¿Un “Nuevo mundo feliz” por ley?

MSIa Informa, 21 de mayo de 2021.-El pasado 24 de abril, el Tribunal constitucional federal alemán tomó una decisión innovadora respecto a la Ley de protección climática aprobada por el Parlamento federal. Lo que el tribunal presidido por Stephan Harbath definió como directrices para los legisladores alemanes es, en esencia, un Diktat de profundas consecuencias para los derechos de los ciudadanos nacionales, como observa correctamente el periodista Peter Rásonvi en el diario suizo Neue Zürcher Zeitung (NZZ) en su artículo del 29 de abril. La decisión obliga al Parlamento a establecer en 2022 (la fecha anterior era 2025) los plazos en los que Alemania reducirá sus emisiones de gases de efecto de invernadero después de 2030. No causa sorpresa que la decisión fuera recibida con regocijo por el movimiento juvenil “Viernes por el futuro”, que fue uno de los que más exigieron ese mandato.

No obstante que los jueces se refirieran al ámbito de acción del poder Legislativo, “establecen esencialmente un deber constitucional absoluto y obligatorio jurídicamente del Estado alemán para poner en marcha las medidas que considere adecuadas para proteger el clima mundial”, comenta Rásnovi. En sus palabras, “el Tribunal determina explícitamente un mandato constitucional del Estado para llevar a cabo la meta formulada en el Tratado del clima de París de 2015, para mantener el calentamiento del clima a largo plazo por debajo de 2 grados”.

“Al hacerlo, el Tribunal admite que las medidas adoptadas para ese fin pueden ser tan draconianas que prácticamente cualquier libertad protegida por derechos fundamentales queda así amenazada”, dice. De acuerdo con los jueces, afirma Rásonvi, es “deber” del Estado imponer medidas tan extremas de reducción de emisiones que, a partir de la siguiente década, serán tan bajas, según los círculos científicos a que se refieren los jueces, que casi todos los campos de la vida humana… serán amenazados por medidas radicales”. Para los jueces, el deber del Estado se definió de acuerdo con un párrafo del artículo 20 de la Constitución, inscrito en 1994, según el cual, el Estado es el encargado de “proteger la base natural de la vida”. Hasta ahora, ese dispositivo era visto como “letra muerta”, pero, a partir de ahora, se convierte en una espada afilada para la lucha de los protectores del clima.

Para el comentarista del NZZ, el dictamen muestra una “cuestionable presunción de conocimiento” de parte de los jueces, que interfiere con los derechos administrativos de los futuros parlamentarios y gobiernos en tres puntos: 1) Es verdad que la protección del clima es un negocio a largo plazo. “Pero fijar con antecedencia las emisiones y las mediciones anuales es arrogante e ineficiente. Muchas cosas pueden pasar en ese periodo en los ámbitos económico, financiero, político, tecnológico y mundial… Es incomprensible que los legisladores tengan que decidir, a más tardar en el 2022, sobre las decisiones que se deberán tomar luego del 2030”. 2) El Tribunal ignora que las medidas y los actos que define la ley alemana de protección del clima (2019) no son capaces de garantizar la “protección de las bases de la vida! Estipulada en la Constitución. El calentamiento climático es un fenómeno mundial y Alemania tiene el 2 por ciento de participación en las emisiones mundiales de CO2. Si Alemania pudiera cumplir realmente los objetivos climáticos de París y ser neutra respecto al clima a partir de 2050, tiene poca influencia en el clima”. Ya que China, Estados Unidos e India tienen, en comparación con Alemania, emisiones mucho mayores, sería más importante que Alemania ejerciese presión como socio comercial, Estado líder del Unión Europea e importante inversionista en esas naciones. 3) Lo que sorprende es cómo los jueces del Tribunal Constitucional asumen anticipadamente intervenciones extremas en los “derechos de libertad de los ciudadanos”, a fin de proteger el clima en las décadas siguientes. “En una democracia tal vez podrían ser tomadas por los ciudadanos y por los parlamentarios elegidos por ellos, y no por algunos jueces del Tribunal Constitucional, que para aquel entonces quizá ya ni siquiera estén en funciones”.

A mediados de mayo, en respuesta a todo esto, el gobierno alemán decidirá una nueva versión de la ley climática, la que, en general, prevé la reducción de 60 por ciento de las emisiones de CO2. Alemania anunció que había acordado que en 2022 se anunciaría una reducción todavía mayor de las emisiones y los plazos en que se harán.

