MSIa Informa, 8 de abril de 2022.-El fin de la globalización en su forma «turbofinanciera», el declive del dólar estadounidense en tanto moneda de referencia, y un movimiento naciente de descolonización, es el resultado inmediato de las abrumadoras sanciones impuestas a Rusia castigado por el ataque militar a Ucrania. A pesar de que fuera de Europa, las sanciones tampoco han sido nada populares.
Aunque 141 naciones condenaron la invasión de Ucrania en la Asamblea General de las Naciones Unidas el 1 de marzo, pocas se unieron al torneo de sanciones. Se puede decir que estamos ante una virtual rebelión de las antiguas colonias de Occidente, que han sentido y se cuidan del cambio de dirección de los vientos que arrastran los pedazos del orden global dominado por la antigua metrópoli euroatlántica.
En un artículo publicado en el Wall Street Journal el 22 de marzo, titulado, «Las sanciones contra Rusia enfrentan a Occidente contra el resto del mundo», el periodista y politólogo estadounidense Walter Russell Mead lamenta que «lo que ya se ha llamado el Sur Global no siempre comparte las prioridades y perspectivas» de las élites de Washington:
“Para muchos occidentales, la oposición a Rusia parecía ser una tontería global. La opinión mundial se opondría al ataque de Moscú tan vigorosamente que países al igual que China pagarían un alto precio político por no unirse a la caravana antirrusa.
“No funciona así. Algunos países, véanse los acobardados y alienados socios de Estados Unidos en el Medio Oriente, tiemblan al tener que apoyar a un Washington en retirada contra una Rusia ascendente. Otros sopesan su odio a la invasión rusa de Ucrania (sic) contra otras preocupaciones. Muchos países no occidentales zozobran más de las consecuencias de las respuestas occidentales al comportamiento de Rusia, que lo que temen a Rusia; recelan en la determinación o la capacidad de Occidente para hacer frente a las consecuencias económicas de la guerra, y están conmocionados por la imposición de sanciones al banco central de Rusia, un arma que pueda volverse contra ellos”.
“Muchos brasileños han recelado durante mucho tiempo que los ambientalistas occidentales tengan la intención de bloquear el desarrollo en la cuenca del Amazonas. Piensan que los activistas climáticos puedan obligar a la Reserva Federal y otros bancos occidentales a «salvar el planeta» imponiendo sanciones a Brasil. Los responsables políticos en India y otros países comparten muchas de esta desconfianza cuando ven a activistas ambientales utilizando instituciones económicas globales para imponer su agenda en países con diferentes prioridades”.
En varios lugares del mundo crece la conciencia de que los días de la hegemonía global occidental liderada por Estados Unidos han quedado atrás ante el surgimiento de un nuevo orden global multipolar catalizado por potencias de la talla de China, Rusia, India y otros.
No por casualidad, tales potencias están trabajando activamente en la construcción de un nuevo sistema monetario global alternativo al dólar, un proceso que ha sido acelerado por las sanciones impuestas a Rusia. Dos iniciativas importantes son: el creciente uso de monedas nacionales en los intercambios comerciales, en particular el yuan chino, y el virtual «bálsamo» del rublo ruso a oro y un conjunto de recursos naturales de los cuales el país es muy rico.
Paralelamente, comienzan a ocurrir hechos hasta hace poco impensables. Arabia Saudita anunció su intención de aceptar yuanes para sus exportaciones de petróleo a China (irónicamente, la decisión saudí de aceptar solo dólares por su petróleo en 1971 fue uno de los pilares para mantener la hegemonía de la moneda estadounidense después del rompimiento de los tratados de Bretton Woods y del patrón oro ese año). Ni Arabia Saudita ni los Emiratos Árabes Unidos, aliados tradicionales de Estados Unidos, se adhirieron a las sanciones. India y Rusia han establecido una línea de crédito en rupias y rublos para las compras de petróleo ruso. Pakistán elogia a India, un rival nuclear histórico, por resistir la presión de Estados Unidos para sancionar a Rusia. Incluso Japón, a pesar de toda la dependencia de Washington, ha decidido no poner fin a una asociación con Rusia para la exploración de gas natural en Siberia.
En Iberoamérica, el rechazo a las sanciones también se ha manifestado en la mayoría de los países, especialmente entre los tres más grandes, Brasil, México y Argentina. Y México, aliado comercial de Estados Unidos, ha rechazado abiertamente el intervencionismo de Washington en la política energética del país.
El creciente descontento con las sanciones ha sido reconocido por connotados heraldos de las altas finanzas internacionales. A ejemplo de la economista jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI), Gita Gopinath, que previene que las sanciones, -la congelación de las reservas rusas y los activos en las instituciones financieras occidentales- harán que «algunos países» reconsideren la confianza en el dólar como moneda de reserva. Para ella, una de las consecuencias de la crisis en Ucrania será una «creciente fragmentación» en el sistema global de pagos (RT, 23/03/2022).
Con ella está de acuerdo el megabanco Goldman Sachs, que acaba de publicar una nota en el mismo sentido, avisando que el dólar enfrenta riesgos que podrían erosionar su dominio global, en un escenario similar al que sacudió a la libra esterlina a principios del siglo XX, antes de irse en picada (perdiendo la posición exactamente frente a la moneda estadounidense) (Yahoo! Finance, 01/04/2022).
En esencia, tales movimientos convergen para crear una alternativa saludable al sistema financiero hiperespeculativo basado en el dólar y sometido a los caprichos de Wall Street, y centros financieros siameses. Con ello, se abre una perspectiva real de establecer un marco cooperativo en las relaciones internacionales y sustituir a la economía real en la posición prioritaria de la que nunca debió haber sido desplazada.
Esta transición, sin duda alguna, tomara su tiempo, pero es inexorable que se creara un nuevo sistema financiero mundial y una nueva autoridad mundial legítima, enraizada en la soberanía, el bien común y el desarrollo de todas las naciones.

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