MSIa Informa, 22 de abril de 2022.-El desenlace de la guerra de Ucrania todavía no parece estar a la vista. Por el momento, las fuerzas rusas se preparan para un enfrentamiento decisivo con el grueso de las fuerzas ucranianas, dispuestas en el Este enfrente de la región de Donbass, con lo cual el Kremlin pretende eliminar la amenaza militar contra las ex provincias de Donetsk y de Lugansk, por las cuales fue a la guerra en febrero pasado. Más allá de que la duración del embate es impredecible, pondrá en el aire la amenaza de una escalada de consecuencias potencialmente catastróficas, que involucran el hasta hace poco impensable empleo de armas nucleares.
Esto es porque, tanto para Rusia como para Estados Unidos y sus satrapías europeas, agrupados en el letrero de “Occidente”, se trata de un enfrentamiento existencial en torno del modelo de relaciones que deberá prevalecer en las décadas venideras.
Rusia, ya comprometida de forma decisiva en la construcción de un orden de poder multipolar, cooperativo y no hegemónico, al lado de China, tal y como quedó establecido en el histórico manifiesto del 4 de febrero, trazó en Ucrania la línea roja contra el avance de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) rumbo a sus fronteras occidentales, con Ucrania convertida en la punta de lanza y, luego de ocho años de provocaciones en serie, optó por la respuesta militar a gran escala.
En los que toca a “Occidente”, hasta antes del inicio del conflicto, la conservación de la hegemonía de Washington y de Wall Street ya se mostraba inviable, y el ofuscamiento de sus élites dirigentes se muestra en propuestas virtualmente irrealizables de aislamiento de Rusia y en el choque con China por la supremacía en la región Asia-Pacífico.
En una entrevista reciente en el programa Meet the Press de la red NBC, el consejero de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Jake Sullivan, declaró: “Queremos una Ucrania libre e independiente, una Rusia debilitada y aislada y un Occidente más fuerte, unificado y determinado. Creemos que todos estos tres objetivos son viables”
Pero la más peligrosa pérdida del sentido de la realidad de esos altos círculos oligárquicos se muestra en la sugerencia del archi neoconservador Robert Kagan, marido de la subsecretaria de Estado estadounidense, Victoria Nuland, una de las principales mentoras del plan “ucraniano” de los gobiernos estadounidenses desde el mandato de George W. Bush (2001-2009). En un artículo publicado en la revista Foreign Affairs, órgano del selecto Consejo de Relaciones Exteriores (CFR), significativamente titulado “El precio de la hegemonía”, su soberbia desbordante le hizo admitir la corresponsabilidad de Estados Unidos en la crisis de Ucrania:
“Aunque sea exagerado culpar a Estados Unidos del inhumano ataque de Putin a Ucrania, es desorientador insistir en que la invasión fue enteramente no provocada. Al igual que Pearl Harbor fue consecuencia de los esfuerzos de obstaculizar la expansión japonesa en el continente asiático, es así que (los ataques del) 11 de septiembre (de 2001) fueron en parte una respuesta a la presencia dominante de Estados Unidos en el Medio Oriente luego de la primera Guerra del golfo; de la misma forma, las decisiones rusas fueron una respuesta a la expansiva hegemonía post Guerra fría de Estados Unidos y de sus aliados de Europa”.
La admisión de Kagan, sirve para justificar lo que considera la única opción que le queda a Washington -el enfrentamiento total con Rusia, que, según, él, no recurriría a su arsenal nuclear:
“Es mejor para Estados Unidos arriesgarse a una confrontación con potencias beligerantes cuando ellas están en los estados iniciales de ambición y de expansión, no después que hayan consolidado ganancias sustanciales. Rusia puede poseer un temible arsenal nuclear, pero el peligro de que Moscú lo utilice no es mayor ahora que el que habría sido en 2008 (por la rápida guerra de Rusia contra Georgia) o en 2014 (cuando el golpe de Estado “Euro Maidan”, que depuso al presidente ucraniano pro ruso Viktor Yanukovich).”
Kagan y otros de su estirpe prefieren dejar de lado la determinación rusa en lo tocante a Ucrania, demostrada por el presidente Vladímir Putin a finales de febrero, días después del inicio de la intervención militar, cuando ordenó que las fuerzas estratégicas nucleares rusas se pusiesen en “alerta especial”, luego de que lo que denominó “declaraciones agresivas de altos funcionarios de los principales países de la OTAN contra nuestro país” (RT, 27/02/2022).
Aunque sea extremadamente improbable que Putin recurra a la opción nuclear en Ucrania, ya que sus objetivos se pueden conseguir con las fuerzas convencionales rusas, so se puede descartar que la desesperación de ciertos estrategas occidentales ante un resultado desfavorable los lleve a una medida extrema, como una operación de “bandera falsa” (false flag) que involucre el estallido de un arma química o inclusive de una nuclear táctica, para atribuírsela a Rusia.
El pasado 14 de abril, en una conferencia, el director general de la CIA (Agencia Central de Inteligencia), William Burns, afirmó que, “dada la desesperación potencial del presidente Putin y del liderato ruso, dados los reveses que han enfrentado hasta ahora, militarmente, ninguno de nosotros puede tomar a la ligera la amenaza que representa el recurso potencial de las armas nucleares tácticas o de las armas nucleares de baja potencia”.
En una entrevista concedida a la CNN, el presidente ucraniano, Volodomir Zelensky, dijo temer lo mismo: “No sólo yo, todo el mundo, todos los países tienen que estar asustados, porque bien puede que no sea información real, pero también puede ser verdad” (CNN, 16/04/2022).
En resumen, el mundo atraviesa por el momento más peligroso desde el final de la Segunda guerra mundial.

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