La RCEP y los retos de la cooperación “ganar-ganar”

MSIa Informa, 26 de noviembre de 2020.-En videoconferencia transmitida el 16 de noviembre celebrada por jefes de Estado y de gobierno de 15 países de Asia y Oceanía, coordinada por Vietnam, se concretó la creación de un acuerdo internacional que, en los próximos años, podría tener un impacto determinante en la reconfiguración del escenario de poder global, la Asociación Regional Económica Incluyente (RCEP, siglas en inglés).

El acuerdo, el cual entraría en vigor en 2022, abarca a los diez miembros de la Asociación de Países del Sudeste Asiático (ASEAN) –Brunei, Camboya, Singapur, Filipinas, Indonesia, Laos, Malasia, Myanmar, Tailandia y Vietnam-, además de China, Corea del Sur, Japón, Australia y Nueva Zelanda.

En líneas generales, hablamos de casi un tercio de la población, de Producto Interno Bruto (PIB) y volumen de comercio del planeta, en otras palabras, el mayor bloque económico del mundo.

A pesar de, parecer ser una iniciativa más de China, en vías de convertirse en la mayor economía mundial, el acuerdo fue edificado en los últimos ocho maños por la ASEAN y su propósito fundamental es establecer acuerdos de reducciones tarifarias y burocráticas para una mayoría de bienes y servicios, integración de cadenas productivas regionales y transferencia de tecnología hacia los países menos desarrollados, en plazos variables de hasta una década.

En esencia, no se trata de un mero mega-acuerdo de libre comercio, sino de cooperación económica, en línea con el impulso de integración física y económica encabezado por China, con la iniciativa Franja y Ruta, promoviendo una sinergia que tiende a establecer una región Asia-Pacífico como el nuevo centro de gravedad geoeconómica mundial. En términos cualitativos, se trata de un proceso de cooperación “ganar-ganar”, con ventajas concretas para todas las partes involucradas, opuesto a la orientación de “suma cero” que generó la globalización financiera impulsada por los centros hegemónicos de Occidente a partir de la década de 1970, cuyo principal resultado ha sido la profundización de las desigualdades económicas en casi todo el mundo, dentro de las naciones y entre ellas. A pesar de que Rusia no integra la RCEP, el presidente Vladimir Putin expresó una estupenda síntesis del impulso cooperativo que la motiva, en el segundo Foro de la Iniciativa Franja y Ruta, celebrado en abril del año pasado en Pekín, al afirmar que ella responde a la “aspiración natural de las naciones a vivir en paz y armonía y a beneficiarse del libre acceso a los últimos avances científicos e innovaciones, preservando sus culturas e identidades propias…unidos por nuestros intereses estratégicos de largo plazo”.

Con el apoyo de Rusia, ese centro de gravedad podría desplazarse hacia Eurasia en conjunto, dependiendo de la disposición de la Unión Europea de asumir plenamente los mayores intereses de la población del bloque y, por lo menos, aflojar las amarras de una vinculación atávica y decadente hacia la agenda hegemónica de los EUA. A propósito, vale registrar que la propia RCEP es un resultado de la incapacidad estadounidense de mantener tal agenda, y que la adhesión de Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda, en general, subordinados a Washington , denota que estos países están conscientes del cambio de los vientos y, pragmáticamente, ajustando su velas de acuerdo con sus propios intereses. Entre las potencias asiáticas, solamente India, debido a su orientación ideológica anti-china y pro-EUA del primer ministro Narendra Modi, optó por quedar fuera del acuerdo, aunque manteniendo la opción de una futura adhesión.

De hecho, si se implementa conforme a la intención de sus creadores, la configuración de la RCEP favorecería el establecimiento de un ambiente cooperativo y anti-hegemónico, el cual dificulta eventuales aventuras militaristas motivadas por la mentalidad de “suma cero” característica de las elites dirigentes del eje Washington-New York-Londres-Bruselas.

De inicio, resalta el hecho de ser una iniciativa acoplada pragmáticamente por países con sistemas políticos bastante distintos, pero interesados en anteponer intereses comunes y potenciales sinergias por encima de idiosincrasias ideológicas, en beneficio de los respectivos proyectos de desarrollo. Solamente como ejemplo, Myanmar y Tailandia no fueron excluidos de las negociaciones, a causa de la persecución hacia las minorías musulmanas, en la primera, y el golpe militar de 2014, en la segunda, fuertemente criticados en Occidente.

Además, el mega-acuerdo apunta hacia las potenciales ventajas generadas por arreglos integracionistas semejantes, capaces de generar una masa crítica de dinámica económica entre grupos de países geográficamente reunidos, siendo América del Sur el ejemplo más evidente. Lo que remite, una vez más, al imperativo de la integración físico-económica del subcontinente, que, por obvias razones, debe ser encabezada por Brasil. Integración que, por su parte, necesita ser considerada un elemento fundamental de imprescindible reorientación de un proyecto nacional de desarrollo, única forma de que el país supere la actual combinación de crisis civilizatoria y estancamiento socioeconómico que lo aflige.

La RCEP tiene todo para ser un parte aguas en el actual cambio global de época.

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