Noviembre de 1989-noviembre de 2020: cómo empezó lo que hoy agoniza

MSIa Informa, 13 de noviembre de 2020.-Es evidente que el establishment oligárquico estadounidense descartó abiertamente la segunda presidencia de Donald Trump, quien, a pesar de su personalidad supremacista, se oponía a los planes globalistas e identitarios y a la continuación de las intervenciones militares de Estados Unidos. En su lugar se escogió una figura mediocre y sin carisma, apoyada por una campaña de prensa sin precedentes, llegando al extremo de censurar un discurso presidencial y determinar antes del reconocimiento oficial, la victoria de Joseph “Joe” Biden.

Sin embargo, más allá de la polarización que se mostró el 13 de noviembre, con la posibilidad todavía abierta de que el pleito acabe en la Suprema corte, como en 2000, las elecciones de Estados Unidos marcan  un momento histórico único, el cual manifiesta al mundo que la potencia mundial más grande de la Historia ya no tiene condiciones para ser el “faro” o la “ciudad brillante” sobre la colina, como los estadounidenses orgullosamente la definían, ni mucho menos  la cacareada defensa de las libertades y de la democracia y, menos aun la potencia en economía. La verdad es que su poderío mundial no podrá restablecerse con las ideas de la supremacía mundial. Y que quede claro que este proceso no se debe a ninguna fuerza externa que buscaba minar las bases de la súper potencia, aunque tal intención pudiese existir, sino por procesos endógenos autodestructivos que se vienen manifestando en las últimas tres décadas, en particular.

Lo que realmente constituye una tragedia histórica para Estados Unidos es que el país tuvo la oportunidad de encabezar, con su poderío y su influencia mundiales, la construcción de un nuevo orden mundial cooperativo, oportunidad surgida luego de la caída del muro de Berlín, en noviembre de 1989, y de la disolución de la Unión Soviética, en diciembre de 1991. Muchos concebían aquel momento un nuevo papel de Estados Unidos, semejante al liderato demostrado en la construcción del orden de la post guerra, ante todo  por los acuerdos de Bretton Woods encaminados a la reconstrucción económica y financiera mundial.

Esta, por desgracia, no fue la decisión de las élites oligárquicas de Washington y de Nueva York, que vieron allí la oportunidad para establecer su hegemonía mundial construida sobre los escombros de los estados nacionales soberanos y de sus instituciones fundamentales. La Guerra del golfo de 1990-91 fue el acto inaugural del “Nuevo orden mundial” proclamado por el presidente George H.W. Bush, reforzada con la intención de los “neoconservadores” estadounidenses de imponer lo que más tarde se llamaría el “Proyecto de un nuevo siglo estadounidense” (Proyect for a New American Century -PNAC).

Tal ordenación geopolítica de alcance global tenía el propósito de mantener el dólar como moneda de reserva mundial, pero ya no a partir de la todavía vasta capacidad industrial estadounidense, sino en el mero poderío militar, el “Principio de Trasímaco” descrito por Platón en La República –“La justicia es el interés del más fuerte”. De la misma forma, la promoción del plan “identitario” que divide a la población humana según criterios de raza, color de la piel, origen étnico, preferencia sexual y otros criterios “políticamente correctos”, es parte del impulso para desmerecer  a la familia como elemento fundamental de los estados soberanos, al mismo tiempo en el que la injusticia económica creciente, difundida por la hegemonía de las altas finanzas especulativas sobre la economía real, golpeaba la dignidad de los seres humanos.

Tres libros señalan la ruta que llevó a Estados Unidos a su presente crisis existencial. El primero fue El fin de la Historia y el último hombre, publicado en 1992 por Francis Fukuyama, entonces funcionario del Departamento de Estado e investigador de la Rand Corporation, una respuesta inmediata a la disolución de la Unión Soviética. El segundo, El choque de civilizaciones, de Samuel Huntington, profesor de la Universidad de Harvard y uno de los principales ideólogos de la oligarquía estadounidense, publicado en 1996. Y el tercero, el año siguiente, El gran tablero de ajedrez; la primacía americana y sus imperativos geoestratégicos, del ex consejero de Seguridad Nacional y teórico geopolítico Zbignew Brzezinski.

La intención, en conjunto, era perpetuar una visión maniquea que sustituyera la Guerra fría con nuevas formas de polarización del mundo y mantener, así, el dominio hegemónico estadounidense. La premisa del “choque de civilizaciones” demandaba que la élite oligárquica planeara acabar con todos los regímenes seculares del Medio Oriente y al mismo tiempo, provocar el surgimiento de movimientos radicales entre la población musulmana, martirizada por las guerras perenes que se sucedieron desde 1990. Este proceso generó el terrorismo islámico, y encubó al Estado Islámico (EI), fomentado por los servicios de espionaje de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). En realidad, nunca existió  el tal choque de civilizaciones, era tan sólo una invención  para justificar la “creación” de un enemigo existencial en el mundo musulmán, siguiendo los moldes del padre del neoconservadurismo, Leo Strauss.

