La reciente propuesta hecha al Deutsche Bank por el Departamento de Justicia de los EUA, de pagar una multa de 14 mil millones de dólares para cerrar el proceso por hipotecas subprime y los derivados financieros correspondientes, tienen un significado que va mucho más allá de los números involucrados.
En verdad, el DB es apenas el más reciente de los bancos internacionales “demasiado grandes para quebrar” que fueron obligados a pagar multas multimillonarias por sus irregularidades: el JP Morgan pagó 13 mil millones de dólares en 2013; el Citigroup, 7 mil millones en 2014: el Bank of America, 17 mil millones; el Goldman Sachs, 5 mil 100 millones; el Morgan Stanley, tres mil 200 millones.
Son números relevantes, que colocan una serie de cuestiones urgentes y perturbadoras.
Ya que los bancos ganaron a lo largo de los años de “bonanza” ¿si se prepararon para pagar multas de decenas de miles de millones de dólares? Presumiblemente, facturaron centenas de miles de millones, ampliando la dimensión de sus activos y llevándolos a superar incluso el tamaño de muchos países, y no solamente del sector menos industrializado.
Además de esto, los daños ocasionados al sistema económico y financiero global como un todo han sido devastadores, y todavía estamos pagando por los efectos de la recesión causada por sus excesos. Como se sabe, la mayor crisis financiera de la Historia fue causada precisamente, por la especulación con hipotecas subprime y derivados correlacionados.
Implacables y arrogantes, los grandes bancos han jugado fuertemente en el “casino” especulativo usando “fichas” que no les pertenecen –de los ahorradores, empresas y hasta de gobiernos. Y, después del desastre causado, ¡todavía fueron salvados de la bancarrota con dinero público!
¿Cuáles son los costos de la especulación y de la crisis? Ciertamente, es muy difícil intentar cuantificar los daños causados para las economías y las poblaciones de todos los países afectados; son inmensos, así como las responsabilidades de los actores principales.
Por otro lado tratándose de fraudes manifiestos, ¿cómo es posible que, con simples pagos de multas, los gestores queden exentos de alguna pena civil o criminal? ¿Por qué nunca son responsabilizados personalmente, como cualquier defraudador debidamente procesado? Además, las multas se pagan, efectivamente, por los cuentahabientes y clientes de los bancos en cuestión.
Todo eso hace que los ciudadanos pierdan la confianza en la justicia, al percibir, como en las sociedades anteriores al surgimiento de las repúblicas soberanas, la existencia de dos sistemas: Uno para los simples mortales, sometidos y muchas veces perseguidos por una serie de leyes, y otro para los miembros del “Olimpo”, donde las reglas y las leyes son adaptadas a conveniencia de estos.
La cuestión más importante, obviamente, es la respectiva a la reforma del sistema bancario. La propensión a los riesgos descontrolados e ilimitados es la fuerza motriz de la degeneración de todo el sistema –un asunto fundamental, no sólo del pasado reciente, sino para el presente y el futuro. ¿Cesarán los comportamientos errados? ¿Se introducirán nuevas reglas positivas? ¿Se crearon controles apropiados? Por desgracia, estas elementales preguntas no tienen respuestas alentadoras.
Hasta la misma la Unión Europea parece no querer ir al fondo de la cuestión. La exigencia de elevación de capitales y reservas para lidiar con cualquier crisis nueva es correcta, pero no ataca las causas fundamentales del problema. Mientras no se decida reintroducir una clara separación de los servicios bancarios entre bancos comerciales y bancos de inversión, como se hizo con la Ley Glass Steagall en los Estados Unidos después de la crisis de 1929, prohibiendo a los primeros operar en mercados especulativos, y no se establezcan límites rigurosos para las operaciones con derivados financieros, desgraciadamente, los principales bancos “demasiado grandes para quebrar”, se sentirán autorizados a operar como de costumbre.
Todo eso no augura nada bueno, ni siquiera para las grandes maniobras bancarias en curso en Italia, involucrando bancos problemáticos como el Monte Paschi de Siena, Banca Popolare di Vicenza, Veneto Banca, Banca Etruria, etc. Aquí, por infortunio y memoria corta, nunca se toman en cuenta las experiencias del pasado. Apenas algunas décadas atrás, tuvimos las turbulencias del Banco di Sicilia y del Banco di Napoli. A inicios de la década de 2000, los casos de Parmalat, los títulos argentinos y el Banco 121. Y, a pesar de informes puntuales de las respectivas comisiones parlamentarias de investigación, ninguno los tomó en cuenta, ni el Banco de Italia ni la Consob (equivalente a la Comisión Bancaria y de Valores de México- N. de los E.) y ni el deber de los gobiernos.

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