El fantasma del presidente, general brasileño Ernesto Geisel recorre Washington

MSIa Informa, 16 de julio de 2021.- El discurso del presidente de Brasil, Jair Bolsonaro en el Foro Económico Internacional de San Petersburgo el 4 del pasado junio, accionó una sonora señal de alerta roja en los círculos de poder de Washington, por el peligro de un acercamiento con la Federación Rusa de Vladimir Putin. En la ocasión, después de agradecer la invitación del presidente ruso, Bolsonaro calificó al Foro de San Peterburgo como “una caja de resonancia del nuevo paisaje político geopolítico y geoeconómico en construcción en Asia, región decisiva y de creciente importancia, en el epicentro de las grandes transformaciones del mundo de hoy”.

Además, planteó las posibilidades de un estrechamiento de las relaciones económicas y tecnológicas entre los dos países: “El comercio entre Brasil y Rusia puede y debe incorporar el alto grado de desarrollo de nuestras economías, de modo de abracar productos de mayor valor agregado en proporciones crecientes. (…) Sigamos trabajando juntos para desarrollar una asociación tecnológica entre nuestros países y expandir los nexos en las áreas de defensa, espaciales, energía y salud. Brasil está abierto a nuevas oportunidades de cooperación en alta tecnología, a ejemplo de nanotecnología y materiales avanzados, de inteligencia artificial y de biotecnología (énfasis nuestro).”

Un hasta cierto punto sorprendente cambio diplomático se dio en medio de las presiones estadounidenses con miras a forzar cambios drásticos en la política ambiental brasileña, evidenciadas con la ofensiva “lawfare”, guerra legal lanzada contra el entonces ministro de Medio Ambiente, Ricardo Salles, y altos funcionarios del sector, promovida por la embajada de EUA en Brasil; más las operaciones Handroanthus y Akuanduba de la Policía Federal. Ambas, con fuerte influencia de la diplomacia de Washington, fueron autorizadas monocráticamente por el ministro del Supremo Tribunal Federal (STF), Alexandre de Morães, episodio negro que tuvo como resultando la renuncia del ministro Salles.

La inusitada presencia de un mandatario brasileño en el Foro de San Petersburgo, ciertamente, recordó en ciertas oficinas de Washington la dimensión del peso estratégico del país, particularmente, en un momento de inestabilidad general en América del Sur.

En este contexto, presionar a Brasil con la agenda ambiental, en especial, en la sensible región amazónica, en asociación con naciones europeas cada vez más más agresiva en este métier, equivale a jugar con fuego contra el sentimiento nacionalista brasileño, especialmente, en lo tocante al estrato militar, fuertemente presente en el actual gobierno.

Sin duda, el fantasma del presidente, general Ernesto Geisel (1974-79) ha visitado aquellos gabinetes y oficinas de la capital estadounidense, recordando que, en su gobierno, Brasil rompió un acuerdo militar, con los EUA, en respuesta a las impertinentes ingerencias del presidente Jimmy Carter (1977-1981) en la política interna brasileña, bajo la bandera de la “defensa de los derechos humanos”. Y sin dejar de lado el hecho de que la actual importancia estratégica global de EUA es muy inferior a la de la época.

Vale la pena recordar que esta no fue la única acción del presidente Geisel para reafirmar la tradicional política exterior brasileña. También reanudó las relaciones diplomáticas con China, un rápido reconocimiento de la independencia de las antiguas colonias africanas portuguesas y el crucial acuerdo nuclear con Alemania causa de violentos ataques de urticaria en Washington.

Quizá no haya sido coincidencia que, pocos días después del discurso de Bolsonaro, el embajador estadounidense Todd Chapman anunciara su retiro por “razones personales positivas”, a pesar de la cercanía que mantiene con la familia presidencial. Otro importante evento ocurrió el 15 de junio, con el anuncio de la adhesión de Brasil al Acuerdo Artemis. Misión espacial coordinada por la Agencia nacional de Aeronáutica y Espacial (NASA) estadounidense, para futuras misiones a la Luna. En la oportunidad, el administrador de la NASA, Bill Nelson, envió a Bolsonaro un elogioso mensaje en video, afirmando que la decisión de “juntar a la comunidad de naciones comprometida con la exploración del espacio de manera pacífica, segura y transparente, demuestra el liderato de Brasil en el escenario internacional –un tono bastante diferente a las agresivas declaraciones anteriores de funcionarios estadounidenses en los últimos meses.

Entre paréntesis, será necesario más que una adhesión al programa de la NASA para sacar el programa espacial brasileño del estancamiento en que se encuentra desde hace décadas –y no por falta de recursos humanos y capacitación técnica, sino de comprensión sobre su relevancia estratégica y, por consiguiente, prioritaria.

Sin embargo, la evidencia más relevante de la aprehensión del gobierno de Joe Biden con Brasil fue la sorprendente visita relámpago del director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), William J. Burns, en una evidente misión de “control de daños” que, difícilmente sería conferida al jefe de una agencia de inteligencia. Por esto, su alto perfil de divulgación solamente responde a una preocupación diplomática por la postura que Brasil puede adoptar en un escenario internacional altamente mutante y volátil.

Las lecciones para Brasil en este entrevero diplomático son absolutamente claras. El país no puede creerse la visión de que los EUA sean los garantes de la estabilidad estratégica global o los “salvadores de la civilización cristiana occidental”, idea que motivó un reciente alineamiento automático con Washington, en el marco de una hipotética y equivocada prolongación de la Guerra fría. Evidentemente, esto no implica oscilar diplomáticamente de una región a otra.

Brasil no puede alinearse a ninguna bandera o cualquier interés que no sean los suyos, siempre que estos no atropellen a los de otras naciones. El país tiene que salir de su hibernación diplomática y recobrar su destino de grandeza, superando la pérdida de autoestima que lo caracteriza desde hace algún tiempo, para participar positivamente en la reconstrucción en curso del orden mundial, en el marco de la construcción de un mundo de cooperación pacífica y no hegemónica. Solamente así podrá preservar su propia soberanía.

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