizó apenas 12 mil empresas, “En Rusia fueron más de 100 mil. Fue un periodo totalmente caótico, donde los economistas rusos como Yegor Gaidar y Anayoli Chubais introdujeron una cura radical.”
Eso significó la privatización sin obligaciones sociales, el cierre de muchas industrias, una caída brutal de la producción y el derrumbe de la agricultura. Una docena de oligarcas multimillonarios se apoderó de la industria, de la prensa y de las posiciones claves del país.
Con el cambio de Yeltsin por Vladimir Putin, a finales de 1999, llegó el fin del caos reinante, pues este último introdujo un “nuevo orden” y, con el consentimiento de la población, trató estabilizar y de garantizar la seguridad del país. Hasta hoy, dice, hay una aceptación absoluta de política de estabilidad.
En términos de política exterior y de seguridad, Faria e Castro acusó a occidente de no entender a Rusia cuando comenzó a cercarla con la expansión de la OTAN hacia en Este.
En concreto se refirió a la propuesta del entonces secretario general de la Alianza, Manfred Wörmer de mayo de 1990, en la que defendió un modus vivendi con Rusia, la propuesta “dos más cuatro” (las dos Alemanias y las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial), que resultó en el tratado de reunificación alemana. En sus palabras: “tenemos que encontrar soluciones que respeten los legítimos intereses de seguridad de todos los participantes, en especial de la Unión Soviética. Recalco: todos los participantes, no sólo la Unión Soviética. Esta nación tiene derecho a esperar que la unificación alemana y el ingreso de ese país en la Alianza atlántica no perjudicará su seguridad.” Wörmer dijo en esa ocasión que “nuestra estrategia y alianza son exclusivamente defensivas. Ellas no amenazan a nadie, ni hoy ni mañana (…). Estamos preparados para un desarme radical, al mínimo que necesitemos para garantizar nuestra seguridad. Esto será igualmente válido respecto a una Alemania reunificada miembro de la OTAN. El hecho de que estemos listos para no colocar tropas de la OTAN más allá del territorio de la República Federal (Alemana) le da a la Unión Soviética garantías sólidas de seguridad.”
Si todo eso se hubiese seguido, muchos de los problemas de hoy se hubiesen evitado.

Português
Msia Informa

