El ministro Paulo Guedes, “las sobras” del neoliberalismo”

MSIa Informa, 25 de junio de 2021.-El ministro de Economía de Brasil, Paulo Guedes, comportándose como una especie de supremacista autóctono, parece tener la costumbre de perfeccionar, en manifestaciones públicas, una convicción darwinista social, en general cada vez más ultrajante.
En una selección de perlas ahí van estas: criticó a los pobres por “gastar” todo el dinero que reciben, rotuló a la burocracia estatal de “parásitos”, reclamó del aumento de viajes de las trabajadoras domésticas a Disneylandia, afirmó que el Estado “perdería dinero” ayudando a las pequeñas empresas en la pandemia y protestó porque el Estado no podría financiar un sistema público de salud donde “todo mundo quiere vivir 100 años”.
La más nueva, supera las anteriores, en incontinencia verbal, falta de sensibilidad y exime su responsabilidad ante la desastrosa situación socio económica del país. En una video conferencia con la Asociación Brasileña de Supermercados (Abras), el 17 de junio, cuyo tema era el combate al hambre en la pandemia, el ministro lanzó una posible, para él, fabulosa solución.
Al referirse a los malos hábitos alimenticios de la clase media brasileña afirmó: “El plato de la clase media europea, que enfrentó dos guerras mundiales, son platos relativamente pequeños. Y nosotros aquí, hacemos comidas donde a veces las sobras son enormes. Eso va hasta la punta, que es la comida de la clase media alta. Ahí ya hay excesos …. Necesitamos dar incentivos para que lo que se tira sea encaminado a los más necesitados”. (O Estado de São Paulo, 17 de junio de 2021).
Es innegable que el desperdicio de alimentos es un problema, no solamente em Brasil. En todo el mundo, se pierde en promedio cerca de un tercio de los alimentos producidos, debido a plagas, condiciones meteorológicas adversas, deficiencia en el transporte y en el almacenamiento y malos hábitos alimenticios. No obstante, tales alusiones en un debate público donde se trata de analizar y debatir políticas públicas para presentar soluciones a la secuela de pobreza que ha dejado la pandemia, -en el segundo país exportador mundial de alimentos- pone al descubierto el tipo de mentalidad colonizada que merodea a los paladines del neoliberalismo.
Frente a la enorme repercusión negativa, el ministro Guedes intentó justificarse, con un remiendo peor que lo rasgado. En una nota, aclaró que se refería “a ‘sobras limpias’, que significa, justamente, no los restos en el plato, sino ollas de alimentos preparados y no consumidos de arroz, frijoles, pollo, por ejemplo, que, en condiciones de higiene, temperatura y acondicionados, puedan mantener la cualidad del alimento”. (O Estado de São Paulo, 19 de junio de 2021).
No es por malos hábitos alimenticios que más de 125 millones de brasileños, un 60 por ciento de la población total, terminaron el 2020 sufriendo la inseguridad alimentar, sino por los niveles récord de desempleo y subempleo, que afecta a cerca de 45 millones de personas. Y el problema tiende a agravarse debido al alza interna de los precios de alimentos, en el momento que el país registra la mayor producción de alimentos de su historia.
El consejo de agregar las “sobras” alimenticias a una política gubernamental ni siquiera es un lapsus freudiano, ya que el ministro de Economía nunca escondió su profundo desprecio por todos los que se encuentran por debajo de su nivel social.
Hablando rigurosamente, el ministro intocable del gobierno del presidente Jair Bolsonaro, simboliza una “sobra sucia”, el modelo neoliberal, descartado hasta en el país donde lo aprendió, Estados Unidos, cuyo presidente, Joe Biden acaba de proponer enfrentar el periodo pandémico con un paquete de dos billones de dólares de inversiones públicas, una iniciativa que debe causar urticaria entre los neoliberales de estos rumbos.
Recordando en corto, ningún país donde se aplicó el “choque liberal” (que el ministro Guedes y otros prefieren denominar “social-liberal”) produjo los resultados prometidos -mayor eficiencia económica y prosperidad y costes menores para productores y consumidores. Al contrario, sus principales resultados fueron la concentración de renta, un aumento de la pobreza y de los costes productivos y sociales- esto es lo que se observa en el otro país de modelo del ministro, Chile, hoy sumergido en convulsiones sociales cuya raíz se remonta a casi medio siglo de experimentos neoliberales.
Para no hablar de la corrupción endémica que pulula en los grandes negocios favorecidos en la ola de privatizaciones de las empresas estatales, marca registrada de la fiebre neoliberal y de la globalización financiera, a partir de la década de los 1980s. El ministro Guedes, a diferencia de otras naciones del continente, está determinado a concluir el trabajo iniciado en aquella década tan destructiva, apurando las maniobras para privatizar la gigante estatal eléctrica brasileña, Eletrobras.
En este sentido, un país representativo es México, donde el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) se empeña en deshacer algunos de los daños heredados de las reformas neoliberales iniciadas en el gobierno del presidente Miguel de la Madrid (1982-1988), mantenidas por sus sucesores. El actual gobierno ha dado atención especial al sector energético, recuperando el papel del Estado en la industria petrolera y en la generación de energía.
En este sector, además se propone revisar los contratos leoninos que condicionaban la ampliación de la oferta de electricidad a los intereses privados, la garantía fue construir plantas termoeléctricas alimentadas a gas natural importado de Estados Unidos; para avalar la remuneración de sus operadoras algunas plantas hidroeléctricas eran contractualmente obligadas a permanecer inactivas (un modelo cuyas graves deficiencias fueron evidenciadas ampliamente por la ola de frío que azotó a Texas y paralizó el abastecimiento de gas a México, el pasado febrero).
De la misma manera, invierte en la ampliación de la red ferroviaria, entre otros, con el Tren Maya, ferrovía de 1.500 kilómetros en la Península de Yucatán, y el corredor transoceánico en el Istmo de Tehuantepec, los mayores proyectos de infraestructura del país en décadas.
Hasta aquí, vale anotar que la “rebelión” antiliberal del presidente de México no desató ninguna fuga de las inversiones extranjeras directas, las cuales se mantienen una banda entre 30-35 mil millones de dólares anuales desde 2014, con una caída para 29 mil millones de dólares en 2020, por la pandemia. En ese momento, Brasil tuvo 24.8 mil millones de dólares, cayendo un 60 por ciento con relación a 2019.
En Brasil, una de las consecuencias nefastas del neoliberalismo en el sector eléctrico fue que, de una de las menores tarifas de electricidad, el país pasó a tener la segunda más alta del mundo, de acuerdo con datos de la Agencia Internacional de Energía; de un sistema de base hidroeléctrica que podía soportar hasta dos años de estiaje, las costosas termoeléctricas responden por cerca de un cuarto de la generación, mientras los reservatorios de las hidroeléctricas son cada vez más vulnerables al estiaje, como el de este año.
Es una realidad, que, en toda Iberoamérica, los operadores neoliberales, no han pasado de ser facilitadores de la entrega del patrimonio del Estado y de la desreglamentación de la economía, favoreciendo a los grandes fondos financieros, los verdaderos beneficiarios de la globalización. Lejos de pensar en la economía real, un proyecto de largo plazo y la única garantía para hacer posible el bien común, se mueven tras las ganancias.

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