Lo que tiene que ser removido de la herencia de Woodrow Wilson

MSIa Informa, 24 de julio de 2020.-En la ola de la nueva iconoclasta furiosa que azota los Estados Unidos y otros países , teñida de anti racismo, varios personajes se han lamentado de que la famosa Universidad de Princenton  decidió retirar el nombre  de Woodrod Wilson -antiguo maestro y decano  y presidente de los Estados Unidos-, del frontispicio del Centro Internacional, la prestigiada escuela de asuntos públicos e internacionales,  debido a las convicciones y acciones racistas del antiguo maestro. El periodista del diario brasileño, O Estado de São Paulo, Paulo Sotero, investigador de alto rango del Centro aludido, en un artículo publicado el 9 de julio, delineó los atributos del ahora «deshonrado»:

«Pionero del estudio de la ciencia política y uno de los primeros doctores de la academia americana, Wilson fue el principal arquitecto de la Sociedad de Naciones, creada al final de la guerra de 1914-1918 para ser el vehículo institucional  destinado a mantener una paz duradera. La iniciativa le valió el Premio Nobel de la Paz en 1919 y contribuyó a legitimar el ascenso de la joven nación a la potencia mundial guiada por el multilateralismo, concepto que desarrolló y utilizó para proyectar el poderío de los Estados Unidos con el consentimiento de los países amigos y aliados. Las Naciones Unidas (ONU) y las instituciones de la post guerra, de las que  Brasil es miembro fundador, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y la Organización Mundial de la Salud (OMS), son el resultado. En el hemisferio sur, ningún país ha cultivado tanto el legado positivo de Wilson como Brasil».

Para decir verdad, no es necesario quitar el nombre de Wilson del Centro, ni tampoco las estatuas, sino la herencia que dejó al incorporar  estructuras de «gobierno mundial» en el orden internacional, responsables de perpetuar, por otros medios,  el infame colonialismo de la  Pérfida Albión. Así transformó a los EUA en su heredero natural,  en detrimento de su pasado anticolonial, repudiado por las Trece Colonias al declarar  su independencia en el último cuarto del siglo XVIII.

En efecto, además de sus convicciones racistas, característica de las élites WASP (blancas, anglosajonas, protestantes – en su caso, presbiterianas) de los Estados Unidos, Wilson (que gobernó entre 1913 y 1921) fue uno de los cerebros de la «proyección de poder de los Estados Unidos» en el mundo.

Fue una  época de complicidad  con el Reino Unido, cuyas propias élites gobernantes aprovecharon las negociaciones de Versalles para establecer una sólida comunidad de intereses con sus homólogos estadounidenses, consolidada con la creación del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR) de Nueva York y el Instituto Real de Asuntos Internacionales (RIIA), más conocido como Chatham House; estos fueron concebidos como los principales centros de planificación estratégica del naciente Establishment  angloamericano, en cuya jerarquía siguen destacando hoy en día. De esa  asociación establecida hace un siglo, surgió el embrión de la estructura de «gobierno mundial». Tal alianza se convertiría en hegemónica después de la Segunda Guerra Mundial, y en consecuencia la oligarquía de ambos lados del Atlántico se ha comprometido a preservar frente al surgimiento de un mundo verdaderamente multipolar.

Curiosa y emblemáticamente, Wilson bromeó con que sus propuestas para el período de posguerra de 1918 implicaban una «globalización de la Doctrina Monroe», en lo que fue quizás el primer uso de esa palabra en el escenario mundial. En ese momento, la representación por excelencia de la doctrina colonial   era el «Corolario Roosevelt», estipulada por su predecesor Theodore Roosevelt (1901-1909), según la  cual los Estados Unidos, como «nación civilizada», debían asumir la responsabilidad de  «policía del mundo»,  ante todo en el hemisferio occidental, dominando las naciones mediante una soberanía «limitada».

El periodista Sotero, no deja de incluir entre el legado de Wilson «la creación de la Reserva Federal, el banco central de los Estados Unidos y la Comisión Federal de Comercio, instituciones que han dado estabilidad y lastre a la prosperidad del país en los últimos 100 años».

La afirmativa merece ser matizada. En realidad, el Sistema de la Reserva Federal fue una creación de las élites financieras que ya se estaban acoplando en ambos lados del Atlántico, con el objetivo mal disimulado de afianzar el modelo del Banco de Inglaterra, para controlar los flujos monetarios y crediticios de las principales economías del planeta, hoy en día, tal proceso llega  a su apogeo en la ruinosa «globalización» financiera.

El Wilson Center, ha funcionado desde 1968 como uno de los principales centros de estudio de política exterior del Establishment  angloamericano, funcionando en un vínculo público-privado de investigación y debates, cuyas ideas son visible  en las directrices de política exterior de los Estados Unidos.

Una de las creaciones  del Centro fue la formación en 1982 del  Diálogo Interamericano (DI)  patrocinada por la familia Rockefeller,  otra «asociación público-privada» destinada a reclutar a personalidades influyentes de todos los países americanos  para promover el programa angloamericano en el hemisferio occidental, aun vigente, que consta de: apertura y liberalización de las economías, ambientalismo- indigenismo, legalización de las drogas, desmantelamiento de las Fuerzas Armadas y el programa identitario.

Uno de sus miembros fundadores, todavía muy activo fue el entonces senador y futuro presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, quien en su calidad de directivo nombró como miembro del DI al futuro presidente Luiz Inácio Lula da Silva en la década de los 1990s.

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