Rusia: respuesta estratégica multidimensional a las provocaciones de la OTAN

MSIa Informa, 26 de noviembre de 2021.-La estrategia de Estados Unidos y de sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para provocar una escalada de tensiones en las fronteras de la Federación Rusa, en Ucrania, el Cáucaso Norte y el mar Negro acaba de recibir como respuesta un claro mensaje militar, que un eventual conflicto real no se libraría tan sólo “en el terreno”, sino que sería más amplio, inclusive en el espacio. Este es el significado de la destrucción de un viejo satélite de reconocimiento ruso desactivado por un misil contra satélites disparado el 15 de noviembre por las Fuerzas Aeroespaciales Rusas.

Esta misión militar sucedió después de la decisión del presidente Vladímir Putin de no responder a las provocadoras maniobras navales de la OTAN en el mar Negro con contramaniobras de la Marina Rusa, a ejemplo del episodio que involucró al destructor británico HMS Defender, en junio pasado). Además de evitar roces innecesarios, pues las maniobras se realizan en aguas internacional, nadie, y menos los estrategas de la OTAN, ignora que, en una situación bélica real, la supervivencia de cualquiera de los navíos enemigos en la zona se contaría en minutos. El Kremlin, jugando con una combinación de paciencia y estrategia, espera que su clara superioridad tecnológica y la demostración de determinación de no dejar que se atraviese la línea roja trazada funciones como elementos disuasorios conta posibles actos desesperados de locura estratégica de un sistema hegemónico declinante.

El nuevo misil es la nueva adquisición del sofisticado arsenal moderno con el que Rusia se empeña en asegurar la superioridad técnica decisiva, con énfasis en misiles hipersónicos de largo alcance contra los que Estados Unidos y sus aliados de la OTAN no tienen ninguna defensa efectiva. Esta nueva generación de armamentos modernos, dada a conocer por el presidente Putin en su histórico discurso del primero de marzo de 2010 ante el Parlamento ruso, representa la respuesta “asimétrica” rusa al cerco físico y a las provocaciones de Estados Unidos y sus compinches con un presupuesto que no pasa de ser una pequeña fracción del de sus autoproclamados adversarios. Con la destrucción del satélite, Moscú trasmitió el mensaje claro de que tiene los medios para “cegar” los satélites adversarios en caso de un conflicto real, al mismo tiempo que puede someterlos a las devastadoras rondas de proyectiles hipersónicos virtualmente invulnerables, cuyos blancos primarios serían los centros de comando y de control de la Alianza atlántica, como el mismo Putin ya ha afirmado en más de una ocasión.

La demostración rusa provocó un tsunami de condenas de ciertas capitales occidentales, empezando, evidentemente, con Washington. El jefe del Comando Espacial de Estados Unidos, general James Dickinson, señaló: “Rusia demostró una desconsideración deliberada de la seguridad, de la estabilidad y de la sustentabilidad a largo plazo del dominio espacial de todas las naciones. La basura creada por el arma contra satélites de Rusia representará una amenaza para las actividades en el espacio exterior durante años, pondrá en peligro a satélites y misiones espaciales, además de obligar a realizar más maniobras para evitar colisiones. Las actividades espaciales están en la base de nuestro modo de vida y ese tipo de comportamiento es simplemente falto de sentido de la responsabilidad” (USSC, 15/11/2021).

Se hicieron declaraciones semejantes en el Departamento de Estado, en el Pentágono, en la Agencia Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASA), en la secretaria general de la OTAN y en los gobiernos del Reino Unido, Francia y Alemania. La ministra de Defensa de Francia, Florence Parly llegó a llamar a los rusos “vándalos espaciales” (France24, 16/11/2021).

La prensa occidental se empeñó en vincular esto a una maniobra hecha por la Estación Espacial Internacional (ISS), cuya órbita se sitúa cerca de 220 kilómetros debajo de la del satélite destruido, para evitar desechos que se movían en su dirección, pero, más probablemente, oriundos de un satélite china desactivado.

Las pruebas de armas contra satélites no son exclusividad rusa, pues ya han sido ensayadas por China (2007), Estados Unidos (2008) e India (2019), aunque contra blancos en órbitas muy inferiores a la del satélite ruso destruido. De acuerdo con el analista militar ruso Andrei Martyanov, los motivos de reacción apopléjica de Washington no se deben a una infundada preocupación por la seguridad de la ISS, sino a que el sorprendente desempeño del misil A-235 Nudol representa una amenaza directa para las constelaciones de satélites militares de reconocimiento estadounidenses, incluso, para la popular Starlink de la empresa SpaceX del multimillonario Elon Musk, que se ubica a altitudes del orden de los 550 kilómetros (el satélite Cosmos-1408 orbitaba a 645 kilómetros de altitud). Según él, la capacidad demostrad por el misil significa “el fin del sistema estadounidense de órbita baja para vigilar los lanzamientos de armas hipersónicas” (Reminiscense of the Future, 16/11/2021).

La advertencia rusa de que una nueva “guerra caliente” se libraría en todas las dimensiones espaciales, a diferencia de las dos guerras mundiales (en las que Estados Unidos se mantuvieron seguros), debería ser un indicio de que no hay posibilidad de triunfo militar de una potencia sobre otra, que no implique la destrucción de la civilización. Esta es una realidad indudable, pero no ineluctable, pues su reconocimiento podría llevar al mundo al establecimiento de un orden mundial diferente.

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