Francisco en México marca el camino para salir del cautiverio

La visita del papa Francisco a México del 12 al 18 de febrero del presente es memorable, pues ocurrió en el contexto de su histórico encuentro realizado, apenas un día antes, con el patriarca de Moscú y de toda Rusia, Kiril I, en La Habana, Cuba, el primero desde el Gran Cisma de 1054, que dividió en dos al mundo cristiano. Esta anhelada reunión produjo un documento de treinta puntos que revela el motivo trascendente de los eventos mencionados: “La civilización humana ha entrado en un período de cambios epocales. La conciencia cristiana y la responsabilidad pastoral no nos permiten que permanezcamos indiferentes ante los desafíos que requieren una respuesta conjunta”, asienta uno de los puntos del documento.

A su regreso al Vaticano, Francisco hizo una entusiasmada evaluación de estos hechos durante el Ángelus el 21 de febrero:

“Fue –afirmó- »una experiencia de transfiguración». En México, »el Señor nos ha mostrado la luz de su gloria a través del cuerpo de su Iglesia, de su Pueblo santo que vive en aquella tierra. Un cuerpo tantas veces herido, un pueblo tantas veces oprimido, despreciado, violado en su dignidad. De hecho, los diversos encuentros vividos en México han estado llenos de luz: la luz de la fe que transfigura los rostros e ilumina el camino».

»El baricentro espiritual de la peregrinación fue el santuario de la Virgen de Guadalupe. Permanecer en silencio ante la imagen de la Madre era lo que me proponía en primer lugar. Y doy gracias a Dios por habérmelo concedido. La he contemplado y me he dejado mirar por aquella que lleva grabadas en sus ojos las miradas de todos sus hijos y recoge los dolores de las violencias, los secuestros, los asesinatos, los abusos contra tantas personas, contra tantas mujeres. Guadalupe es el santuario mariano más visitado en todo el mundo. Van de toda América para rezar allí donde la Virgen Morenita se mostró al indio san Juan Diego, dando inicio a la evangelización del continente y a su nueva civilización, fruto del encuentro entre diversas culturas».

»Y precisamente esta es la herencia que el Señor dejó a México: custodiar la riqueza de la diversidad y, al mismo tiempo manifestar la armonía de la fe común, una fe sencilla y robusta, acompañada por una gran carga de vitalidad y humanidad -explicó el Pontífice- Como mis predecesores, yo también fui a confirmar la fe del pueblo mexicano pero, al mismo tiempo, a ser confirmado; recogí a manos llenas este don para que de él se beneficie la Iglesia universal».

»Un ejemplo luminoso de lo que digo son las familias: las familias mexicanas me recibieron con alegría como mensajero de Cristo, Pastor de la Iglesia; pero a su vez me dieron testimonios límpidos y fuertes, testimonios de fe vivida, de fe que transfigura la vida y, esto, para la edificación de todas las familias cristianas del mundo. Lo mismo se puede decir de los jóvenes, de los consagrados, de los sacerdotes, de los trabajadores, de los detenidos».

Después de dar las gracias a la Virgen de Guadalupe por esa peregrinación, así como a las autoridades mexicanas, tanto civiles como eclesiásticas y a todos los que habían hecho posible su visita, Francisco elevó una alabanza especial a la Santísima Trinidad por el encuentro en Cuba con el Patriarca Kiril de Moscú y de toda Rusia, un encuentro también muy deseado por sus antecesores.

»Este acontecimiento también es una luz profética de Resurrección de la que hoy más que nunca tiene necesidad el mundo contemporáneo -finalizó- Que la Santa Madre de Dios siga llevándonos por el camino de la unidad. Recemos a la Virgen de Kazán, de la que el Patriarca Kiril me regaló un icono».

Pero el México que recibió a Francisco con alegría – más de 10 millones y medio de personas que salieron a la calle a acompañarlo en su recorrido por el país-, padece una crisis histórica profunda que lo ha convertido en una tierra de cautiverio. Sus valores, que el Papa enalteció se han oscurecido, y poderosos enemigos se empeñan en deformar este espléndido pasado, convencidos de que así sofocan el futuro.

