El plan verde de Joe Biden

MSIa Informa, 28 de enero de 2020.- “Un grito por la supervivencia viene del mismo planeta, un grito que no puede ser ni más ni más claro”.

Con esas palabras en un tono dramático, proferidas en su discurso de toma de posesión, el presidente estadounidense Joe Biden resaltó la importancia que su gobierno le pretende dar al plan ambiental-climático. Entre las primeras órdenes ejecutivas firmadas el 20 de enero, él determinó el regreso de su país al Acuerdo climático de París, abandonado por su antecesor, Donald Trump.

En su campaña electoral, Biden ya había dejado claro que abrazaría el programa de “descarbonización” de la economía, inclusive en el ámbito de las relaciones exteriores de Estados Unidos. El “Plan Biden para la Revolución de Energía Limpia y Justicia Ambiental”, cuyo alcance se extiende a prácticamente todos los sectores de la economía y de la sociedad, converge con el sueño de consumo del ambientalismo global, el establecimiento de cuotas obligatorias de emisiones de carbono para cada país, con castigos pasibles para los transgresores.

El plan llega hasta a utilizar la expresión “delincuentes climáticos” para calificar a tales países, de tal modo que antes de establecer las cuotas, es cierto que naciones como China, Rusia, Brasil, México y otras estarán en la mira de los nuevos cruzados “verdes” instalados en la Casa Blanca.

La meta general del plan de Biden es poner a Estados Unidos en el camino de las “emisiones netas cero” para 2050, con una meta intermedia de “descarbonización” de la generación de electricidad en 2035. Se espera que, entre las metas para los proverbiales primeros 100 días de gobierno, estén listas varias directrices en ese sentido.

Como casi dos tercios de la electricidad generada en el país proviene de los combustibles fósiles (carbón mineral, petróleo y gas natural), no es necesario ser especialista en energía para darse cuenta de que la “descarbonización” que se pretende para la década siguiente es sencillamente inviable. El truco reside en el concepto de “emisiones netas cero”, que no implican la eliminación de esos combustibles, sino la “neutralización” de las emisiones provenientes de su uso por medio de mecanismos de compensación negociados libremente en los mercados, como créditos de carbono y otros, los que, en la práctica, representan tan sólo una transferencia del “derecho de contaminar”, según la lógica peculiar del ambientalismo.

En otra orden ejecutiva, Biden prohibió el permiso de construcción del oleoducto Keystone XL, obra de 1 900 kilómetros de extensión que transportaría 830 mil barriles de petróleo de la provincia canadiense de Alberta al estado de Nebraska, para unirse a un oleoducto existente, pero con otro trazado. El proyecto ha sido bombardeado desde hace años por el aparato ambientalista-indigenista, pero, en 2017, Trump había revocado la prohibición anterior determinada dos años antes por Barak Obama.

El entusiasmo del nuevo presidente con la causa “verde” es de tal monta que prometió que las cuestiones referentes al clima estarán presentes en los actos de su gobierno. “Ahora, cada agencia es una agencia climática”, afirma el eufórico Sam Ricketts, director de la organización no gubernamental Evergreen Action, quien asesoró al equipo de transición de Biden en cuestiones climáticas (Reuters, 19/01/2021).

Uno de los escuderos de Biden en la cruzada “verde” será el nuevo administrador de la Agencia de Protección Ambiental (EPA), Michael Reagan, quien hasta entonces encabezaba la agencia ambiental de Carolina del Norte y que tiene en su currículo un paso como vicepresidente para asuntos climáticos y energéticos del Environmental Defense Fund (EDF), una de las organizaciones no gubernamentales ambientalistas más influyentes de Estados Unidos.

En un mensaje en Twitter, el 18 de diciembre, luego del anuncio de su nominación, Reagan mostró sus credenciales: “El cambio climático es el desafío más significativo que enfrenta la humanidad. Nosotros seguiremos un significativo proceso juntos, escuchando todas la voces -la de nuestra juventud y la de las comunidades pobres, la de los científicos y la de nuestra fuerza de trabajo. Me sentiré honrado de ser parte de ese trabajo, como administrador de la EPA”.