Esto provocó fuertes reacciones de parte de la Asociación Industrial Alemán (BDI), que advirtió que las medidas harían menos competitiva la industria, además de conducir a la pérdida de empleos. Alemania decidió en la década pasada abandonar por completo la energía nuclear, al contrario de Estados Unidos, Rusia, Chima, India, el Reino Unido y otros países. El director del Departamento de Energía Nuclear de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), William Magwood, dijo en una entrevista reciente concedida al periódico Frankfürter Allgemeine Zeitung, con esa decisión, Alemania dio un paso que, a la larga, será muy perjudicial para el sector científico y para la ingeniería, no sólo de Alemania, sino de todo el mundo: “¡Una pérdida deplorable de capacidades científicas!”

¿Quién le da la bienvenida a los “verdes alemanes”?

En estas circunstancias, vale la pena observar el sorprendente avance del Partido Verde alemán, el que, hace dos semanas, escogió a su copresidente, Annalena Baerbock, de 40 años, como candidata a la Cancillería federal en las elecciones de septiembre entrante. El anuncio fue recibido con una enorme ola de exageración por parte de la prensa, que difundió el argumento de que Baerbock, con casi ninguna experiencia en política gubernamental, haya obtenido los mejores índices de intención de voto en las encuestas. Es un hecho que los verdes integran diferentes coaliciones en diez estados federales alemanes y que gobiernan el estado de Baden-Württemberg con Winfried Kretschmann. También es un hecho que grandes partes de la industria alemana, así como varios estratos del CDU (democratacristianos), así como del SPD (Partido Socialdemócrata) y del Partido Liberal aclaman a los verdes como un modelo promisor para Alemania.

Es claro que las altas finanzas también tienen algo que decir, como lo atestigua la presidente del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, en reciente entrevista. A diferencia del estilo tradicional con que se realizan esas conferencias, Lagarde hizo elogios a Baerbock: “No es preciso tener los cabellos grises o blancos para entrar a la política. Ese es el valor de los modelos de comportamiento”. Lagarde caracterizó a Baerbock de “mujer joven, fuertemente comprometida en temas como el cambio climático y la protección ambiental”.

¿La pesadilla “huxleyana” hecha realidad?

Un mandato de Canciller o vicecanciller de Baerbock tendría retrogradas consecuencias para Alemania. Por lo menos la transformación radical de la industria alemana, sin pensar en las consecuencias en la situación social y económica mundial, acompañada por una intervención traumática en los “derechos de los ciudadanos y de los consumidores”. El Nuevo Mundo Feliz de Aldous Huxley sería ameno, si pensamos en los brutales mecanismos de vigilancia y en las prohibiciones que habrán de introducirse. Esto significaría, en esencia, la imposición de una serie de medidas de vigilancia y de sacrificios financieros para los ciudadanos y haría a los pobres más pobres.

Baerbock ya anunció públicamente el “imperativo”: La “protección del clima” estará en el centro de las actividades políticas, y abarcará todas las demás actividades. De acuerdo con esta plataforma verde, Alemania tendrá que sufrir alzas astronómicas de los precios de la energía, con la imposición del impuesto sobre el CO2. En su política exterior, Baerbock ha seguido la ruta establecida por Estados Unidos y Gran Bretaña: una cruzada contra China y Rusia, con énfasis especial en los esfuerzos para interrumpir el gasoducto ruso-alemán Nord Stream 2, además de una campaña dizque por los derechos humanos a escala mundial. Los verdes alemanes, totalmente leales a sus socios transatlánticos, hablan la lengua del exministro de Relaciones Exteriores verde Joschka Fischer, quien, en el gobierno del canciller Gerhard Schröder (1998-2005), fue un defensor inflexible de la guerra de agresión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en los Balcanes, y, de pasada, el consentido de la secretaria de Estado estadounidense Madeleine Albright.

La ideología verde

El libro recién publicado, Von hier an anders: eine politische Skizze, Kiepenheur & Witsch, 2021,(De ahora en adelante) describe algunos de los principales aspectos de la visión del mundo verde. Su autor, Robert Habeck, fue viceprimer ministro y ministro de Energía, Agricultura, Ambiente y Digitalización del estado federal de Schleswig Holstein, entre 2012 y 2018.

El libro está escrito en una forma que recuerda muchas veces a un observador atento de una situación escolar característica de la cultura alemana, la Stuhlkreis (literalmente, círculo de sillas), concebida originalmente para conversar por la mañana con los alumnos, que se dedica a debatir sin parar sobre como salvar a algunas de las “especies amenazadas”. En varios pasajes, Habeck afirma haberse sentido “afectado” o “indignado” por hechos vividos por su turnê por el país.

