La Asociación Transatlántica de Comercio puede ser una “Otan Económica”

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Mario Lettieri y Paolo Raimondi, desde Roma

En Europa, se está haciendo de todo para garantizar que ni clase política, ni sociedad  sean capaces de expresar, de manera soberana y sin atropellos, una clara posición sobre la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión (TTIP, siglas en inglés), el tratado de libre comercio entre Estados Unidos y la Unión Europea (UE), cuyo trámite ya lleva tres años.

Por un lado, se impone un peculiar e injustificado sigilo sobre la documentación, los procedimientos y el contenido del tratado. Por otros, las discusiones se radicalizan y, con frecuencia, las manifestaciones públicas al respecto han degenerado en batallas campales entre manifestantes y fuerzas del orden, además de intentar calificar como “delincuente” a cualquiera que impulse un debate más abierto o exprima su derecho democrático a la divergencia.

Sin embargo, por lo poco que se ha hecho público, puede percibirse que el TTIP podría llegar a tener un impacto profundo en algunos casos devastador, sobre nuestro sistema productivo, en especial, pero no exclusivamente, el sector agrícola, la industria alimenticia, el sistema social de mercado y el comercio. A sus defensores les  gustaría que fuese ratificado al final de la presidencia de Barack Obama, quien ha sido unos de sus grandes promotores. Por su parte, Hillary Clinton ya lo calificó como nuestra “OTAN económica”.

Recientemente, algunos parlamentarios alemanes pidieron ver lo  documentos en el Ministerio de Economía de su país. El relato que hacen es sombrío. Se pueden leer algunos documentos en la computadora, solamente durante algunas horas, en un ambiente controlado, sin consultas con los otros y sin poder tomar notas. ¡Y no se puede hablar públicamente sobre el material leído!

Es muy grave que la comisaria europea para el Comercio, Cecilia Malmström, sustente que la elaboración del tratado no es una cuestión para los parlamentarios nacionales europeos.

El objetivo del TTIP sería la creación de la mayor área de libre comercio del mundo, con cerca de 800 millones de consumidores. Esto representa casi la mitad del PIB y un  tercio del comercio global. La UE es la mayor economía y el mayor mercado del mundo. Así, están en juego enormes intereses económicos –pero, igualmente, el futuro de las relaciones políticas internacionales.

No se trata de cuestionar las relaciones de amistad con los Estados Unidos, pero la falta de transparencia pone en duda la buena fe del acuerdo.

Las dudas externadas por los ciudadanos y operadores económicos son muchas. Los EUA utilizan organismos genéticamente modificados en su agricultura. ¿Europa también estaría obligada a introducirlos en sus cultivos? Por ejemplo, Italia tiene 280 productos con denominación de origen protegida, el mayor número de Europa. ¿Los EUA los respetarán, o tendremos, eventualmente, el “parmesano de Virginia” o el “San Danielito de Minnesota”, vendidos también en nuestros mercados?

Muchos, incluso en los EUA, creen que uno de los principales peligros del TTIP es la posibilidad de que los inversionistas privados puedan implorar procesos y acciones judiciales millonarios contra los Estados en tribunales internacionales de arbitraje. La intención positiva de proteger el interés público puede ser interpretada por las multinacionales como una “limitación de las ganancias de los inversionistas extranjeros”, un obstáculo a los negocios ya la libre competencia.

Es de notarse que esta es también una de las principales preocupaciones de la London School of Economics, que apunta el dedo, precisamente, hacia las cámaras de arbitraje, los tribunales establecidos por el Tratado. En su estudio al respecto, la entidad británica cita como ejemplo procesos como los promovidos por el gigante de los cigarros Philip Morris contra los gobiernos de Uruguay y de Australia, por haber lanzado campañas contra el tabaquismo.

En Europa, se oyen voces de gran preocupación, aunque todavía se expresan en tono bajo. El gobierno francés afirma que dirá un fuerte “no”, si el tratado pone en discusión la estructura de sui agricultura. Se espera que Italia no se diga satisfecha con cualquier garantía genérica al respecto del “Made in Italy”.

Para el sistema agroalimentario italiano,  comenzando por el sur, el tratado sería fatal. La geopolítica y los negocios, definitivamente, no pueden pasar por encima de las prerrogativas democráticas e inalienables de los pueblos y sus respectivos parlamentos, empezando por el pleno derecho al conocimiento de lo que se está negociando.

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