Por si las dudas, Francisco en el estado sureño de Chiapas, comparó a los habitantes de todo el país con el pueblo hebreo que vivió y sufrió en esclavitud y cautiverio:

“Esa es la ley que el Pueblo de Israel había recibido de mano de Moisés, una ley que ayudaría al Pueblo de Dios a vivir en la libertad a la que habían sido llamados. Ley que quería ser luz para sus pasos y acompañar el peregrinar de su Pueblo. Un Pueblo que había experimentado la esclavitud y el despotismo del Faraón, que había experimentado el sufrimiento y el maltrato hasta que Dios dice basta, hasta que Dios dice: ¡No más! He visto la aflicción, he oído el clamor, he conocido su angustia (cf. Ex 3,9). Y ahí se manifiesta el rostro de nuestro Dios, el rostro del Padre que sufre ante el dolor, el maltrato, la inequidad en la vida de sus hijos; y su Palabra, su ley, se volvía símbolo de libertad, símbolo de alegría, sabiduría y luz. Experiencia, realidad que encuentra eco en esa expresión que nace de la sabiduría acunada en estas tierras desde tiempos lejanos, y que reza en el Popol Vuh de la siguiente manera: El alba sobrevino sobre todas las tribus juntas. La faz de la tierra fue enseguida saneada por el sol (33). El alba sobrevino para los pueblos que una y otra vez han caminado en las distintas tinieblas de la historia.

“En esta expresión, hay un anhelo de vivir en libertad, hay un anhelo que tiene sabor a tierra prometida donde la opresión, el maltrato y la degradación no sean la moneda corriente. En el corazón del hombre y en la memoria de muchos de nuestros pueblos está inscrito el anhelo de una tierra, de un tiempo donde la desvalorización sea superada por la fraternidad, la injusticia sea vencida por la solidaridad y la violencia sea callada por la paz. Nuestro Padre no sólo comparte ese anhelo, Él mismo lo ha estimulado y lo estimula al regalarnos a su hijo Jesucristo…”

Desde su llegada el 12 de febrero enfatizo esta comprensión sobre México, resaltando a la virgen de Guadalupe en la formación del país:

“Conozco la larga y dolorosa historia que han atravesado, no sin derramar tanta sangre, no sin impetuosas y desgarradoras convulsiones, no sin violencia e incomprensiones. Con razón mi venerado y santo Predecesor, que en México estaba como en su casa, ha querido recordar que: »Como ríos a veces ocultos y siempre caudalosos, tres realidades que unas veces se encuentran y otras revelan sus diferencias complementarias, sin jamás confundirse del todo: la antigua y rica sensibilidad de los pueblos indígenas que amaron Juan de Zumárraga y Vasco de Quiroga, a quienes muchos de estos pueblos siguen llamando padres; el cristianismo arraigado en el alma de los mexicanos; y la moderna racionalidad de corte europeo que tanto ha querido enaltecer la independencia y la libertad». Y en esta historia, el regazo materno que continuamente ha generado a México, aunque a veces pareciera una »red que recogía ciento cincuenta y tres peces» no se demostró jamás infecunda, y las amenazantes fracturas se recompusieron siempre.

El cambio que nos colocó en el cautiverio, se remonta más recientemente al momento en que el destino de la nación fue sometido a las necesidades comerciales y culturales de la oligarquía del vecino país del norte, grupo del poder mundial, inmerso en la esfera protestante del excepcionalismo anglo-sajón. Los gobernantes del país, a partir del presidente Carlos Salinas de Gortari, oyeron el canto de la sirena que anunciaba el fin de la soberanía nacional despreciado por ser un concepto anticuado a los ojos de un “nuevo orden mundial” que se exaltaba en los centros de poder mundial, después de la caída del Muro de Berlín. Por su ambición, aceptaron el axioma colonial de que la pobreza podría vencerse aceptando el cautiverio que ofrecían los nuevos faraones esclavistas sentados sobre sus pirámides financieras; aceptaron la esclavitud a cambio de un espejismo.

