MSIa Informa, 25 de marzo de 2022.-En la guerra de versiones trabada en torno de la invasión de Ucrania por las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa, la versión prevaleciente en Occidente es la de que se trata de un ataque no provocado motivado por la ambición del presidente Vladímir Putin, -casi invariablemente retratado como un autócrata o dictador sanguinario- de reconstruir la antigua Unión Soviética. En este campo de batalla propagandístico, es forzoso reconocer que Rusia ha llevado una gran desventaja, como se desprende de la virtual unanimidad de la prensa occidental en la difusión y el análisis del conflicto, que algunos ya presentan como el inicio de una nueva división del mundo entre “democracias” y “autocracias”.
Entre otros, este es lo que sostiene el encargado de economía del periódico británico Financial Times, Martin Wolf, quien, en entrevista concedida al periódico brasileño O Estado de São Paulo del 20 de marzo, afirmó que consideraba inevitable la división mundial entre un bloque “democrático” liderado por Europa y Estados Unidos, y otro “autocrático”, encabezado por China y Rusia. “Comenzamos a movernos hacia una era de conflictos geopolíticos entre democracias y autocracias. Y esto puede durar bastante tiempo”, dijo.
En esta misma línea, en un discurso pronunciado en la Business Roundtable, organización empresarial de Washington, el presidente estadounidense, Joe Biden, admitió que el mundo se encuentra en un “punto de inflexión… que ocurre cada tres o cuatro generaciones”. Concluyó su participación con un solemne compromiso: “Va a haber un nuevo orden mundial, y nosotros vamos a liderarlo. Y, haciendo eso, nos vamos a unir al resto del mundo libre” (sic) (White House, 21/03/2022).
La mención del “mundo libre” evoca los tiempos de la Guerra fría, siempre caros a los condominios de poder de Washington, que se precian de hacer referencias históricas para justificar sus planes hegemónicos que Estados Unidos se han empeñado en consolidar desde el hundimiento de la Unión Soviética. Una diferencia crucial es, sin embargo, que durante el enfrentamiento ideológico Este-Oeste, Estados Unidos dispusieron de estadistas, diplomáticos y líderes militares con conocimiento profundo de historia y cultura de los oponentes y un respeto adecuado hacia ellos, lo que contribuyó mucho para impedir que el conflicto se volviese “caliente”, inclusive en momentos críticos como la Crisis de los Misiles de Cuba de 1962. Un ejemplo emblemático es el de George Kennan (1904-2005), el arquitecto principal de la estrategia de “contención” de la URSS, quien viviera lo suficiente para convertirse en un severo crítico de la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) al Este de Europa, luego de la extinción del Pacto de Varsovia, y quien consideraba un grave error y una provocación innecesaria a la Rusia post soviética.
En una conversación de 1998 con el periodista Thomas Friedman, recordada por este en un artículo reproducido en el número correspondiente al pasado mes de febrero de O Estado de São Paulo, inmediatamente después de que el Senado hubiese respaldado la expansión de la OTAN, Kennan observó:
“Creo que los rusos, gradualmente, van a reaccionar de manera bastante adversa, lo que se reflejará en la política de ellos. Me parece un error trágico. N había ninguna razón para ello. Nadie está amenazando a nadie. Tal expansión haría que los padres fundadores de Estados Unidos se revolcasen en sus tumbas.
“Firmamos un acuerdo para proteger a una serie de países, aunque sin tener los recursos o la intención de hacerlo con un mínimo de seriedad. (La expansión de la OTAN) fue sencillamente una decisión liviana de una Senado sin ningún interés real en las cuestiones internacionales. Lo que me incomoda es la superficialidad y la falta de información vistas a lo largo de ese debate en el Senado. Quedé particularmente incómodo con las referencias a Rusia, a la que trataban como un país ansioso por atacar a Europa Occidental.
“¿Será que las personas no entienden? En la Guerra fría, nuestras diferencias eran con el régimen comunista soviético. Y ahora le estamos dando la espalda al pueblo que hizo la mayor revolución pacífica para derribar el régimen soviético. Y la democracia rusa es, por lo menos, tan avanzada como la de los países a los que acabamos de prometer que los defenderemos de Rusia. Está claro que Rusia va a reaccionar mal, y entonces (los culpables de la expansión de la OTAN) dirán que ellos siempre alertaron de esa personalidad rusa –pero eso es sencillamente un error”.
