El “espíritu de Bandung” en el mundo post hegemónico

MSIa Informa, 18 de diciembre de 2020.-El resultado de las elecciones presidenciales estadounidenses y las crecientes presiones del aparato ambientalista-indigenista internacional, incluso con amenazas militares veladas, obligan a Brasil a repensar con apremio las líneas principales de su política exterior. El espejismo ideológico que convirtió al presidente Donald Trump en un “Moisés pos-moderno” capaz de salvar la civilización judeocristiana quedó relegado al anecdotario político o a la sátira periodística.

Por otro lado, parte del establishment del ministerio de Relaciones Exteriores del país (Itamaraty) vislumbra un golpe de timón para acomodarse a los planes del nuevo ocupante de la Casa Blanca, ante todo a su programa ambientalista e identitario. Ambas tendencias, una neo conservadora y pragmática-liberal la otra, tienen en común el alineamiento, de una forma u otra, a la política de Estados Unidos, como si la dinámica mundial se mantuviese entrelazada al hegemonismo estadounidense.

Como ya hemos escrito, el dilema de las recientes elecciones presidenciales del coloso del Norte implicaba, en los siguientes cuatro años, caminos diferentes de la transición de Estados Unidos de potencia hegemónica a un orden multilateral de cooperación. Esta realidad se muestra, tanto en el ascenso de China a la categoría de mayor potencia económica mundial, como en la reaparición de Rusia como potencia tecnológica y militar, la que el Kremlin está usando diplomáticamente como garante de los procesos de paz cruciales en Medio Oriente y en el Cáucaso.

La política belicista del “Nuevo orden mundial”, con sus guerras interminables en Irak, en Afganistán, en Libia y en los Balcanes, dejó de ser útil para mantener un orden hegemónico. Tanto la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) como los sectores más agresivos del Pentágono buscan ahora nuevas misiones para mantener los colosales presupuestos que nutren al “Complejo de Seguridad Nacional” con sede en Washington. Si partimos de lo dicho por el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, el plan ambiental parece ser una de las justificaciones para las intervenciones “extra juridiccionales”, fuera de su misión original de pacto militar de defensa europea.

Para Brasil, ante tal cuadro, es un requisito fundamental el retorno a la política exterior independiente practicada antes de la llegada de la Nueva república y de sus juegos pragmáticos con el “Nuevo Orden Mundial”, como son, entre otros, la adhesión al Tratado de no proliferación de armas nucleares y al Régimen de control de misiles, además de la sumisión acrítica al plan ambiental que prevalece desde finales de los años ochentas.

Aquí se encuentra un elemento crucial: el acercamiento con países que sufren problemas similares a los de Brasil en el renglón del ambiente, en particular. Algunos de África, de Asia y de América Latina serían candidatos para este acercamiento -recuérdese que los representantes de varios de ellos recibieron positivamente el discurso del presidente Jair Bolsonaro en la septuagésima cuarta Asamblea general de las Naciones Unidas.

De la misma forma, Brasil tiene que retomar la integración física y económica de América del Sur, factor fundamental para que el subcontinente se presente con una masa crítica capaz de inserirse de forma protagónica y no subalterna en la reconfiguración geoestratégica y geoeconómica encabezada por China y por Rusia, que está convirtiendo el eje euroasiático en un nuevo centro de gravedad mundial. A pesar de la retórica, el impulso integracionista nunca fue más allá de las cartas de buenas intenciones y, que por las dimensiones espaciales y económicas, su liderato le corresponde a Brasil.

Los caminos hacia una nueva época

En otras palabras, no estaría mal que la diplomacia brasileña y los demás sectores de la sociedad con interés en la política exterior se inspirasen en el “espíritu de Bandung”, en lo que toca a la determinación de no enredarse en las estructuras hegemónicas y buscar, en cambio, la cooperación con países afines.

La Conferencia de Bandung, realizada en 1955 en esa ciudad de Indonesia, fue un marco en las relaciones internacionales de la post guerra para señalar la determinación de un grupo de países de no limitar sus opciones de progreso y de relaciones políticas y económicas al campo bipolar determinado por la Guerra fría. Era un momento en el que la descolonización campeaba en África, en Asia, de forma paralela con la reconstrucción socioeconómica y política europea en la primera década después de la Segunda guerra mundial, cuyo ímpetu señalaba las posibilidades ofrecidas por la industrialización, los avances del conocimiento y normas dirigidas a la promoción del desarrollo.

Era significativo, sin embargo, que a los dos lados de la Cortina de hierro, las potencias líderes y sus principales socios rechazaran aflojar las riendas de su dominio sobre numerosos países que aspiraban asumir el dominio de sus propios destinos.

Fue en ese ambiente donde el presidente indonesio Sukarno y el primer ministro indio Jawaharlal Nehru, líderes de los dos grandes países recién liberados del colonialismo europeo, organizaron la conferencia para señalar la posición contra todas las formas de colonialismo y para promover las relaciones entre las antiguas colonias, en particular, y entre los países subdesarrollados, en general. Surgió allí el embrión del futuro Movimiento de los Países No Alineados, fundado seis años después, que más tarde, desempeño un papel relevante ante la bipolaridad Este-Oeste. Brasil participó en la conferencia en calidad de observador, condición que Estados Unidos no quiso ejercer, para no incomodar a las potencias coloniales europeas, sus aliadas en la OTAN.

Hoy se requiere revivir ese “espíritu de Bandung”, para demostrar al mundo que causas justas como la protección del ambiente, de las poblaciones indígenas o los derechos de las minorías se están utilizando como nuevas formas de colonialismo y de limitación de la soberanía de los estados nacionales dictando la utilización de sus propios recursos naturales y la determinación de sus normas de progreso.

En resumen, es necesaria una política exterior inspirada en la tradición de nombres como San Tiago Dantas, Araújo Castro, Azeredo da Silveira, Saraiva Guerreiro y otros, que se guiaban con la clara noción de que Brasil no cabía en ningún proyecto hegemónico. Es decir, es hora de cambios, los que cada día resultan inaplazables.

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