G-20 en Shangai: Alarma de crisis sistémica –e inacción

G20-Xangai

La reciente cumbre de los ministros de Finanzas y presidentes de los bancos centrales del G-20, celebrada en Shangai, transmitió un preocupante mensaje acerca del futuro de la economía y las finanzas globales, al reconocer abiertamente que las políticas de “rescate” adoptadas después de la crisis 2007-2008 no están produciendo los resultados positivos deseados. “La política monetaria, por si sola, no puede promover un crecimiento equilibrado” dice el texto de la declaración final del encuentro, el cual recomienda que el G-20 debería promover un programa coordinado de estímulos, mediante la “utilización flexible de la política fiscal para reforzar el crecimiento, el empleo y la confianza”.

Esto no pasa de una manifestación de buena voluntad. Faltan acciones concertadas y proyectos reales para reanimar la economía. Al mismo tiempo, hay una larga lista de declaraciones preocupantes, como “exceso de volatilidad, movimientos desordenados en los mercados cambiarios, caída fuerte en los precios de las commodities, crecientes tensiones geopolíticas, riesgo de deterioro de las expectativas económicas globales”.

El hecho es que, continuarán las oscilaciones de los mercados, mientras que los gobiernos y economías insisten en proceder separadamente, cada quien por su cuenta y en competencia abierta, tanto en el plan monetario como en el financiero. Por esto, es de verdad interesante el hecho de que, en los últimos días, algunos de los principales actores económicos de la crisis de 2007-2008 hayan manifestado públicamente sus dudas sobre las actuales estrategias económicas y financieras.

Mervyn King, gobernador del Banco de Inglaterra en el período 2003-2013 declaró recientemente que los “grandes bancos de los mayores centros financieros del mundo desarrollado han fallado, causando un colapso generalizado de confianza y la recesión más grave desde los años 30. ¿Cómo pasó esto? ¿Fue una falla de los hombres, de las instituciones o de las ideas? Si no comprendemos las causas subyacentes de la crisis, nunca entenderemos lo que ocurrió y no seremos capaces de evitar una repetición y de sustentar una recuperación real de nuestras economías”.

Incluso Alan Greenspan, quien presidió la Reserva Federal de los EUA durante dos décadas, hasta antes de la crisis, admitió que la reforma financiera estadounidense, conocida como la Ley Dodd-Frank, fracasó. “Ella tendría que bregar con los problemas que llevaron a la crisis de 2008, pero no lo está haciendo. Los bancos ‘demasiado grandes para caer’, fueron la cuestión crucial entonces, y lo continúan siendo ahora. Las inversiones en los sectores reales (de la economía) están muy por debajo del promedio, porque la incertidumbre sobre el futuro sigue predominando”. Por desgracia, está en lo cierto.

De hecho, muchos indicadores muestran que la alta finanza está, peligrosamente, operando en el viejo esquema de “hacer lo de siemprel”. Por ejemplo, un informe reciente divulgado por el banco Crédit Suisse demuestra que el mercado global de las “finanzas apalancadas” (leveraged finance), después de la contracción inicial resultante de la crisis, volvió a su nivel más elevado. La modalidad envuelve préstamos concedidos con base en capitales mínimos dados en garantía (el famoso apalancamiento de la deuda) para la compra de títulos diversos, destacando los productos financieros de alto riesgo, como los derivados. Básicamente, se trata de apuestas que esperan ganancias superiores al costo del capital prestado -¡todas son operaciones hechas por los grandes bancos!

En el período 2011-2’014, tales mercados registraron una expansión del 42%. La exposición de los bancos europeos y ellos también aumentó, aunque en menores proporciones, apenas el 16%. En 2014, los bancos europeos facturaron 5 billones de dólares con esas operaciones especulativas. Es notorio que, a pesar de estar conscientes de los enormes riesgos de semejantes juegos financieros, los bancos centrales y las otras agencias supervisoras se siguen absteniendo de intervenir. Igualmente, es el fruto amargo de a política de intereses cero que abre, objetivamente, los fáciles caminos de la especulación.

Pero otra vez, sin embargo, el G-20 concluyó su trabajo, predicando rigor, pero rehusándose a tomar alguna iniciativa que no se encuadre en el habitual laissez faire.

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