La hora de la integración Iberoamericana

Msia Informa, 2 de julio de 2021.-A continuación, publicamos el editorial del informativo semanal, Página Iberoamericana, Vol. 18. No. 6, junio de 2021.

Varios países de Iberoamérica se encuentran semiparalizados en este momento por una crisis impactante. Cada nación, en sus peculiaridades nacionales, enfrenta el momento al que llegamos por varias causas, por un lado, la falta de representación política y la otra, la aguda crisis económica y social en que la globalización financiera aprisionó al mundo. Sin embargo, estas no tienen una solución inmediata, ya sea por la vía electoral, o por reformas constitucionales destinadas a incorporar las demandas reclamadas por una gama de grupos sociales, que parecen interminables, entre ellas ambientalistas, indigenistas y la que portan los militantes de la cultura identitaria post moderna, los colectivos de género, LGTB+, y otros grupos que en toda esta mescolanza cambiaron la biología por la ideología.

La crisis tiene raíces históricas más profundas que datan de los acontecimientos de la Independencia, consolidados en las primeras décadas del siglo XIX. Si bien estos tuvieron una causa de legitimidad, precisamente por la falta de representatividad en las Cortes españolas, la verdad es que el proceso que se quería resolver quedó latente, ya que el resultado fue la balcanización dominada por grupos de oligarcas locales que desintegraron un continente que hasta entonces estaba unido. Divididos entre liberales y conservadores, la nueva clase política fue paulatinamente adaptándose a dos condicionante: el dominio económico financiero de Inglaterra y las ideas político-institucionales del Iluminismo francés. A pesar de los diversos intentos de las naciones para buscar el desarrollo económico soberano compatible con la dignidad de su población, estos fueron limitados o circunscritos a un sistema de control global. Y, por último, derrotados.

Brasil, a pesar de haber conseguido mantener su vasta integridad territorial, en gran medida por el régimen monárquico, tampoco logro establecer un camino de desarrollo pleno hasta casi la mitad del siglo XX, y, aun así, este empuje se agotó en las crisis económicas y financieras de las décadas de 1970 y de 1980. Hoy el país comparte las mismas turbulencias que sus vecinos.

La globalización financiera, predominante a partir de la década de los noventa del siglo pasado, convirtió la desigualdad en una inequidad social que clama a los cielos, descubriendo ante las respectivas ciudadanías que el sistema de la democracia formal de toda la región, a pesar del voto universal, no trae consigo una representación verdadera, pues sirve de instrumento de los grupos de poder económico y social, que se rotan en el poder. Es decir, la sucesión de elecciones no resuelve el problema de la representación, pues es ocasión del surgimiento de gobiernos frágiles de corta duración, involucrados en el juego de políticas neoliberales y culturales probadamente fracasadas para el interés nacional y para el bien común. En este proceso existe claramente el riesgo de fragmentación de las naciones, alimentada artificialmente por poderes externos.

Lo que se viene observando es la radicalización contra el proceso civilizador iniciado con el descubrimiento y con la evangelización del continente, como si en este gran acontecimiento histórico radicara la causa de la injusticia social y económica. Nuevamente vemos surgir las viejas tesis de la Leyenda Negra que las potencias colonialistas protestantes lanzaron contra España y Portugal a partir del siglo XVI.

Iberoamérica porta en su historia un destino diferente. El agotamiento del sistema oligárquico hegemónico mundial basado en las doctrinas de la predestinación calvinista, de los excepcionalísimos y de los destinos manifiestos, que impulsó el colonialismo europeo a partir del siglo XVII, más tarde compartido por los EUA, deja vislumbrar claramente en el horizonte la aurora de un nuevo orden mundial cooperativo-multipolar. Es en este nuevo orden global donde la crisis del continente puede comenzar a remediarse.

La integración, la defensa de sus enormes y ricos vacíos geográficos, y su pleno desarrollo económico soberano, solo se puede conquistar reconociendo con orgullo nuestras raíces culturales y espirituales comunes, admitiendo que aquí se creó un singular pueblo mestizo.  Partiendo de esta convicción podremos resistir los intentos divisionistas y restablecer un destino de grandeza. El momento es para revertir la desintegración y los dos siglos de frustraciones que sufrimos, construyendo una base económica sólida, sintonizada con los requisitos del siglo XXI, además diseñada para integrar a toda la región con grandes obras de infraestructura.

En síntesis, Iberoamericana necesita urgentemente un “New Deal” continental, cuyo pilar sea una política de crédito dirigida por el Estado destinada a sustentar aquellas obras que, por su naturaleza a largo plazo, demandan una perspectiva que rebasa la duración de los mandatos políticos.

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