El dilema de Bielorrusia

MSIa Informa, 11 de septiembre de 2020.-Desde las elecciones presidenciales del 9 de agosto, no pasa un día en Bielorrusia sin que ocurran protestas en todo el país. La oposición, dirigida por Svetlana Tijanóvskaya y María Kolesnikova, consideró fraudulenta la victoria del presidente Aleksandr Lukashenko, y exige la realización de nuevas elecciones y que abandone el cargo. Los políticos occidentales, al unísono, en particular los cancilleres de la Unión Europea (UE), descalificaron los resultados oficiales, pidieron nuevas elecciones y anunciaron la imposición de sanciones contra integrantes del gobierno bielorruso. El gobierno de Estados Unidos se unió al coro.

Sin embargo, Occidente enfrenta un dilema. Existe el peligro de que la élite occidental, de nuevo, como en Ucrania, actúe de acuerdo con malos reflejos, con lo que arruinaría un proceso político que, de conducirse con cuidado por todas las partes, puede ser benéfico para la población bielorrusa y para Rusia, que desde 1997 está comprometida en una especie de “unión” con Bielorrusia. Occidente no debe interferir, como lo hizo en Ucrania, sino, dijo la canciller alemana, Angela Merkel, con el presidente Ruso, Vladímir Putin, que “Bielorrusia debe ser capaz de determinar su propio camino”. Occidente debe hacer esfuerzos para resolver el conflicto de forma pacífica y constructiva.

Opciones rusas

En una entrevista en el Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ) aparecida el 29 de agosto, una de las líderes del “Consejo de Coordinación” de Bielorrusia, María Kolesnikova, subrayó la necesidad del diálogo en el país y destacó que “entendemos que somos la mayoría, que somos fuertes y no quiero vivir más en un estado policial”. Kolesnikova fue bastante crítica a la intervención de la UE, que instó al “Consejo de Coordinación” a ser activo en la distribución de 53 millones de euros dados a Bielorrusia por el bloque europeo. Según ella, ese acto “perjudicó significativamente a la oposición”, ya que para Lukashenko esto fue visto como una señal de que la UE estaba intentando influenciar la situación desde el exterior e interferir en los asuntos internos de Bielorrusia. El acto fue, dijo, contraproducente, pues “nunca pedimos dinero, repetíamos que nosotros podíamos lidiar por nuestra cuenta con nuestros problemas”. Si hubiese una oportunidad de diálogo en Bielorrusia, “la UE junto con Rusia podrían intervenir como mediadores. Ambos tienen interés en que Bielorrusia funciones normalmente. Eso nos ayudaría”.

Kolesnikova resaltó, como representante de la mayoría, que su grupo está convencido de que “debemos mantener relaciones pragmáticas con Rusia. El país es nuestro socio más importante. Nadie pretende cambiar esas relaciones. Existe, sí, la idea de darles una forma más amigable. Lukashenko no sería capaz de profundizarlas. Queremos conservar y desarrollar esas relaciones para el beneficio mutuo de ambos lados”.

El dilema de Occidente

Visto esto, vale la pena estudiar algunos debates sostenidos en el ámbito de los especialistas occidentales en asuntos rusos, en particular de Alemania. Uno de ellos es el profesor Eberhard Schneider, miembro del Foro Alemán-Ruso y del Instituto Occidente-Oriente de Berlín, que, el 25 de agosto, publicó en el sitio de internet Russland-kontrovers un comentario titulado “Las opciones de Putin en Bielorrusia” [1] donde afirma que, a pesar de la “unión ruso-bielorrusa”, él, personalmente, está muy en desacuerdo con Lukashenko.

Hay un intenso entrelazamiento de Bielorrusia y Rusia en los campos económico, militar y energético (existen unas 2 mil empresas bielorrusas de capital ruso). En el aspecto militar, Rusia vigila el espacio aéreo bielorruso y ambas fuerzas aéreas tienen un alto mando conjunto. Hay dos bases militares rusas en el país: un radar de alerta temprana de ataques de misiles y una estación de comunicación naval, cuyo contrato de arrendamiento termina el 2021 y tendrá que renegociarse. En su artículo, Schneider se refiere en particular a un artículo aparecido en el sitio Moskow News del 20 de agosto, firmado por Dimitri Trenin, director de la Fundación Carnegie Moscú, sobre las opciones de Putin. Para él el régimen de Lukashenko “definitivamente perdió el país y su legitimidad está perdida para siempre”. Aunque no creía en la posibilidad de una “revolución de color” como la ocurrida en Ucrania, Trenin subraya que, a pesar de que el Kremlin está “harto de Lukashentko”, por otra parte, “no permitirá que Bielorrusia tome el camino de Ucrania y se convierta en otro baluarte contra Rusia dirigido por la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), situado en su frontera cerca de Moscú”. Y el Kremlin tampoco puede tolerar una rebelión que pudiera desembocar en un baño de sangre. Así que, según Trenin, las opciones de Putin son las siguientes:

–La intervención rusa en Bielorrusia para desestabilizar a su aliado se considera improbable, dadas sus inevitables consecuencias catastróficas, “debe evitarse a toda costa”.

–No hacer nada tampoco es una opción, pues trae el riesgo de que el “cambio pueda llevar a un baño de sangre y obligar a Moscú a ejercer la primera opción (intervención militar)”.

–Lukashenko podría esperar un apoyo más cercano; “esta opción sería contraproducente, pues convertiría a Rusia en cómplice de un régimen condenado y crearía odio contra Rusia”.

–La cuarta opción, observa Trenin, sería ver más allá de Lukashenko y “administrar una transición política del país, convenciendo a Lukashenko de que, en las condiciones presentes, el exilio dorado sería la opción menos mala para él, al mismo tiempo que involucraría a personalidades de la vida pública bielorrusa y abriría el camino a nuevas elecciones, en un determinado momento.

Esto también implicaría que los bielorrusos serían informados de las relaciones bilaterales, entre ellas la naturaleza de la unión y los puntos de referencia futuros de las relaciones económicas y de seguridad bilaterales. De acuerdo con Trenin, vale la pene echarle un vistazo a “la transición de poder pacífica” ocurrida en Armenia en 2018, en la que Moscú no intervino. El nuevo presidente armenio, NikolPaschinjan, mantuvo relaciones estrechas con Rusia, sin las cuales Armenia no hubiese podido resistir la presión del vecino Azerbaiyán, en torno del enclave armenio de Nagorno-Karabaj. Por otro lado, debe tener en cuenta las diferencias geográficas entre Armenia y Bielorrusia.

Intervenir o no intervenir, esa es la cuestión

Otro análisis acreditado fue hecho por el Dr. Hannes Adomeit, un destacado especialista en temas rusos y ex director del Programa para Rusia y el Este europeo de la escuela de Derecho y Diplomacia Fletcher.  En un artículo titulado “Intervenir o no intervenir, esa es la cuestión”, en la revista holandesa Raamop Rusland-Adomeit,  él sostiene:

“Es improbable que Rusia tan sólo espere y esté de acuerdo con un nuevo gobierno, como hizo en Armenia. Entonces Moscú puede buscar un Yaruselski, que encabezó una intervención interna en el país para reprimir el Sindicato Solidaridad de Lech Walesa (en 1981 n. de e.) o recurrir a una intervención híbrida. La actitud de Occidente casi no tiene impacto, pues el comportamiento ruso será determinado por las consideraciones internas”.

Para él, las relaciones entre Putin y Lukashenko “siempre fueron tensas”, pues Lukashenko frustró a Moscú por mucho tiempo. De la misma forma, observa que el secretario de prensa de Putin, Dmitri Peskov, aconsejó contra la simplificación de Lukashenko e igualarlo a todas las fuerzas pro rusas del país, lo que implica claramente que hay otros líderes en potencia que podrían ocupar su lugar.

Las protestas contra Lukashenko, para Adomeit, “no son sólo contra Rusia”, pues “las investigaciones muestran que 70 por ciento de los entrevistados están satisfechos con las relaciones entre Rusia y Bielorrusia, tan sólo el 5 por ciento piensan de forma diferente. En otra investigación, 90 por ciento de los bielorruso querían algún tipo de relación amigable  con Rusia (10 por ciento preferían una relación más neutral; tan sólo 0.2 por ciento querían relaciones hostiles). Este hecho contrasta con la Revolución naranja de Ucrania de 2004 y con el levantamiento del Euromaidan de 2014, que partió de un sentimiento nacionalista.

Añade que Bielorrusia es una “sociedad disciplinada y ordenada, con una población sumamente educada. Suprimir por la fuerza manifestaciones tan grandes no parecer ser una opción. Lukashenko intentó la represión, pero esto eso sólo generó más manifestaciones”.

