“Global Britain” abandonada en la pista del aeropuerto de Kabul

MSIa Informa, 24 de septiembre de 2021.-En dos semanas consecutivas, la revista inglesa The Economist, tradicional heraldo de la City de Londres, dedicó sus editoriales a manifestar una más que evidente angustia existencial ante el declive estratégico de Estados Unidos, luego de que el delirio imperial neoconservador ambicionara  un “Nuevo Siglo Americano”, que terminaría exhausto tras dos décadas de una guerra ignominiosa en Afganistán;  esto, aunado al colapso del liberalismo clásico, cuya promoción fue la razón para la fundación de dicha publicación, hace 178 años.

“La mejor manera de navegar por los cambios abruptos de un mundo dividido es mediante el compromiso universal con la dignidad individual, el libre mercado y el Estado mínimo. En el mismo Occidente, los populistas de derecha y de izquierda se enfadan con el liberalismo por su supuesto elitismo y privilegios”, afirma el editorial del 5 de septiembre.

De modo exaltado el texto prosigue: “A lo largo de los últimos 250 años el liberalismo clásico ayudó a promover avances sin paralelo. Eso no desaparecerá como humo” No obstante, “pasa por una prueba severa, de la misma manera que cien años atrás, cuando los cánceres del bolchevismo y del fascismo comenzaron a consumir las entrañas de la Europa liberal. Es hora de que los liberales sepan a lo que se están enfrentando y cómo reaccionar (…) Los liberales clásicos tienen que redescubrir el espíritu de lucha. Deberían enfrentar a los valentones y anuladores” 

Lo que agrava las angustias de la revista es la fragmentación social que vive Estados Unidos entre populistas de izquierda y de derecha, a los que califica de enemigos internos del liberalismo clásico dentro de ese país. División agravada por la nueva generación de liberales radicales de izquierda que enarbolan la bandera de la ideología de género y los derechos de las minorías. “Existen muchísimos liberales de izquierda concentrados en la idea de que ellos también quieren justicia social”. 

“En ningún otro lugar del mundo esa lucha es tan feroz como enEstados Unidos donde la semana pasada, la Suprema Corte dictaminó no abolir una draconiana y extraña ley antiaborto. La más peligrosa amenaza al hogar espiritual del liberalismo viene de la derecha trumpista. Los populistas ensucian los logros liberales, como la ciencia y el estado de derecho, calificándolos de fachadas de una conspiración de un Estado oculto contra el pueblo”.

Lo que The Economist observa es que la fragmentación de las sociedades occidentales, no solo Estados Unidos, es consecuencia de la exacerbación de la idea que las libertades individuales son antagónicas a la fortaleza de los estados nacionales.

De hecho, el Nuevo Orden Mundial que surgió después de la disolución del Imperio Soviético, e impuso la prevalencia de la globalización financiera, partía del presupuesto de que el enemigo no era el recién nacido régimen comunista, sino, sobre todo, el régimen de estados soberanos; el sistema nacido en Westfalia al final de la Guerra de los 30 años, en el siglo XVIII. Este, y no el colectivismo marxista, ha sido el enemigo permanente del liberalismo clásico defendido por los atormentados editorialistas.

El resurgimiento económico de China, la reconstrucción de Rusia como potencia cristiana y la trasformación euroasiática en locomotora del desarrollo económico mundial, son los principales “valentones y anuladores” de la utopía liberal, según The Economist. Desde esa óptica, el sistema liberal clásico solo podrá retoñar mediante un Estados Unidos nuevamente hegemónico, apoyado en el “predominio tecnológico y militar” y en el liberalismo clásico, resquebrajado dentro de la población norteamericana y de sus grupos de influencia.

Cuando revisa los “últimos 250 años”, el intervalo histórico indicado por la revista, esta comete otra gran omisión, muy de acuerdo con la usanza imperial británica de falsificar la historia a su conveniencia: el hecho de que el mismo Estados Unidos haya representado la mayor amenaza para su sistema liberal clásico de Economía, desde Adam Smith hasta David Ricardo, cuja teoría de valor inspiró a Carlos Marx en El Capital, redactado en la Real Biblioteca de Londres.

Nos referimos al sistema americano de economía política, nacido en la Revolución Americana de 1776, por medio del cual las antiguas colonias de América del Norte se liberaron del yugo del Banco de Inglaterra y crearon un sistema de crédito nacional, creado por el ministro de Economía, Alexander Hamilton, para promover un sistema de protección industrial, que fuera el motor de la prosperidad de la nueva nación americana.

La fundación de la revista The Economist en 1843 no fue exactamente para “promover avances sin paralelo”, sino que surgió para combatir las llamadas “Leyes del Cereal” (Corn Laws), un conjunto de tarifas proteccionistas para la producción nacional de alimentos, en vigor de 1815 a 1846, cuya revocación, a pesar de que produjo la ruina de la propia agricultura inglesa, sirvió de propaganda renovada en favor de un sistema de “libre comercio total” mundial.

