Río 2016 y la geopolítica del deporte

El velocista estadounidense Justin Gatlin, una de las estrellas de los Juegos Olímpicos de 2016 estuvo en Río para retar al superastro jamaicano Usain Bolt en la prueba de los 100 metros planos, de la cual fue vencedor en las Olimpiadas de Atenas, en 2004. La saltadora de garrocha Yelena Izinbayeva, bicampeona olímpica, recordista mundial y la única mujer que ha saltado por arriba de los cinco metros, también estuvo en Río, pero como invitada especial de la delegación rusa, pues quedó fuera de las competencias.

Gatlin tiene un historial de problemas de dopaje y ya fue suspendido de las competencias durante dos años, en 2001, por uso de anfetaminas, castigo que fue reducido posteriormente. En 2006, recibió una nueva suspensión, esta vez por ocho años, por el uso de testosterona, reducida también a la mitad.

Izinbayeva, considerada una de las mejores atletas de todos los tiempos, nunca tuvo problemas con sustancias incluidas en la lista negra de la Agencia Mundial Antidoping (WADA, siglas en inglés). Sin embargo, fue excluida de la justa deportiva, debido a la prohibición colectiva impuesta a todo el equipo de atletismo ruso por la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) después de que una comisión especial de la WADA acusó de la existencia de un vasto esquema de dopaje de atletas del país. Castigo que, apenas en la víspera de los juegos, el Comité Olímpico Internacional (COI) decidió no extender a toda la delegación rusa. Para competir en Río, algunos atletas rusos considerados “limpios” tuvieron que someterse a rigurosos exámenes con agencias antidoping de otros países y disputar las pruebas bajo la bandera del COI, en lugar de la de su país.

El escándalo estalló en noviembre de 2015, cuando la WADA divulgó un informe sobre el esquema de dopaje que involucraba atletas, técnicos, dirigentes, funcionarios del gobierno ruso y hasta miembros de la IAAF. La investigación fue instigada por las denuncias hechas por la mediofondista Yulia Stepanova, ella misma suspendida dos años por dopaje en 2013,y las denuncias de su marido Vitaly Stepanov, ex-funcionario de la Agencia Antidoping Rusa (RUSADA), al periodista alemán Hajo Seppelt. En noviembre de 2014, este presentó unos documentos sobre el esquema en la red de televisión ARD, cuyas denuncias sirvieron de base para la investigación de la WADA.

Otros dos personajes de la trama son el ex-jefe del Centro Antidoping de Moscú, Grigori Rodchenkov, un doctor en Química acusado de crear un cockteil con sustancias anabolizantes y de ocultar sus rastros, y su hermana Marina Rodchenkova una ex-marchista olímpica castigada en 2013 por venderlos a otros atletas.

Actualmente, los cuatro viven en los EUA, donde intentan construir nuevas carreras profesionales. Stepanova había sido liberada por la IAAF para la competencia, pero, posteriormente, el COI vetó la participación de atletas con un historial de suspensiones por doping. Sin embargo, el castigo parece no haber sudo extendido a Gatlin.

En un discurso en el Kremlin, e 27 de julio, el presidente ruso Vladmir Putin, afirmó que la prohibición colectiva del atletismo uso, constituye una “discriminación a gritos” y “un intento de llevar las reglas de mundo político al mundo de los deportes (…)”

“Estamos hablando de una amenaza y el descrédito de los principios de equidad, justicia, mutuo respeto y los derechos de los así llamados atletas limpios. En esencia, esta es una revisión o, por lo menos, un intento de revisión de los ideales de Pierre de Coubertin, el fundador de los Juegos Olímpicos modernos” reportó The Guardian del 27 de julio de este año.

Anteriormente, el presidente de la IAAF, el inglés Sebastian Coe, había negado el derecho de los atletas rusos sin acusaciones de dopaje a poder participar en los juegos de Río.