Al cumplir con creces las exigencias del TLCAN, le dimos la espalda a nuestras hermanas naciones de Iberoamérica, caminando ciegos hacia lo que no era la tierra prometida. El país fue gravemente herido a tal punto que el saldo presente es peor que negativo: el trabajo es una esclavitud, el desempleo ya crónico ha dado paso a la marginalidad galopante; los carteles del narcotráfico circulan libremente ensangrentando a las familias victimas de su cruel violencia, y hasta existe un cabildo internacional que pretende legalizar las drogas para convertirlas en otra materia prima del libre comercio; la producción agrícola e industrial nacional se ha despeñado; la emigración hacia los Estados Unidos presenta un panorama degradante, que unido con el paso de los centroamericanos que literalmente buscan refugio económico en los Estados Unidos, ha originado el atroz tráfico humano; la juventud navega sin rumbo, empujada a ingresar a la filas de la delincuencia, subyugada a los sicarios; además la crisis social ha tocado a la propia institución de la Iglesia. Cada una de estas plagas fue abordada durante el recorrido del Pontífice.

El protagonismo histórico de Guadalupe

Ante lo que aprisiona a México, ¿qué hacer? de dónde extraer algún tesoro extraordinario que haga devolver y cimentar la confianza en la dignidad nacional. Francisco nos voltea el rostro hacia Guadalupe para enseñarnos dónde está el cofre. Nos dice el Pontífice en la basílica de Guadalupe el 13 de febrero:

“Miramos a la madre con ojos que dicen: son tantas las situaciones que nos quitan la fuerza, que hacen sentir que no hay espacio para la esperanza para el cambio para la transformación?” Esto fue lo que le pasó al humilde Juan Diego en el momento en que Guadalupe lo hace embajador de la construcción de su santuario. “Así lograr despertar algo que él no sabía expresar, una verdadera bandera de amor y de justicia: en la construcción de ese otro santuario, el de la vida, el de nuestras comunidades, sociedades y culturas, nadie puede quedar afuera. Todos somos necesarios, especialmente aquellos que normalmente no cuentan por no estar a la “altura de las circunstancias” o no “aportar el capital necesario” el capital necesario para la construcción de las mismas. El Santuario de Dios es la vida de sus hijos, de todos y en todas las condiciones, especialmente de los jóvenes sin futuro expuestos a un sin in de situaciones dolorosas, riesgosas, y la de los ancianos sin reconocimiento, olvidados en tantos rincones. El Santuario de Dios son nuestras familias. El Santuario de Dios es el rostro de tantos que salen a nuestros caminos”.

Esta es la fuerza de Guadalupe en la historia pasada y presente, “las raíces antiguas, que han permitido la viva síntesis cristiana de comunión humana, cultural y espiritual que se forjó aquí” afirma Francisco

Teniendo en el acontecimiento guadalupano el hecho fundante de la nación mexicana, la guía de su peregrinar, Francisco apeló con viveza a semejante singularidad para inyectar de confianza la misión de reubicar a México en el lugar digno que le corresponde en el concierto de las naciones. El peso de la contribución mexicana para enfrentar la crisis profunda que atraviesa el mundo fue enfatizada por Francisco en la reunión de la Conferencia Episcopal de México (CEM), celebrada en la catedral de la ciudad de México el 13 de febrero, inmediatamente después de estar en el Palacio Nacional con el presidente Enrique Peña Nieto, miembros de su gabinete e invitados especiales del mundo político, académico y cultural.

Moviéndose con aquella perspectiva, Francisco fue severo con los obispos llamándolos a resolver urgentemente sus diferencias internas para trabajar por la revitalización del país:

“Que las miradas de ustedes, reposadas siempre y solamente en Cristo, sean capaces de contribuir a la unidad de su Pueblo; de favorecer la reconciliación de sus diferencias y la integración de sus diversidades: de promover la solución de sus problemas endógenos; de recordar la medida alta que México puede alcanzar si aprende a pertenecerse a si mismo antes que a otros; de ayudar a encontrar soluciones compartidas y sostenibles para sus miserias: de motivar a la entera Nación a no contentarse con menos de cuanto se espera del modo mexicano de habitar el mundo”.

