Siria: ¿Qué busca “Club de las bombas” al provocar a Rusia?

El ataque de aviones estadounidenses contra una columna del Ejército Sirio que operaba contra combatientes del tenebroso Estado Islámico (EI), el 17 de septiembre, el cual tuvo de saldo más de 80 militares muertos y otros tantos heridos, a todas luces no fue un accidente, como sostuvo el gobierno del presidente Barack Obama. Se trató, más bien, de una de las más recientes provocaciones contra Rusia, cuyo protagonismo en el Medio Oriente es tratado a la manera de un “enemigo existencial” por los grupos de poder más incendiarios del “establishment” de Washington, para justificar la conservación del complejo industrial-militar, que, lado al lado con el sistema financiero representa el núcleo de su poderío mundial.

Nadie en su sano juicio se creyó la explicación del gobierno estadounidense, en función de los sofisticados recursos de información a disposición de sus militares para distinguir entre las fuerzas sirias y las de los yijadistas que luchaban en los alrededores de Deir Ezzor, en el Este del país, donde ocurrió el ataque. La tensión aumento a tal nivel que el gobierno ruso, que apoya al presidente sirio Basar al-Assad, afirmó, por medio de una nota del Ministerio de Relaciones Exteriores, que había sido una acto de apoyo directo a los islamistas, un ataque que estuvo “en el límite entre la negligencia grosera y el apoyo directo al Estado Islámico” (RT, 18/09/2016).

Lo cierto es que, en medio de la precaria tregua acordada entre el canciller ruso, Sergei Lavrov, y el secretario de Estado estadounidense, John Kerry, para permitir la entrega de ayuda humanitaria a la población de ciudades como Aleppo y otras, el ataque de la coalición aérea encabezada por Estados Unidos, socio mayor del “Club de las bombas,” no tendría ninguna finalidad sino la provocación.

La escalada contra Rusia se acentuó luego de que Moscú enviase a Siria un destacamento aéreo, oficialmente a pedido de Damasco, para apoyar al Ejército Sirio, a finales de septiembre del año pasado. En noviembre, el derribo de un avión ruso SU-24 por cazas de la Fuerza Aérea turca estacionados en la base aérea de Incirlik dejó claro que la intención era involucrar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Incirlik es una de las mayores bases de la OTAN y, antes del frustrado intento de golpe militar contra el presidente Recep Erdogan, en julio pasado, abrigaba el mayor arsenal nuclear estadounidense fuera de Estados Unidos, lo que indica que nada acontece allí sin el conocimiento y la anuencia del comando militar estadounidense. No fue casualidad que los pilotos destacados en Incirlik, inclusive los que habían derribado el SU-24, hayan tomado parte activa en el intento golpista, el cual no se podía haber iniciado sin la cooperación o, la señal verde de Washington.

De forma paralela, en el último año, la OTAN ha realizado en Europa algunas de las mayores maniobras militares de su historia, todas contra el “enemigo” ruso, presentado siempre al presidente Putin como un personaje nostálgico que se empeña en restaurar la antigua Unión Soviética a costa de Europa, en especial, de los estados Bálticos.

Además de incluir las múltiples sanciones comerciales y políticas decretadas por Estados Unidos y por la Unión Europea, la campaña contra Rusia tiene a su favor la pusilanimidad de algunos gobiernos europeos que se han enganchado en el remolque del plan dictado por el poder anglo-americano. Un buen ejemplo es Polonia, donde el gobierno apoya abiertamente las especulaciones de la hipotética participación rusa en el desastre aéreo que mató al entonces presidente polaco Lech Kaczyński y a decenas de integrantes de la más alta jerarquía de su gobierno, ocurrido en las vecindades del aeropuerto militar ruso de Smolensk, en 2010, pero que varias investigaciones con fundamento atribuyeron a un error del piloto. El apoyo oficial incluyó una película de ficción sobre el desastre, en la cual el accidente se atribuye a un sabotaje de la aeronave llevado a cabo por los rusos.

En el contexto de crispación, no admira que Putin sea convertido en la “bestia negra” de los belicistas estadounidenses, que cerraron filas en torno de la candidatura de la ex secretaria de Estado Hillary Clinton a la presidencia de la República por el Partido Demócrata, aunque la gran mayoría de ellos se identifica con el Partido Republicano. Entre otras sandeces, los pirómanos acusan a Putin de conspirar para elegir al magnate Donald Trump, a quien, por negarse a antagonizar con Rusia, lo acusan de ser una “marioneta” del presidente ruso. Al líder del Kremlin se le atribuyen, entre otras cosas, estar al mando de la invasión de las computadoras del directorio nacional demócrata, realizada por hackers, cuya información reveló las tramoyas de la cúpula de partido para beneficiar a Clinton en la disputa interna con su ex rival, el senador Bernie Sanders.

En la visión de esos supremacistas adeptos del “excepcionalismo” estadounidense, una eventual reacción rusa a su escalada de provocaciones podría ser el factor clave para la elección de Clinton, amenazada por el aumento de las intenciones de voto para Trump, de acuerdo con las más recientes encuestas. Aunque los titulares de la Casa Blanca tengan una autonomía limitada en cuestiones externas de mayor interés del “establishment” oligárquico, la plataforma menos conflictiva de Trump, en algunos tópicos, se considera “herética” por esos círculos de poder.

Hasta ahora, la respuesta de Moscú ha sido extremadamente cautelosa, pero, precisamente, ese acto puede llevar a los pirómanos de Washington a cometer actos todavía más peligrosos. Si el resto del mundo y, en especial la Unión Europea (UE), no abre los ojos ante las intenciones de los dueños del “Club de las bombas,” las consecuencias podrían ser trágicas.

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