El “reinicio verde” de la OTAN

MSIa Informa, 8 de octubre de 2020.-Desde el derrumbe de la Unión Soviética, en 1991, La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) quedó despojada  de la razón de su creación, en 1949. No obstante, desde entonces  se consagró a la búsqueda frenética de nuevos enemigos para justificar su existencia  a la manera  de una súper tecnocracia militar liderada por Estados Unidos, o, mejor dicho, atrapada en la red de los objetivos geopolíticos  de “Eastern Establishment” de ese país y de sus socios oligárquicos europeos.

Entre otras misiones,  la Alianza  fue movilizada para aplastar a Yugoslavia y a Libia, invadir Afganistán, combatir piratas en el océano Indico  y mantener el cerco permanente y cada vez más agresivo contra la Federación Rusa, además de actuar extraoficialmente en las invasiones de Irak y de Siria, invariablemente, bajo la batuta de Washington.

La OTAN, en esencia, fue convertida en una “gendarmería global” con un plan propio, y no siempre participante  del aval del Consejo de seguridad de Naciones  Unidas. Además de las misiones de cuño estrictamente militar, el nuevo plan incluía intervenciones humanitarias y el combate del terrorismo, del narcotráfico, de las agresiones al medio ambiente y a la democracia.

Es decir, su nuevo campo de operaciones paso a ser el mundo entero, como observó oportunamente el entonces ministro de la Defensa Nelson Jobim de Brasil en2010,en el seminario “El futuro de la comunidad Transatlántica”, promovido por el Instituto de Defensa Nacional de Portugal, que tuvo lugar en ese país. En su presentación, Jobim presentó una transparencia extraída directamente de un documento de orientación de la OTAN (obsérvese el año señalado en el texto original):

“NATO 2020: Seguridad garantizada, compromiso dinámico… desdoblar y sustentar capacidades expedicionarias para operaciones militares más allá de la zona comprendida por el Tratado cuando sea requerido para impedir un ataque en la zona comprendida por el tratado o para proteger los derechos y otros intereses vitales de los miembros de la Alianza.

Y comento el ex ministro brasileño: “En lo que toca al ´nuevo concepto estratégico’ de las organización, es patente las similitud con las propuestas en estudio y con el plan internacional de Estados Unidos –lo que, a decir verdad, no constituye propiamente una sorpresa”.

Tal evaluación le cae como anillo al dedo  a un artículo firmado por el actual secretario general de la OTAN, el noruego Jens Stoltenberg, titulado, “La OTAN debe combatir los cambios climáticos”. En el texto, publicado originalmente en el periódico alemán Die Welt del 27 de septiembre (disponible en inglés en el sitio de la organización), habla de la responsabilidad de enfrentar la amenaza que los cambios climáticos representan para nuestra seguridad compartida”.

Stoltenberg afirma:

“Los cambios climáticos amenazan nuestra seguridad. Entonces la OTAN debe hacer más para entender plenamente e integrar los cambios climáticos en todos los aspectos de nuestro trabajo, desde nuestra planeación militar hasta la manera de como ejercitamos y entrenamos a nuestras Fuerzas Armadas. (…) La OTAN debe estar preparada también para responder a desastres relacionados con el clima, así como hicimos durante la crisis del Covid-19. (…)

“Los cambios climáticos están haciendo a nuestro mundo más peligroso. La tarea de la OTAN es preservar la paz y mantenernos seguros. Entonces, para cumplir nuestra principal responsabilidad, la OTAN debe ayudar a limitar los cambios climáticos, por nuestra seguridad actual y por la seguridad de las futuras generaciones”.

Si la mención de “seguridad de las futuras generaciones” hace recordar al lector el celebrado concepto de “desarrollo sustentable”, no habrá sido por coincidencia. El primer cargo público de Stoltenberg fue, precisamente, el de ministro del Medio Ambiente, de 1990 a 1991, en la tercera gestión de la Primera ministra Gro-Harlem Brundtland, ex coordinadora de la Comisión Brundtland de Naciones Unidas, cuyo informe Nuestro Futuro común (1978) presentó el concepto y las directrices del plan ambiental de las décadas siguientes.

En el actual marco internacional, que combina la desesperación del “Establishment” anglo-americano con el inexorable deterioro de su posición hegemónica, el plan de la “financierización” de los problemas ambientales y la consecuente histeria internacional referente a la situación de la cuenca del Amazonas, los brasileños deben poner las barbas a remojar y reexaminar  las proféticas advertencias del ex ministro Jobim.

Una demostración ostensiva de que tales preocupaciones no son exageradas fue la afirmación del candidato del Partido demócrata a la presidencia estadounidense, Joe Biden, proferidas en el primer debate con el presidente Donald Trump, el 29 de septiembre:

“Los bosques tropicales de Brasil se están destruyendo. Más carbón es absorbido en aquellas selvas que el que produce Estados Unidos. Voy a garantizar que varios países se unan y digan (a Brasil): ‘Aquí están 20 mil millones de dólares. Dejen de destruir la selva y, si no lo hicieren, tendrán consecuencias económicas significativas´ (Valor Enonômico, 30/09/2020).

Como se sabe, Biden y su compañera de fórmula, la senadora Kamala Harris, están totalmente alineados con la visión neomalthusiana del “Gran reinicio” (Great Restart) propuesta por las élites económicas globales reunidas en el Foro Económico Mundial, en el que la temática ambiental será un elemento crucial.

Vale la pena recordar las palabras del general estadounidense Patrick Huges, entonces director de la  Defense Intelligence  Agency (DIA), en una conferencia en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), en 1998, en la que afirmó explícitamente que una de las hipótesis de conflicto del Pentágono para las décadas siguientes sería una intervención en la cuenca del Amazonas para evitar “daños ambientales” que amenazasen los intereses de Estados Unidos (O Globo, 15/04/1998).

En ese escenario reiteramos que Brasil no puede adoptar una posición defensiva de “apaciguamiento” ante una embestida internacional que mal consigue disfrazar su cuño colonialista, y para la cual los hechos reales sobre la situación ambiental brasileña valen incomparablemente menos que la narrativa catastrofista ya consolidada en el ámbito internacional por la estructura de poder mundial que domina el aparato ambientalista indigenista.

Así, es imperativo que el país ponga sus intereses de defensa en un ámbito mayor, donde cabría  una alianza con socios apropiados, como  los países que integran el grupo  BRICS.

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