El efecto combinado de la crisis socioeconómica y de las discrepancias sociales alimentadas por la ideología “identitarias”, terminó por arrojar a los mismos Estados Unidos a la actual polarización social y sus paroxismos de violencia y terrorismo potencial. La cizaña crecida, en este sentido, impone una tarea necesaria de reconstrucción nacional. Como una ironía, y guardando las debidas proporciones, la nación estadounidense tendrá que repensar su misión en el mundo, así como lo hizo la Rusia de la post Guerra fría.

Por si fuera poco, las economías de Estados Unidos y del mundo entero, ya en 1990, necesitaban una reforma financiera para salir de las burbujas especulativas generadas a partir de 1971, con la ruptura de los acuerdos de Bretton Woods. Sin embargo, la opción hegemónica del “Nuevo orden mundial” tan sólo agravó el cuadro económico, al aumentar el grado de desigualdad y de los déficits de justicia social con la transformación de hecho de las finanzas mundiales en un gigantesco casino para beneficio de una diminuta fracción de privilegiados. Recuérdese que fue un presidente demócrata que  abolió la Ley Glass-Steagall de 1933, usada por su antecesor Franklin Roosevelt para ponerle una “camisa de fuerza” al sistema financiero causante de la crisis de 1929 y de la Gran depresión que le siguió. El acto de Clinton, celebrado todavía hoy por los liberales de todos los matices, abrió las puertas de par en par del hospicio financiero e impulsó el babilónico mercado de los derivados financieros, cuyo volumen supera en por lo menos 18 veces el monto del PIB mundial.

Estos hechos ponen en la misma balanza los daños causados por el régimen soviético a su población cautiva y los causados por el liberalismo radical, inclusive en el Reino Unidos y en los mismos Estados Unidos. Al final de cuentas, el comunismo y el liberalismo radical son sólo las dos caras de la misma moneda utilitarista -malthusiana empleada por los fundamentalistas de los dos lados; uno de ellos se desplomó con los acontecimientos de 1989-1991, y el otro se desmorona a simple vista, con la catálisis de los acontecimientos de la pandemia del covid-19.

Con las cosas así, los requisitos para salir de la actual multiplicidad de crisis -socioeconómica, sanitaria, estratégica y cultural- no se pueden cumplir bajo la dirección de un hegemón viejo o nuevo, por la sencilla razón de que los otros actores tienen que ser tomados en cuenta. Entre otros: China, que asciende a la condición de la economía más grande del mundo; Alemania, que se consolida como una potencia económica y política que no se puede conformar con la condición de satélite de Estados Unidos; y la Rusia de Vladímir Putin, cuya reconstrucción cristiana ha sido poco comprendida fuera del país. Es virtualmente imposible reedificar un condominio de poder global como el que prevalecía durante la Guerra fría, un delirio de ciertos ideólogos estadounidenses, como el ex secretario de Estados Henry Kissinger, quien compara los focos de conflicto geopolíticos actuales con la situación previa a la Primera guerra mundial.

El dilema estadounidense, compartido por sus aliados europeos de la OTAN, es saber de qué forma participarán en la reorganización del sistema mundial de relaciones internacionales, en las esferas política y económica; si como coprotagonistas de la reconstrucción de un mundo multipolar cooperativo y no hegemónico, al lado de China, Rusia, India y otras potencias emergentes; o si insistirán en ser elementos de desestabilización y desorganización, tendencias que la Historia, a largo plazo, suele relegar a la irrelevancia.

Si la opción fuese la primera, tendrán mucho con que contribuir para la sustitución de la actual “financierización” especulativa de la economía mundial con una arquitectura financiera que refleje la nueva realidad multipolar, con el cambio gradual del “patrón dólar” para una canasta de monedas más representativa que el actual cuadro económico mundial.

Si las élites optasen por cambiar el supremacismo por la cooperación, Estados Unidos podría retomar las enseñanzas de la ejemplar línea de pensamiento económico que se remonta al secretario del Tesoro de George Washington, el genial Alexander Hamilton, y a Henry Carey, asesor económico de Abraham Lincoln. Fue Carey quien definió la misión de ese “Sistema americano” como la de “sustituir con el cristianismo ese detestable sistema conocido como maltusianismo”, en referencia al sistema liberal británico. Su tesis da la harmonía de intereses, en oposición al individualismo exacerbado del liberalismo británico, constituye una clara anticipación a las exigencias propuestas por la Doctrina social de la Iglesia, a partir de la encíclica Rerum Novarum de 1891, que demostró  las ilusiones del comunismo y la realidad cruel del liberalismo impuesta a las naciones y a sus trabajadores. Sin duda, sería el momento de escribir una Rerum Novarum actualizada.

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