“Una fuerza de ocupación a gran escala puede ser necesaria por parte de Rusia para suprimir la disidencia. Los líderes de las fuerzas militares y de seguridad interna rusas no tienen la certeza de que sus contrapartes bielorrusas los apoyarían”, afirma Adomeit. La intervención significaría que Rusia sería dueña del problema bielorruso. En lugar de alcanzar su objetivo de poner fin a los subsidios perenes de la economía bielorrusa, tendría que inyectar recursos en la estabilización de las condiciones políticas y económicas.

Dada la alienación y de la erosión de la imagen de Putin en Rusia, incluso en una Alemania amistosa, “el costo de la intervención, como se vería en Occidente, podría ser grave, sobrepasando, por mucho el régimen de sanciones impuesto a Rusia por la Unión Europea”.

Existe, no obstante, una serie de factores en los cálculos de Putin y de la élite del poder ruso que pueden inclinar la balanza hacia una intervención, incluso con fuerza militar. Adomeit se refiere a una declaración del canciller Serguéi Lavrov del 19 de agosto en una entrevista al Canal 1 de la televisión Rusa, en la que expresó que estaba “preocupado por el intento de usar las dificultades internas que Bielorrusia, su liderato y su pueblo están enfrentando, para interferir en esos acontecimientos –incluso las sanciones que los factores externos consideran ventajosos para ellos mismos. (…) Nadie esconde que estamos hablando de geopolítica, de una lucha por el espacio post soviético. Lavrov reiteró que las fuerzas de la OTAN se están moviendo rumbo a las fronteras rusas y que la ruta es seguir el camino de las revoluciones de colores.

Luego de las conversaciones con Putin de mediados de agosto, “Lukashenko debió usar, con toda probabilidad, el mismo argumento de la amenaza externa y de la interferencia directa de los países de la OTAN para convencer a Moscú de la necesidad de brindarle un fuerte apoyo”. Según la agencia TASS, Moscú confirmó su disponibilidad de proporcionar la ayuda necesaria, según los principios del Tratado sobre la creación de la Unión y también, de ser necesario, en el ámbito de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC).

El argumento de la necesidad política y de las obligaciones del tratado de ayudar a un aliado a neutralizar la supuesta intervención militar, o la amenaza de ella, por parte de los países de la OTAN –como Adomeit afirma ambiguamente- es “tan sólo la repetición de las justificaciones dadas por el liderato soviético en 1956 en Hungría y en Checoslovaquia en 1968”. En 2014, ante la “revolución de la plaza Maidan”, Putin estaba igualmente consciente del hecho mismo de que los cambios internos moldearan la política exterior y del peligro de “transbordar” para la autodeclarada esfera de influencia de Moscú. Sin duda alguna, dice Adomeit, él estaría igualmente consciente hoy de ello, en vista de la erosión del poder “estilo Putin” en Bielorrusia. En su opinión, el conflicto entre Rusia y Occidente, como en la era soviética, volvió a asumir una “cualidad sistémica o ideológica”.

Adomeit hace una referencia explícita al ejemplo de Polonia en 1980-1981, lo que es instructivo cuando vemos el dilema que enfrenta Moscú en Bielorrusia. El dilema sobre la intervención soviética en Polonia “se resolvió con lo que luego se habría de conocer como “intervención interna”, la imposición de la ley marcial por el ministro de la Defensa polaco, el general WoiciechYaruselski.

Este puede ser un patrón que a Putin le gustaría seguir”, aventura Adomeit. “Un Yaruselski bielorruso, sin embargo, no está todavía a la vista. En ausencia de un líder emergente para hacer el trabajo sucio, Moscú, probablemente, encontrará la forma de mantener el dominio y evitar el desmantelamiento de las estructuras de poder bielorrusas”. No obstante, la intervención sin el uso de la fuerza militar está en marcha.

Adomeit concluye mirando hacia Europa, la que, como Rusia, enfrenta también un “dilema”. Pero, a diferencia del Kremlin, está vinculado a los principios consagrados en la Carta de París para una Nueva Europa de 1990, el Consejo de Europa y la Organización para la Seguridad y la Cooperación Europea (OSCE): Los europeos no pueden quedar indiferentes y observar con interés benigno lo que está aconteciendo en el país. Adomeit califica el dilema europeo de “impotencia para influenciar los acontecimientos” y finaliza: “Lo que determina la toma de decisiones en Moscú no es tanto el ‘factor externo’, sino las consideraciones políticas internas, en particular, el probable efecto de los acontecimientos internacionales –sobre todo en los países vecinos- sobre las estructuras de poder en Rusia”.

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