La luz se dirige a la lucha por una “sociedad más diversa”, lo que, para él, es ante todo una cuestión de un nuevo “estilo de vida”. El debate sobre el “estilo de vida” comienza cuando alguien deja de comer carne o es enfrentado por los nietos que quieren comer comida vegana y ya no comer más carne”. Cómo se trabaja, dónde se vive, lo que se compra, a dónde se viaja en vacaciones, todo eso, según Habeck, se convierte cada vez más en parte de un juicio público.

Habeck fue profundamente influenciado por Al Gore y su película de 2006 Una verdad inconveniente, y fue atraído por la idea de que “la crisis climática sólo se puede resolver si las personas cambian su comportamiento, la forma de la economía y del consumo”. Para él, el coronavirus es una tarea ardua, pero se puede erradicar. Sin embargo, en lo tocante al clima, afirma: “El tiempo se está agotando… estamos ante una década que exige intervenciones en términos de crisis ecológica”. O en las palabras de Baerbock: “La crisis climática es la cuestión urgente que determina todas las demás áreas de la sociedad y su trabajo”.

En el libro, Habeck define la posición de los verdes:

Los verdes, a diferencia de cualquier otro partido, representan una sociedad “abierta”, al deseo de cambio y transformación, a la protección del clima, a la justicia de género y a la lucha por los derechos humanos, a una Europa fuerte, que paso a paso debe asumir las competencias del Estado nacional. Estoy totalmente convencido de que, si queremos resolver el problema social y ecológico, necesitamos cambios… Por ello, los verdes luchan por la libertad, la paz y el progreso de la sociedad en una democracia liberal.

Analiza los cambios estructurales que en los últimos 15 años contribuyeron al fortalecimiento de los verdes alemanes, entre ellos, cuestiones culturales que adquirieron importancia para la sociedad y se convirtieron en “normas”, en particular, los cambios en la educación. Hoy, cerca de 55 por ciento de los estudiantes que concluyen la enseñanza secundaria ingresan a la universidad, contra tan sólo el 10 por ciento en 1970. Para evitar lo que llama “paradoja del elevador paternóster”, según el cual ese ascenso social coloca a los otros en una condición social inferior, exige más inversión en el aprendizaje, es decir, el futuro será decidido por autómatas y por computadoras digitales, que, a su vez, liberarán puestos de trabajo y dinamizarán nuestro trabajo. Habrá más expedientes electrónicos, más videoconferencias y más home office. Habeck rechaza el sistema de Humboldt (educación clásica alemana, n.e.) y exige, a cambio, la expansión del sistema de enseñanza integral, con mayor participación de los padres.

Habeck recalca que la digitalización cambiará la estructura de los empleos y hará obsoletos algunos de ellos, pues la inteligencia artificial y los computadores pueden sustituir nuestro pensamiento cognitivo. Dadas las enormes ganancias de gigantes como Google y Amazon, “en el futuro, será más difícil trazar una frontera entre hombre y máquina”.

Vale la pena observar la admiración ingenua de Habeck por los gigantes del Silicon Valley, que, como presume, determinarán la nueva era de la tecnología, entre otros, con autómatas que actúen como seres morales y otras máquinas que harían a la sociedad manipulable. Y, en todo el libro, hay muy pocas menciones a los segmentos pobres de nuestra sociedad y a las cuestiones sociales álgidas sobre las consecuencias de la “economía verde”, mucho menos ninguna consideración sobre el creciente foso entre ricos y pobres en todo el mundo. Se busca en vano una compensación filosófica o religiosa más profunda respecto al hombre y a la naturaleza, o del hombre y la creación.

Otros cambios estructurales incluyen la “fuerte migración” de Europa Oriental a Europa Occidental, así como dentro de la misma Alemania, luego de 1989. Hoy Rumania tiene un millón de habitantes menos que hace 18 años, lo mismo se observa en Alemania Oriental, cuya población disminuyó en 2 millones entre 1990 y 2012. En 2030 se prevé que se encogerá otro 14 por ciento, personas que saldrán en busca de mejores oportunidades de trabajo. En el sector agrícola, Habeck relata que hoy trabajan 600 mil personas en 260 mil unidades productivas, pero producen mucho más y a precios menores que en 1960. Se refiere a los problemas ecológicos causados por la agricultura intensiva y señala el hecho de que un millón de especies diferentes estaría amenazado con la extinción. Según él, la agricultura intensiva habría causado la pérdida de 9 por ciento de las especies de insectos y de la biomasa vegetal. Por ello sugiere que los agricultores deberían recibir de la Unión Europea incentivos para una agricultura más ecológica, incluso, con la renuncia al uso de pesticidas y con la introducción de la agricultura sustentable como parte integrante del sistema económico.