Un acontecimiento histórico singular de los caminos misteriosos que recorre la Morenita, al que el pontificado de Francisco le ha dedicado gran atención, que toca de lleno las raíces profundas de la fundación de la nación mexicana, es el hecho de que la migración de los millones de mexicanos hacia los Estados Unidos portando a la Guadalupana, ha producido un cambio cultural retumbante en esta última nación. Razón por la cual en sus recomendaciones a los obispos mexicanos, Francisco les pidió “refuercen la comunión con sus hermanos del episcopado estadounidense.

En este sentido cabe destacar otras iniciativas acometidas por el Vaticano en torno al tema mencionado. Un ejemplo fue la realización en noviembre de 2013 del Encuentro-Peregrinación en el Santuario de Guadalupe, México que congregó a decenas de obispos de México, Estados Unidos Canadá, grupos religiosos y laicos, para analizar la problemática económico, político, social y religiosa de Iberoamérica. En esta ocasión, uno de los temas centrales fue precisamente el reavivamiento de la fe católica que las comunidades hispanas ejercen en los EU y Canadá, catalogado como uno de los fenómenos más importante del siglo XXI. ¿Y no es esta primicia un acontecimiento trascendental que dibuja los valores con los cuales se abriría la puerta de una nueva época?

Tal acontecimiento también se hizo presente en la misa binacional celebrada por el papa en Ciudad Juárez, del lado de México, y El Paso, Texas del norteamericano. En contraste con la luminosidad del acontecimiento guadalupano que ocurre en los EUA, evidentemente, esa ciudad fronteriza, centro de la emigración clandestina, paraíso de los carteles de la droga, del tráfico humano y del trabajo esclavo de las “maquiladoras”, fue escogida por la diplomacia de Francisco para retrotraer los ojos del mundo, “ablandar el corazón y ayudar a ver el circulo de pecado en que muchas veces se está sumergido”.

 

Componentes de la unidad nacional: Indios, criollos y mestizos

Son los componentes de una unidad que consiguieron armonizar las grandes figuras de la historia de México mencionadas por el papa Francisco: la Morenita, Vasco de Quiroga y el obispo Fray Juan de Zumárraga, gigantes de la Evangelización y de la identidad de México, “una nación única y no solamente una entre otras”.

“En el manto del alma mexicana Dios ha tejido, con el hilo de las huellas mestizas de su gente, el rostro de su manifestación en la »Morenita». Dios no necesita de colores apagados para diseñar su rostro. Los diseños de Dios no están condicionados por los colores y por los hilos, sino que están determinados por la irreversibilidad de su amor que quiere persistentemente imprimirse en nosotros”.

En particular sobre los indígenas mexicanos, sufriendo injusticias pasadas y presentes, en varios momentos Francisco resaltó su importancia en el contexto de la evangelización: población que fue tratado por los grandes evangelizadores en su unidad con el resto de los mexicanos. Una visión muy distinta a la que domina la antropología moderna y su rama, la “antropología de la acción” que sustituye la enseñanza del Evangelio por una militancia de corte marxista enalteciendo las divisiones étnicas.

Las tradiciones y las lenguas de los indígenas de Chiapas y de Michoacán fueron ampliamente mostradas en su integración con el evangelio de Cristo. En ambos estados los grupos indígenas participaron de esplendorosas misas, realizadas en iglesias construidas durante el florecimiento de la Evangelización entre los siglos XVI y XVII. En la catedral de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, al final de la misma un indígena tzotzil dirigió en su lengua un mensaje de agradecimiento a Francisco y a Cristo:

»Gracias por habernos visitado. Aunque muchas personas nos desprecien tú has querido venir aquí y nos has tomado en consideración, como la Virgen de Guadalupe hizo con san Juan Dieguito. Llévanos en tu corazón con nuestra cultura, con nuestras alegrías y nuestros sufrimientos, con las injusticias que padecemos…Aunque vivas lejos, en Roma, sentimos que estás muy cerca de nosotros. Sigue contagiándonos con la alegría del Evangelio y ayudándonos a custodiar a nuestra hermana y madre tierra, que Dios nos ha dado. Y muchas gracias -concluyó- por haber autorizado nuevamente el encargo del diaconado permanente indígena con su propia cultura y por haber aprobado el uso de nuestras lenguas en la liturgia».

