Los bien coordinados ataques terroristas en París la noche del viernes 13 de noviembre, son señales premonitorias del final de una época histórica para Europa, en la que paulatinamente ha encogido su papel en los asuntos mundiales, y así se nos presenta sumisa al “Nuevo Orden Mundial” surgido de los escombros del Muro de Berlín, a finales de la década de 1980. En ese entonces, l que era una promesa para la construcción de un impulso de paz y prosperidad global fue rápidamente apagada, en gran medida, por una retracción generalizada del imprescindible liderato europeo –que, de referencia obligatoria en tiempos de guerra o paz, se acomodó a la insignificancia estratégica de actuar como asociación secundaria del poder anglo-americano.
Aunque pareciera que las febriles tesis del “choque de civilizaciones” del profesor Samuel Huntington, cobran vida, en la guerra terrorista desatada por el Estado Islámico (EI) en Europa, es inexacto, ya que lo que ha salido a luz en las acciones de Paris, es que una gran mayoría de los que integran sus tropas de choque oriundos del frente europeo, ni siquiera acostumbra frecuentar las mezquitas y tienen un conocimiento meramente superficial de los preceptos islámicos, incluyendo el propio Corán. Parecen contaminados de un laicismo radical cada vez más prevaleciente en el continente.
Además, un detalle poco mencionado es el hecho de que la gran mayoría de las víctimas del terrorismo islámico está constituida por otros musulmanes, debido a la histórica rivalidad entre las dos principales corrientes del Islam, desde la muerte del Profeta Mahoma, dividido entre una mayoría sunita y chiítas y otras minorías. Evidencia de esto son las recurrentes masacres perpetradas por al-Qaeda y el Estado Islámico (EI), ambos sunitas contra las minorías islámicas y cristianas, en Irak y Siria, tan rutinarias que raramente merecen menciones en la prensa occidental.
En otro plano, parece evidente que el EI, a pesar de constituir un fenómeno nuevo en el medio yihadista, por su pretensión de formar un Estado –y, de hecho funcionar como uno en el vasto territorio que domina actualmente-es un subproducto de los juegos geopolíticos del eje anglo-americano para el Gran Oriente Medio, para los cuales el yihadismo funciona como un eficiente instrumento de desestabilización y un oportuno pretexto para la “guerra al terror”, decretada por Washington como un sustituto del conflicto ideológico de la Guerra Fría. Hoy, claramente, fomentado dentro de una política de contención volcada, especialmente, contra la Federación Rusa.
El problema es que, como ocurrió con la criatura ficcional del Dr. Viktor Frankenstein, aparentemente, el EI ganó vida propia y estableció una dinámica de operación que escapa de cualquier posibilidad de control, pasando a representar una amenaza real, no solamente a las poblaciones de las regiones donde actúa, sino, igualmente, hacia los países europeos, Rusia, China y otros donde existen minorías islámicas no susceptibles de aportar militantes para su agenda radical de destrucción.
En el caso europeo, es necesario resaltar que gran parte del problema reside, principalmente en dos factores.
El primero, ya mencionado, es la aceptación de los aliados europeos de los EUA con sus juegos geopolíticos, movilizando a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) cual policía mundial para respaldar sus aventuras. Esta, perdio su raison d’etre después de la implosión de la Unión Soviética, a inicios de la década de 1990.
Sería de esperar que el choque causado por los ataques en París sirviera de estimulo para iniciar una nueva política de cooperación de Europa con Rusia, cimentada en la cooperación mutuamente benéfica de desarrollo euroasiático. Desde luego, tal iniciativa abriría el camino para un genuino diálogo de civilizaciones, fundamentado en las verdaderas libertades, a la manera en que las definió el gran presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt en su proyecto de reorganización mundial de posguerra: libertad de expresión, de culto, de disponer de las necesidades básicas de vida y del miedo. De otra manera, ninguna alianza contra el terrorismo podría ser exitosa a largo plazo.
De la misma forma, la derrota del terrorismo implica un decidido combate a las injusticias sociales y a la creciente pérdida de perspectiva de un futuro positivo que afecta a un número cada vez más grande de personas, principalmente, entre la juventud europea, cuadro que proporciona un prolífico manantial de recursos humanos para los promotores de la intolerancia y del terrorismo.
Sin caer en un optimismo vacio, la mano extendida por el presidente francés Francois Hollande a su colega ruso Vladimir Putin, después de los ataques, podría convertirse en el inicio de ese nuevo camino –sin ilusionarse en cuanto al hecho de que el estará repleto de provocaciones y sabotajes, como lo ejemplifica el derribo de un bombardero ruso en Siria, por la Fuerza Aérea de Turquía.
El segundo aspecto es el urgente y necesario renacimiento de la propia esencia de la civilización europea, más específicamente de sus raíces cristianas, en contraposición a los principios establecidos por el “cautiverio de Bruselas”. En realidad, los “valores europeos” favorecidos por Bruselas, no solamente no representan la historia y la cultura cristiana del continente, sino que se muestran totalmente atrofiados en cuanto a la verdadera defensa del significado de ser europeo.
Por eso, sería aconsejable que la ciudadanía europea y sus gobernantes diesen oídos a las palabras de la canciller alemana Angela Merkel, quien en una reciente visita a la Universidad de Berna (Suiza), afirmó que, para solucionar los problemas ocasionados por la inmigración, especialmente, la musulmana, Europa necesitaba volver a sus raíces y conectarse con Dios y con la Biblia. Para ella, en el actual debate sobre el Islam y la identidad europea, tal actitud “nos puede llevar a ocuparos otra vez de nuestras propias raíces y llegar a conocerlas mejor”, preparando al continente para hacer frente a las diferencias con los musulmanes (Sanando la tierra, 13 de octubre de 2015).
Semejante reconstrucción cristiana de Europa estaría en sintonía con la propia reconstrucción cristiana de Rusia, reiteradamente citada por numerosas personalidades rusas como un pre-requisito fundamental para la revigorización y el fortalecimiento del país. Impulso que podría, de hecho despertar una nueva era para la civilización mundial. La otra, sería, tarde o temprano, el ocaso de Europa y una nueva era de tinieblas para el mundo.

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