Habeck defiende la expansión masiva de la protección el clima a lo largo de la línea de reestructuración ecológica y de la conversión de la economía. Las prácticas ecológicas perjudiciales se deben prohibir por leyes reglamentarias, sugiere, dando como ejemplo la prohibición del uso de plásticos. Debe haber una reglamentación de las emisiones de CO2 de la actividad pecuaria, cobros por el uso de agrotóxicos, así como tarifas aduaneras a los productos que no se produzcan ecológicamente. El comportamiento favorable con el clima se debe “promover” y el comportamiento destructivo del clima, “minimizado”.

La “realización personal” como paradigma cultural y el papel del movimiento feminista

De acuerdo con Habeck, un papel importante del movimiento verde lo desempeña el movimiento feminista, que se hizo “dominante” y consolidó el “lenguaje de género” y, con esto, destacó la centralidad del “estilo de vida”.

En la postguerra, subraya, existía en Alemania una república “consensual” en Bonn (capital de Alemania Occidental hasta 1991 -n.e.), establecida en los principios democráticos cristianos, pero, desde 1968, se inició una gran liberalización cultural: “El nuevo fenómeno de aquellos años era que las personas querían tener su ‘estilo de vida’ reconocido y no lo que hacían o contribuían a la sociedad (¡) Este movimiento cultural fue dirigido contra las normas sociales, la reglamentación de la vida, la imagen patriarcal de la mujer y el pensamiento materialista”.

Los movimientos de protesta de aquellos años se convirtieron en la orientación para muchos verdes, que, años después, crearon el partido político, el cual fue “fundado como un movimiento emancipatorio y como una opción a los tradicionales partidos socialdemócratas y demócrata cristianos, contra la ‘sociedad formada’. Protestaban a favor de tener más determinación y capacidad de realización -estas ideas se convirtieron lentamente en un ‘nuevo paradigma cultural’.”

“En las últimas décadas, el paradigma cultural dominante cambió, de una plataforma de valores conservadora y materialista, que defiende la economía de combustibles fósiles, a una movilidad y diversidad de estilo bastante post materialista, pro europea y liberal”, afirma habeck.

A su vez, según Habeck, los movimientos LGBTQ, Me Too, Me Two, Black Lives Matter, Viernes para el futuro y otros que promueven grandes manifestaciones públicas, demuestran que “algo se articula que va más allá de los intereses económicos, del deseo de más reconocimiento social y del estatuto moral, del reconocimiento de un problema específico, que antes era minimizado o negado”. Las personas luchan por sus identidades: derechos de las mujeres, a la diversidad, al espacio para la diversidad cultural, etc.

En cuanto al “asterisco de género” (alumn*, maestr*, etc.), Habeck defiende el lenguaje políticamente correcto, ya que, “con símbolos, las personas defienden su visión del mundo”. “El creciente nerviosismo y la división de la sociedad no se pueden reducir a la injusticia socioeconómica”, escribe, sino que se funda en emociones de injusticia cultural, en una competición por “dignidad” (¡). Por tanto, dice:

“La cuestión del reconocimiento social y cultural se convierte en un asunto político público… Cada vez más, las luchas políticas se centran en las cuestiones de cuán abierto y cultural son nuestra sociedad o nuestro partido… Cuestiones de identidad sexual, social, cultural, religiosa, étnica se volvieron centrales. Se concentra en la cuestión del respeto y del reconocimiento del individuo, de su propio estilo de vida. Y, ya que el debate sobre el estilo de vida está muy relacionado con las cuestiones ecológicas, el péndulo en los últimos años ha oscilado cada vez más en la dirección de un “discurso liberal cultural”.

“En resumen, “la corriente principal corresponde al valor agregado dado al ‘estilo de vida personal’. La realización propia como paradigma cultural y la búsqueda de reconocimiento constituyen un fenómeno de nuestros tiempos modernos”.

Con esta muestra es posible vislumbrar lo que podrá cernerse sobre Alemania en un gobierno “Verde”.

 

 

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