Un santuario llamado Nación”

La herencia de la construcción del “Santuario de la Vida” que nos legó San Juan Diego, fue el tema, en la reunión con miles de jóvenes de todo el país realizada el 17 de febrero en Morelia, Michoacán, efectuada a manera de un diálogo con preguntas y respuestas. Francisco desafió a los presentes a protagonizar una hazaña trascendente, para recrear “un santuario llamado Nación”, pero para esto hay que trabajar, no acomodarse, ni resignarse, sino “echarle ganas” para ganar el futuro, fue el mensaje a la juventud mexicana –y mundial-,

Morelia es la capital del estado de Michoacán, estado tan castigado por la violencia del narcotráfico, la narcoeconomía, la emigración forzada hacia los Estados Unidos, que hasta perecería una venganza para borrar de la memoria la joya urbano-artística de la evangelización, construida bajo la batuta de la utopía humanista del querido Vasco de Quiroga, “tata Vasco” (papá Vasco), así tratado por los indígenas del lugar, debidamente exaltado por Francisco.

“Algo que le dije al Presidente de la Nación en mi primer saludo. Uno de los mayores tesoros de esta tierra mexicana tiene rostro joven, son sus jóvenes. Sí, son ustedes la riqueza de esta tierra. ¡Cuidado! no dije la esperanza de esta tierra, dije: Su riqueza».

»La montaña puede tener minerales ricos que van a servir para el progreso de la humanidad, es su riqueza, pero esa riqueza hay que transformarla en esperanza con el trabajo como hacen los mineros cuando van sacando esos minerales. Ustedes son la riqueza, hay que transformarla en esperanza. »Sentir eso que Alberto decía que »con mis manos, con mi corazón y con mi mente puedo construir esperanza; si yo no siento eso la esperanza no podrá entrar en mi corazón (…) La esperanza nace cuando se puede experimentar que no todo está perdido, y para eso es necesario el ejercicio de empezar ‘por casa’, empezar por sí mismo. No todo está perdido. No estoy perdido, yo valgo, y yo valgo mucho. La principal amenaza a la esperanza son los discursos que te desvalorizan, te van como chupando el valor y terminas como caído, ¿no es cierto?, como arrugado con el corazón triste, discursos que te hacen sentir de segunda, sino de cuarta. La principal amenaza a la esperanza es cuando sentís que no le importas a nadie o que estás dejado de lado. Esa es la gran dificultad para la esperanza: cuando en una familia o en una sociedad o en una escuela o en un grupo de amigos te hacen sentir que no les importas. Eso mata, eso nos aniquila y esa es la puerta de ingreso para tanto dolor».

“Es también de la mano de Jesús, de Jesucristo el Señor que podemos decir que es mentira que la única forma que tienen de vivir los jóvenes aquí es la pobreza la marginación; es Jesucristo el que desmiente todos los intentos de hacerlos inútiles, o meros mercenarios de ambiciones ajenas. Son las ambiciones ajenas las que a ustedes los marginan, para usarlos en todas estas cosas que yo dije, que saben, y que terminan en la destrucción”.

“Es la experiencia de sentirse familia, de sentirse comunidad. Y es la experiencia de poder mirar al mundo a la cara, con la frente alta, sin el carro, sin la plata, pero con la frente alta, la dignidad. Tres palabras que las vamos a repetir: Riqueza -porque se la dieron-; Esperanza – porque queremos abrirnos a la esperanza-; Dignidad. Repetimos: Riqueza, esperanza y dignidad. La riqueza que Dios les dio a ustedes. Ustedes son la riqueza de México. La esperanza que les da Jesucristo y la dignidad que les da el no dejarse “sobar el lomo” y ser mercadería para los bolsillos de otros».

