Nación a la deriva

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La siguiente es el editorial del informativo  Solidariedade Ibero-americana, correspondiente a la segunda quincena de agosto de 2015. Vol. XXII No. 6.

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La elección presidencial de octubre de 2014, con la victoria de la presidente Dilma Rousseff para un segundo mandato, desencadenó una de las mayores crisis políticas de la historia brasileña y, ciertamente, señala el fin de una era política del país, la llamada Nueva República.  No se trata, francamente, de una crisis más del gobierno del Partido de los Trabajadores (PT), sino de todo el acuerdo alcanzado luego del régimen militar (1964-1985), consolidado con la Constitución de 1988.  En junio de 2013 el país se vio sacudido por enormes manifestaciones populares que sacaban a la luz en sistema político postrado ante una UTI y desengañado a causa del divorcio entre la clase política y la nación, la sociedad y la Historia.

Los escándalos de corrupción investigados en la Operación “Lava Jato” (lavado automático) expusieron las entrañas putrefactas del sistema político, metástasis de un proceso de décadas, anterior a los gobiernos del PT.  Se trata, en general, de una forma sofisticada y sistemática de financiamiento de campañas electorales y de lavado de dinero para asegurar el acceso al poder y a la repartición de sus bondades entre los grupos políticos victoriosos y entre los intereses privados que los apoyaron.

Con ello, salvo honrosas excepciones, las disputas políticas se convirtieron en un medio de asalto al poder y a la conservación del mismo a cualquier costo, al margen de cualquier ideal, principio moral.  Poco importa en estas circunstancias quien sea el titular de la Presidencia de la República, toda vez que el problema seguirá existiendo en tanto que no haya un cambio radical del molde institucional, capaz  de crear condiciones efectivas para el discernimiento de los mecanismos de poder real que tornen imperativo el ejercicio del bien común en la política pública.

En este contexto la nación, sigue como una nave sin gobierno en medio de una fuerte borrasca, con mando y tripulación desunidos, desorientados y desmoralizados, amenazados por un motín, lo que la hace presa fácil de los centros oligárquicos del poder global. Estos últimos, actuando  cual corsarios, extorsionan al país con la artillería de sus agencias de clasificación de riesgo, para extraer el botín que representa el servicio de la deuda pública, los recursos naturales y lo que resta del patrimonio público –lo último fue la rebaja de los títulos brasileños por la agencia Standard & Poor’s.

Es obvio que la situación de Brasil no es un caso aislado.  Una gran parte de las naciones del mundo se encuentra subyugada por las altas finanzas “globalizadas,” en la expectativa de que la buena conducta dictada por los mercados financieros, en un futuro impreciso, proporcionará la conquista del verdadero progreso.  Sin embargo, la realidad apunta hacia el otro lado.

Entre turbulencia y turbulencia, los gobiernos ya hasta el cogote de deudas, se endeudan cada vez más y son incapaces de atender a las aspiraciones de desarrollo de sus gobernados.  La realidad muestra que los centros oligárquicos hacen de todo para manipular las tempestades financieras, así perpetúan su poder.

La globalización financiera,  surgida luego de la caída del Muro de Berlín y de la desintegración de la Unión Soviética, no pasa de ser un eufemismo para referirse a un sistema mundial de manejo de crisis que se creó desde principios de los años noventas,  para llevar a la práctica la vieja ambición de la oligarquía angloamericana: la construcción de las estructuras del “gobierno mundial” sobre los restos que sobraran de los estados nacionales sacrificados por sus operaciones de manipulación y desestabilización.  El surgimiento de Eurasia en un nuevo polo geoeconómico dotado de nuevos instrumentos financieros, con el Nuevo Banco de Fomento (NBF) del grupo BRICS, integrado por Brasil, Rusia, India, China y África del Sur, constituye el único punto fuera de la curva, en un intento de reformular la arquitectura del orden financiero mundial.

La pregunta relevante es ¿qué proceso llevó a Brasil a tal discrepancia entre un destino de grandeza y una clase política empequeñecida y sin ideas de un proyecto de nación?  En lo más inmediato esto procede del acuerdo político pactado para la transición al gobierno civil, consolidado en la Constitución de 1988, cuyo mal capital  fue no haber definido un nuevo proyecto de nación, capaz de dar continuidad a lo que se venía conquistando desde el Movimiento de los Tenientes de los años veintes, consolidado con la Revolución de 1930 y continuado, con altos y bajos, por los gobiernos militares.

A pesar de sus buenas intenciones, lo cierto es que la Nueva República truncó ese impulso histórico.  Aun considerando la imposición mundial de la dinámica de la Guerra Fría, en la cual quedó preso el régimen militar, se manifestó una cierta continuidad en la transformación que convirtió el país de una economía rural monoexportadora en una sociedad industrial relativamente moderna, dotada de una agricultura de alto rendimiento con gran capacidad exportadora que incorporó vastas zonas del territorio nacional consideradas anteriormente inservibles para la agricultura a gran escala.  Fue en el periodo de 1930 a 1985 cuando se planearon y se crearon las grandes empresas estatales y la infraestructura física de energía, transportes y telecomunicaciones, que simbolizarían ese impulso de progreso.

Por ironía, la Carta Magna de 1988 estuvo impregnada de un ansia inconsistente de democracia sin una sustentación sólida en los principios perenes del Derecho Natural, como el bienestar general y la búsqueda de la felicidad de toda la población brasileña.  En vez de esto, triunfó la forma de una mera suma de derechos específicos que, en varios casos, se impusieron de forma descuidada y hasta conflictiva en detrimento de la armonía nacional –una kilométrica acumulación de derechos genéricos que terminó por ser inservible para pavimentar el camino de Brasil al desarrollo pleno de sus potenciales humanos y naturales y a su inserción soberana en un nuevo ordenamiento del poder mundial en rápida transformación.

La inexistencia de un nuevo proyecto nacional dejó al Estado brasileño virtualmente indefenso ante un poder mundial que actúa con un proyecto monolítico de dominación que abarca los campos político-estratégicos, económico financiero, científico-técnico y sociocultural, proyecto que exhibe un utilitarismo radical en abierta contradicción con los principios judeocristianos de la dignidad de la persona humana.

La superación de la crisis brasileña pasa, esencial y obligatoriamente, por la definición de un nuevo proyecto nacional de desarrollo, cuyo horizonte trascienda de los límites estrechos del juego político y sea capaz de corregir el pesimismo prevaleciente en la ciudadanía en general, la que, a su vez, tiene que comprometerse directamente tanto en su elaboración como en su materialización.

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