De estar vivo, Kennan, ciertamente, sería uno de los numerosos especialistas de varios países, incluso de Estados Unidos, que han advertido de los peligros del maniqueísmo simplista e insidioso con el que han tratado a Rusia los portavoces, representantes y apoyadores de la hegemonía estadounidense, de la que la OTAN no pasa de ser un instrumento. Como ellos, entendería que, para el Kremlin, ahora liderado por Putin, el encuadramiento de Ucrania no es de ninguna forma una guerra de conquista, sino una cuestión existencial fundamental de la historia de los varios –y sangrientos- conflictos de Rusia con las potencias occidentales. Y, de la misma forma, no suenan extrañas las palabras de Putin de su discurso del 24 de febrero, en el cual justificó la operación militar.
“Si la Historia sirve de referencia, nosotros sabemos que en 1940 y principios de 1941 la Unión Soviética realizó grandes esfuerzos para evitar una guerra o por lo menos posponer su estallido. Con este fin, la URSS buscó hasta el fin no provocar al agresor potencial, restringiendo o retrasando los preparativos más urgentes y obvios que había que hacer para defenderse de un ataque inminente. Cuando, finalmente, actuó, era demasiado tarde.
“Como resultado, el país no estaba preparado para oponerse a la invasión de la Alemania nazi, que atacó a nuestra Patria el 22 de junio de 1941, sin una declaración de guerra. El país detuvo al enemigo y siguió adelante para derrotarlo, pero a un costo tremendo. El intento de apaciguar al agresor, antes de la Gran guerra patriótica, demostró ser un mero error que costó muy caro a nuestro pueblo. En los primeros meses de las hostilidades, perdimos vastos territorios de importancia estratégica, así como millones de vidas. No cometeremos ese error por segunda vez. No tenemos derecho a hacerlo”.
En un contundente artículo publicado el 21 de marzo en el sitio de internet Strategic Culture Foundation, el ex diplomático inglés Alastair Crooke, comenta los riesgos del error de percepción de los líderes occidentales:
“Si Occidente estuviese equivocado en su estereotipo de un “líder autoritario sin principios” –Putin, arrastrando a su país a la guerra por alguna ganancia táctica efímera contra Occidente-, entonces, Occidente también puede estar equivocado al pensar que está trabando una guerra táctica; y, por consiguiente, equivocado al imaginar que los movimientos tácticos consisten en cargar de dolor el plato ruso dela balanza para desequilibrarlo les dará por resultado una ”retirada, por un Putin reducido a sus reales proporciones.
Lo que tendríamos, entonces, sería una guerra total trabada, de un lado, por Rusia, como una guerra en la que Rusia se defiende o deja de existir y, del otro, un “Occidente” trabado en la lógica de su propia construcción y acercándose a su propia “guerra santa” (secularizada).
En resumen, para Rusia se trata de un conflicto existencial, en lugar de una mera agresión imperialista, como sugiere una interpretación engañosa, a pesar de que está ampliamente diseminada por los portavoces y los guardianes del status quo occidental. Para reforzar ese entendimiento, dejamos al lector con los párrafos finales del artículo de Alastair Crooke:
“Parece que la guerra total puede resultar inevitable. Las dos diferentes interpretaciones de la “realidad” no se tocan en ningún lugar. La lógica es ineludible. Dentro de tales arquitecturas de odio, hechos históricos seleccionados e inventados sobre Rusia, sobre su cultura y sobre su naturaleza racial mencionados fuera de contexto –y dispuestos en estructuras intelectuales pre arregladas para acusar al presidente Putin de “bandido” y de “criminal de guerra”.
“No se puede entender la forma en la que Rusia lee la Historia como una larga y milenaria sucesión de intentos de cancelar el país; de un antiguo antagonismo y racismo dirigido contra los eslavos; de cómo los rusos pueden leer la reciente intervención de Estados Unidos en la Iglesia Ortodoxa tradicional, por intermedio del Patriarcado de Constantinopla, desechada para fomentar un cisma en la comunidad ortodoxa, tanto para debilitar al patriarcado de Moscú (el baluarte del pensamiento social tradicional), como para echar las semillas del liberalismo occidental y de los valores culturales occidentales en las iglesias ortodoxas nacionales (véase a propósito. Muchos rusos piadosos ven el conflicto ucraniano como una ‘guerra santa’ para conservar el ethos tradicionalista de un impulso cultural nihilista occidental-
“Igualmente, debe entenderse cómo muchos rusos ven la Revolución bolchevique, la intervención neoliberal estadounidense en la era Yeltsin y la actual cultura woke (despierto, en inglés, término genérico del identitarismo –n.e.) como harina del mismo costal (el bolchevismo no era más que la ‘primera edición’ del ‘wokeismo’: Es decir, una lucha para anular la civilización rusa y el ethos ortodoxo. “No podemos leer la Historia de forma diferente, pero, no obstante, lo anterior puede representar algo de la visión auténtica de muchos rusos. Este es el punto. Ello tiene implicaciones para la guerra y la paz”.

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