Dios pedirá cuentas a los esclavistas de nuestros días

La gira del Pontífice culminó en Ciudad Juárez, Chihuahua, cuna de las siniestras maquiladoras, que deberían avergonzar al mundo, pues son emblemas del trabajo esclavo del neoliberalismo radical. Por su existencia si se debería pedir perdón, y sobre todo emprender acciones para devolverle al trabajo su calidad de Trabajo Humano.

Reunido con cientos de empresarios y trabajadores de todo el país, Francisco los invitó a emprender el camino de la justicia en el trabajo, valiéndose de la Doctrina Social de la Iglesia, que no es filantropía sino que.

“nos ayudará a todos a no perdernos en el mar seductor de la ambición. Cada vez que la integridad de una persona es violada, toda la sociedad es la que, en cierta manera, empieza a deteriorarse. Y esto que dice la Doctrina Social de la Iglesia no es en contra de nadie, sino a favor de todos”. »Me gustaría detenerme en este último aspecto. Hoy están aquí diversas organizaciones de trabajadores y representantes de cámaras y gremios empresariales. A primera vista podrían considerarse como antagonistas, pero los une una misma responsabilidad: buscar generar espacios de trabajo digno y verdaderamente útil para la sociedad y especialmente para los jóvenes de esta tierra. Uno de los flagelos más grandes a los que se ven expuestos sus jóvenes es la falta de oportunidades de estudio y de trabajo sostenible y redituable que les permita proyectarse, generando en muchos casos situaciones de pobreza y marginación. Y esta pobreza y marginación es el mejor caldo de cultivo para que caigan en el círculo del narcotráfico y de la violencia. Es un lujo que hoy no nos podemos dar; no se puede dejar solo y abandonado el presente y el futuro de México».

»Desgraciadamente, el tiempo que vivimos ha impuesto el paradigma de la utilidad económica como principio de las relaciones personales. La mentalidad reinante propugna la mayor cantidad de ganancias posibles, a cualquier tipo de costo y de manera inmediata. No sólo provoca la pérdida de la dimensión ética de las empresas sino que olvida que la mejor inversión que se puede realizar es invertir en la gente, en las personas, en sus familias. La mejor inversión es crear oportunidades. La mentalidad reinante pone el flujo de las personas al servicio del flujo de capitales provocando en muchos casos la explotación de los empleados como si fueran objetos para usar y tirar y descartar. Dios pedirá cuenta a los esclavistas de nuestros días, y nosotros hemos de hacer todo lo posible para que estas situaciones no se produzcan más. El flujo del capital no puede determinar el flujo y la vida de las personas».

Finalmente hizo un vehemente llamamiento a los presentes:

‘‘¿Qué mundo queremos dejarles a nuestros hijos? -interrogó Francisco a los presentes- Creo que en esto la gran mayoría podemos coincidir. Ese es precisamente nuestro horizonte, esa es nuestra meta y, por ello, hoy tenemos que unirnos y trabajar. Siempre es bueno pensar qué me gustaría dejarles a mis hijos; también es una buena medida para pensar en los hijos de los demás. ¿Qué quiere dejar México a sus hijos? ¿Quiere dejarles una memoria de explotación, de salarios insuficientes, de acoso laboral o de tráfico de trabajo esclavo? ¿O quiere dejarles la cultura de la memoria de trabajo digno, del techo decoroso y de la tierra para trabajar?”.

La nueva época histórica, que vislumbra Francisco, significa para México, como él mismo lo enfatizó, la lucha por una nueva independencia para salir del cautiverio con que el TLCAN y el sistema tirano de la globalización financiera castigaron al país. Recobremos lo que fue nuestra primera independencia, protagonizada por Guadalupe desde la noche del 15 de septiembre de 1810, el día de Nuestra Señora de los Dolores; proeza cristalizada en el proyecto de Estado nacional de Los Sentimientos de la Nación. La renovación del “Santuario de la nación”, demanda retomar el espíritu encarnado en Hidalgo y Morelos para proyectarla en el ejercicio de su responsabilidad histórica universal. México unido a Iberoamérica, tienen la oportunidad de ser protagonistas centrales de esa nueva época.

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