La encíclica Laudato si provocará muchas discusiones y hasta fuertes controversias. Por primera vez, la Iglesia se involucra directamente con el tema del medio ambiente y su relación con la economía y las finanzas. En torno al asunto, en las últimas décadas, se han realizado investigaciones serias, análisis y estudios científicos que llegan a conclusiones muy diferentes, muchas veces opuestas a las planteadas.
Para seguir el dictado “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, será apropiado que el mundo científico se manifieste sobre los diversos temas, de forma independiente, libre y, quizá más conclusiva.
Francisco enfatiza que “el urgente desafío de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir toda la familia humana e la búsqueda de un desarrollo sustentable e integral”. Su mayor preocupación –así como la nuestra- es con los pueblos y los pobres del mundo, cada vez más amenazados por una desigualdad tan desenfrenada como intolerable.
La encíclica toca numerosos aspectos morales, éticos y religiosos que merecen las más atentas y profundas reflexiones, pero, siendo la economía nuestro campo de estudios, queremos destacar algunos aspectos relevantes de su contenido en esta área.
Dice el texto: “El principio de maximización del lucro, que tiende a aislarse de todas las otras consideraciones, es una distorsión conceptual de la economía: desde que aumente la producción, interesa poco que esto se consiga a costa de los recursos futuros o de la salud del medio ambiente; si la tala de un bosque aumenta la producción, nadie inserta en el cálculo la pérdida que implica desertificar un territorio, destruir la biodiversidad o aumentar la contaminación. En otras palabras, las empresas obtienen ganancias calculando y pagando una parte ínfima de los costos. Puede considerarse ético solamente un comportamiento en que “los costos económicos y sociales derivados del uso de los recursos ambientales comunes sean reconocidos de manera transparente y plenamente apoyados por quienes de ellos usufructúan y no por otras poblaciones ni por las futuras generaciones”.
En este pasaje, se destacan de forma concisa dos concepciones bien diferentes sobre la economía y la sociedad: la de las finanzas y la de la “economía física” o economía real. En la primera, dominan las fuerzas invisibles de los mercados y el cálculo de costos y beneficios. En esta, vence quien paga menos por el trabajo, las materias primas y los medios de producción y puede, entonces, vender a precios más altos los bienes o servicios ofrecidos. El éxito es, entonces medido por la ganancia financiera.
Todos estos “comportamientos” sumados forman el PIB de un país, la cantidad de sus riquezas. En un cierto sentido, los conjuntos de leyes tienden a mitigar este proceso perverso, que, de otra manera, resultaría en un darwinismo salvaje. No obstante, en tal sistema predomina la cultura relativista del “descarte”, del disfrute y la lógica del “úselo y tírelo”. Una lógica que lleva al desperdicio de casi un tercio de los alimentos producidos en todo el mundo.
En el sistema de economía física/real, en lugar de esto, la ganancia se calcula después de que todo lo que se usó en el proceso de producción se reintegra y hasta se mejora. Lo que significa que los aspectos del medio ambiente “usados” en el proceso –agua, aire, recursos y, sobre todo, el hombre y la colectividad- deben “pagarse”, al ser devuelto su potencial existente al inicio del proceso. Esto no es un proceso de “suma cero” o de mera preservación, sin desarrollo y sin crecimiento. Sin embargo, la “ganancia física” es esencial para el desarrollo y puede obtenerse mediante el aumento real de la productividad con la aplicación de nuevas tecnologías resultantes de los descubrimientos científicos continuos.
Aunque pueda parecer, esto no es una utopía, sino un método tal vez más complejo pero más real para medir el desarrollo económico y social.
Igualmente, la encíclica arremete al corazón del fracaso del actual sistema, al afirmar: “la salvación de los bancos a todo costo, haciendo pagar el precio a la población, sin la firme decisión de revisar y reformar el sistema entero, reafirma un dominio absoluto de la finanza que no tiene futuro y sólo podría generar nuevas crisis después de una larga, costosa y aparente cura. La crisis financiera de los años 2007-2008 era la ocasión para el desarrollo de una nueva economía más atenta a los principios éticos u para una nueva regulación de las actividades financieras especulativas y de riqueza virtual. Pero no hubo una reacción que hiciera repensar los criterios obsoletos que siguen gobernando al mundo”.
Por nuestro lado, compartimos plenamente la denuncia del papa Francisco sobre la grave sumisión de la política a las finanzas.: “No se puede justificar una economía sin política, porque sería incapaz de promover otra lógica para gobernar los varios aspectos de la crisis actual”.
Se tratan de conceptos tan claros como fundamentales, sobre los cuales hemos escrito con frecuencia. Y lo hacemos e nuestro libro, Il casino globale della finanza (el casino global de la finanza), que aparecerá en los próximos días.

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