Sin embargo, el campeón del clima del gobierno deberá de ser el exsenador y ex secretario de Estado John Kerry, nominado para el nuevo cargo de enviado presidencial especial para el clima, con un asiento inédito en el Consejo de Seguridad Nacional (CSN) -es decir, con acceso directo al presidente. De acuerdo con un comunicado del entonces equipo de transición de Biden, emitido inmediatamente después del nombramiento de Kerry, en noviembre: “Eso señala por primera vez que el CSN incluirá un funcionario dedicado al cambio climático, lo que refleja el compromiso del presidente electo para abordar el cambio climático como un asunto urgente de seguridad nacional (CNN, 24/11/2020)”.

En respuesta, Kerry señaló lo que deberá ser la orientación general de su trabajo, con una altiva agenda internacional para promover la “descarbonización”: “Señor presidente electo. Usted presentó un audaz plan climático transformador. Pero también resaltó que ningún país puede resolver el desafío sólo… Parra encerrar esa crisis (sic), el mundo entero deberá unirse. Usted está seguro de volver a (el acuerdo de) París el primer día, y está seguro de reconocer que París no es suficiente… En el encuentro global de Glasgow, de aquí a un año (la conferencia climática COP-26), todas las naciones deben elevar juntas sus ambiciones, o todos fracasaremos juntos. El fracaso no es una opción”.

Por otro lado, Kerry será un importante elemento de comunicación del gobierno Biden-Harris con el ambicioso programa del “Grand Reset” del Foro Económico Mundial (WEF), mejor conocido como Foro de Davós, esta vez realizado de forma virtual a causa de la pandemia del covid-19, entre el 25 y el 29 de enero, en el que Kerry representará al gobierno de Estados Unidos.

En un panel promovido por el WEF en noviembre, Kerry explicó el compromiso del futuro gobierno con la pretendida “reconfiguración” de la economía mundial: “Si, (el Grand Reset) ocurrirá. Creo que ocurrirá a una velocidad mayor y con una intensidad mayor que lo que mucha gente se imagina (The Hill, 03/12/2020)”.

Cómo se sabe, las élites “globalistas” de Davós pretenden usar la emergencia sanitaria creada por la pandemia del covid-19 para acelerar la aplicación del “Reset”, con la incorporación de pautas generadas por la supuesta emergencia climática en la política económica, para subordinar las actividades productivas en general, a criterios de “sustentabilidad” y “neutralidad de carbono”, los nuevos indicadores pretendidos para arbitrar las iniciativas y las normas para el progreso, principalmente de las economías emergentes.

Brasil, en especial, entre las economías emergentes, tendrá que maniobrar con gran cautela en ese nuevo ambiente de politización reforzada del programa ambiental-climático, pues hay que recordad que el mismo Biden, durante la campaña electoral, llegó a hacer una amenaza a Brasil que nos ahorra comentarios: “Los bosques tropicales de Brasil están siendo destruidos, Más carbono es absorbido por aquel bosque que el que emite Estados Unidos. Voy a garantizar que varios países se una y digan (a Brasil): ‘Aquí están 20 mil millones de dólares. Dejen de destruir la selva y, si no lo hicieran, se enfrentarán a consecuencias económicas significativas (Valor Económico, 30/09/2020)’”.

No es coincidencia que el aparato ambientalista-indigenista internacional ya haya comenzado a paladearse ante esa perspectiva, como se percibe en la nota divulgada por la organización no gubernamental estadounidense Amazon Watch, el mismo día de la toma de posesión de Biden:

“La decisión del gobierno Biden-Harris de que Estados Unidos regrese al Acuerdo de París es el primer paso alentador, rumbo al cumplimiento de sus compromisos de hacer frente a la crisis climática. Entre los muchos actos nacionales e internacionales urgentes para hacer frente con rapidez al cambio climático, una política de muchas facetas para proteger la selva ecuatorial del Amazonas debería ser una tarea urgente… Pedimos con vehemencia que el método se centre en la participación y en la protección de guardianes indígenas del bosque y defensores locales de derechos humanos, que enfrentan peligros mortales por el trabajo en beneficio de su ambiente local y del clima mundial (Amazon Watch, 20/01/2020)”.

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