Fue esta onda de libre comercio contra la que las grandes figuras representativas del sistema americano de economía alistaron las baterías una vez más. El primero fue el gran economista Henry Carey (1793-1879), para quien la economía es un proyecto civilizador y por eso fue devastador en su polémica contra el sistema británico de libre comercio, al que nombro “sistema ricardo-maltusiano” y “detestable”.

En su libro Armonía de Intereses, publicado en 1851, apenas ocho años después de la fundación de The Economist, estableció las diferencias básicas entre los dos sistemas:

“El uno apunta hacia el pauperismo, la ignorancia, la despoblación y la barbarie; el otro a aumentar la riqueza, la comodidad, la inteligencia, la acción combinada y la civilización. EL uno apunta hacia la guerra universal; el otro, hacia la paz universal. El uno es el sistema inglés; al otro lo podemos llamar orgullosamente sistema americano, porque es el único que jamás se haya ingeniado cuya tendencia es la de elevar y al mismo tiempo igualar la condición de todos los hombres del mundo. “

El otro gran protagonista del contraataque contra el “sistema británico» de laissez faire fue Federico List, autor del libro clásico del proteccionismo económico, Sistema Nacional de Economía, y fue el responsable directo para el establecimiento de la “Unión Aduanera Alemana” (Zolverein) en 1871, cimiento del desarrollo económico e industrial de Alemania.

De hecho, el inesperado poderoso crecimiento económico de China está en gran medida influido por el sistema americano siguiendo los ejemplos de la Revolución Meji de Japón y del desarrollo de Corea y Singapur.

Sin quitar el dedo del renglón sobre la división en Estados Unidos, The Economist se lamenta: “da mucho trabajo ser un liberal genuino. Con el colapso de la Unión Soviética, luego de que su ultimo rival ideológico desapareció, las elites arrogantes perdieron contacto con la humildad y con la autocrítica liberal; se rindieron al habito de creer que siempre tuvieron la razón (…) Después de la crisis financiera, produjeron una economía que creció tan lentamente que difícilmente la gente sintió alguna prosperidad”. De manera que “esto permitió a los oponentes del liberalismo culparlo de imperfecciones ancestrales, y, a causa de las conductas raciales de Estados Unidos, insistir en que el país nació podrido. Washington esta quebrantado, China está avanzando y el pueblo está inquieto”.

Otra manifestación sintomática del espíritu angustiado del poder que representa The Economist fue su editorial del 11 de septiembre, titulado “Las verdaderas lecciones del 11 de septiembre”. “Estados Unidos perdieron su autoridad moral (…) el lodazal del Medio Oriente ha sido una distracción de la verdadera historia del comienzo del siglo XXI: el ascenso de China”, sostiene.

Agrega que “Biden está bien calificado para juntar los pedazos, con gran experiencia en relaciones exteriores y consejeros que están elaborando una doctrina Biden. Sus objetivos son acabar con las guerras externas, complementar la voltereta hacia Asia, enfrentar nuevas esferas, como la seguridad hemisférica y la reconstrucción de alianzas globales”.

. “La revista The Economist apoya gran parte de ese plan, principalmente el énfasis en las tareas principales del siglo XXI, como los cambios climáticos. La actitud del gobierno con relación a los derechos de las mujeres es mejor que la de su antecesor – y puede afectar la geopolítica más que lo que la mayoría de las personas imagina (. ….) Un enfrentamiento con China puede quitar el foco de los cambios climáticos”.  Agrega que “El riesgo es que el matiz domestico de Biden haga a su política externa menos eficaz. EE. UU. necesita una nueva forma de coexistir con China”

Para rematar, demanda que: “Estados Unidos necesita estar preparado para usar el poder militar para proteger los derechos humanos en el exterior”, un intento de revivir un “Imperialismo humanitario”, que se vale del ambientalismo, y del indigenismo para imponer mecanismos de soberanía limitada, más que nada en regiones ricas en recursos naturales. Esta intención que gano impulso con el Nuevo Orden Mundial proclamado por el presidente George Bush en 1990 después de la Guerra del Golfo, acabó precisamente con la humillante fuga de los EUA en Kabul.

Conclusión:

“La política externa es guiada tanto por hechos como por estrategia. Bush operó de acuerdo con una plataforma de conservadurismo compasivo, no en una guerra contra el terrorismo. Biden necesita improvisar en respuesta a una época caótica. Pero no debe imaginar que una política externa subordinada a una política interna revitalizará la reivindicación americana de liderear el mundo”.

En la realidad no se trata más que de una expresión de melancolía por la época de oro de la alianza angloamericana, mediante la cual Inglaterra logro subsistir a pesar de su propia decadencia imperial. De hecho, con el Brexit y el declive estratégico estadounidense, la utópica “Global Britain” del primer ministro Boris Jonhson es tan sólo el “súbito vigor” del canto del cisne de un imperio y de su liberalismo clásico.  Se puede decir de verdad que los nostálgicos delirios británicos fueron abandonados en la pista del aeropuerto de Kabul.

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