A todas luces, la prohibición de todo el equipo ruso de atletismo de Río 2016 parece tener motivaciones que, efectivamente, trascienden la esfera deportiva. Quien acompaña el mundo de las competencias deportivas de alto nivel sabe que los ideales del barón de Coubertin mencionados por Putin, hace mucho que dejaron de ser parte de él, por lo menos desde que el deporte mundial se convirtiera en un negocio multimillonario. En 2015, se estima que la llamada industria deportiva tenía movimientos de cifras del orden de los 145 mil millones de dólares en patrocinios, propaganda, licencia de marcas, derechos de transmisión, contratos de todo tipo, ventas de material deportivo y una plétora de actividades. En este mundo de acaloradas competencias, lamentablemente, el doping es una práctica generalizada en una vasta gama de modalidades deportivas.

Significativamente, antes de la denuncia del esquema de dopaje, la agencia antidoping rusa estaba apenas atrás de su contraparte china en el número de pruebas hechas a atletas, muy al frente de las agencias de potencias deportivas como los EUA, Alemania, Reino Unido y otras. Y las autoridades deportivas rusas no dudaban en castigar atletas reprobados en los exámenes, como pasó con la propia denunciante Stepanova.

En entrevista al periódico LeMonde del 22 de julio pasado, el franco-argelino Mahiedine Melkhissi-Benabbad, medallista de plata en 2008 y 2012 en los 3000 metros con obstáculos, criticó la prohibición, comparándola en relación a otros países: “En Kenia, diez días antes (de las pruebas), llaman a los corredores y les dicen. ‘Ustedes estarán controlados durante diez días’. Así que ellos hacen los controles sin previo aviso. (…) Son dos pesos y dos medidas. Esto no es normal. Existe cosas que ocurren allá, ahora lo sabemos. Es necesario investigar. Los atletas rusos son privados de los Juegos Olímpicos. ¿Porqué castigar a Rusia, pero no a Kenia o a Etiopía? A lo que sabemos, en Kenia no existe ninguna regla antidoping”.

De hecho, como lo cuestiona el analista internacional Carlos Santa Maria, criticando la utilización del “deporte como arma”. “¿Es factible que en las competencias deportivas mundiales un único país sea malvado, deshonesto, compulsivo, extremo, utilice sustancias prohibidas, mientras que el resto son, simplemente atletas llenos de pureza? ¿Es posible que, en el mundo neoliberal, no exista el doping, la ambición, el fraude, la tranza, si son sus criterios esenciales de actuación?”, reporta el RT del 8 de julio pasado.

En esencia, la prohibición parece haber sido una consecuencia de la agenda anti-rusa de las potencias hegemónicas encabezadas por el eje Washington-Londres-Bruselas, que incluye las sanciones decretadas a cuenta de la crisis de Ucrania y el mal-disfrazado intento de transferir a otro país la Copa de Mundo de 2018, bajo la cortina de humo de la investigación de corrupción en la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA),

No es la primera vez y, probablemente no sea la última que el deporte es usado con motivaciones políticas. Hay que recordar los Juegos Olímpicos de 1936, organizados para demostrar el empuje de la Alemania “aria” de Adolf Hitler, o el boicot organizado por los EUA a los de Moscú, en 1980, en protesta por la invasión soviética de Afganistán del año anterior. Curiosamente en la ocasión, el entonces medio fondista Sebastian Coe fue uno de los atletas occidentales que se opusieron al boicot, disputando los juegos y ganando la prueba de los 1500 metros.

De misma forma, la sorprendente presencia de la ex-senadora y ex-ministra de Medio Ambiente Marina Silva de Brasil, en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres en 2012, fue un claro mensaje a Brasil sobre la importancia de la agenda ambientalista-indigenista para los mismos círculos oligárquicos internacionales que ahora embisten contra Rusia. Como lo escribimos entonces, fue un “mensaje” al país sede de la siguiente Olimpíada, dado en un momento en que el gobierno brasileño parecía dar muestras de que pretendía restringir la influencia del aparato ambientalista-indigenista en las políticas públicas nacionales.

En esencia, no será por causa de transgresiones cometidas por colegas suyos por lo que Izinbayeva dejó de disputar el tricampeonato olímpico, sino porque su país es una incómoda piedra en los zapatos del eje hegemónico.

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