El G-20 y el riesgo de desequilibrios financieros

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Los análisis y las propuestas que han caracterizado todas las cumbres del G-20, incluyendo la reciente reunión de los ministros de finanzas y presidentes de bancos centrales, en Estambul, han sido distorsionadas por la presunta centralidad de las llamadas “cuentas corrientes”. En resumen, el mundo está dividido en países con excedentes comerciales y países con déficits comerciales. Los primeros, en automático, se vuelven creadores en relación a los últimos.

El G-20 considera estos “desequilibrios globales” como el origen de las grandes crisis pasadas y recientes. En sus comunicados finales, con frecuencia, los desequilibrios en cuenta corriente son considerados como sinónimos de desequilibrios globales.

Naturalmente, no se trata de una mera cuestión de terminología, sino de políticas económicas y monetarias efectivas. Al hacer esto, antes que nada, se subestiman los “desequilibrios financieros”, cada vez más y más peligrosos y destructivos.  

Consecuentemente, el remedio y retorno a un estado de equilibrio se obtendría, simplemente, presionando a los países superavitarios a revalorizar sus monedas y aumentar su consumo interno, poniendo en movimiento políticas que buscan “mantener competitivas” algunas monedas, principalmente, el dólar estadounidense.

La evaluación de las cuentas corrientes es una perspectiva que se basa en relaciones comerciales bilaterales, pasando por encima del importante hecho del dominio actual de un sistema financiero globalizado, independiente y desobediente, así como evasivo ante todo y cualquier control por parte de los Estados nacionales.

No se considera el papel desempeñado por un determinado país en los mercados internacionales de préstamos, comercio e intermediación financiera. En la práctica, por ende, se intenta justificar las políticas monetarias de “flexibilización” de la Reserva Federal estadounidense y sus efectos desestabilizadores sobre las monedas y economías en el resto del mundo.

La incorrecta centralidad achacada a las cuentas corrientes es el resultado de una idea distorsionada del ahorro y el financiamiento. El ahorro es un recurso producido y no consumido, y debe ser, lógicamente, planeado para financiar inversiones productivas de un determinado país Por desgracia, muchas veces, semejantes financiamientos están orientados hacia actividades especulativas, en vez de proporcionar flujos de caja y capacidad de acceso a la liquidez, inclusive por medio de préstamos.

Bajo esta óptica, los bancos crean y emite títulos, independientemente del volumen de sus depósitos.

Esta no es una distinción trivial, considerando que los grandes bancos y otras instituciones financieras son capaces de crear liquidez y crédito en cantidad y calidad casi ilimitadas. La mejor evidencia de esto es la creación continua de derivados financieros, que en versión “de ventanilla” (u OTC, de over-the-counter), son mantenidos fuera de los balances. A pesar de esto, algunos de ellos, con las debidas etiquetas de garantía “triple A” proporcionadas por las notorias agencias de clasificación de riesgo, son extrañamente adquiridos por grandes bancos como garantías para la obtención de préstamos de la “Fed” del Banco Central Europeo (BCE).

Así, las deudas de un país no están basadas en el ahorro del otro, sino, en gran medida, por decisiones de portafolio de los grandes operadores financieros internacionales. Y aquí, también entra en cuestión el riesgo del crédito como una cuestión no necesariamente ligada a situación de cuentas corrientes.

Aunque no sea tarea fácil, la comprensión del problema implica una necesidad de trabajar por un acuerdo en el ámbito del G-20 para la introducción de reglas claras y rigurosas para los grandes bancos “muy grandes para quebrar”, para el sistema bancario “sombra” y para toda la finanza globalizada que inunda el sistema con productos financieros de calidad más que dudosa.

Si no se pone la debida atención en los desequilibrios financieros, algunos países mantendrán la prerrogativa de generar “excesos de flexibilidad financiera” –una manera extravagante de describir la creación de liquidez y préstamos en áreas de riesgo. Así ocurrió en el sector inmobiliario de los EUA, con las notorias hipotecas subprime, cuyo estallido fue el detonador de la gran crisis de 2007-2009. Por desgracia, semejantes prácticas se mantuvieron en medio la crisis y después de ella, con las tremendas inyecciones de liquidez proporcionadas por la “facilitación cuantitativa” del Tesoro estadounidense, inclusive, fuera de los propios EUA. En realidad, en los últimos años, los créditos en dólares a no residentes en el país crecieron a una tasa más elevada que la del crédito interno.

Para aquellos, que, como nosotros muchas veces solitariamente, han destacado los peligros de las burbujas financieras y de las finanzas sin control, no deja de ser un aliento el hecho de que el Banco de Compensaciones Internacionales (BIS), representado por el director de su Departamento Económico y Monetario, Claudio Borio, haya llegado a las mismas conclusiones, pidiendo que el G-20 enfrente el riesgo sistémico planteado por los desequilibrios financieros y la excesiva liquidez global.

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