El corona virus y la peste de la usura

MSIa Informa, 3 de abril de 2020.-“La peste, arrojada sobre los hombres por justa cólera divina y para nuestra ejemplificación, tuvo su origen en las regiones orientales.  Incansable, fue de un lugar a otro y se extendió de forma miserable a occidente (…) Ninguna providencia fue valida, como no valió la pena ninguna providencia del hombre.

“Entre tanta aflicción y tanta miseria de nuestra ciudad, la autoridad de las leyes, ya divinas, ya humanas, se desmorono y se disolvió.  Ministros y ejecutores de las leyes, al igual que cualquier hombre, todos estaban muertos, o enfermos, o habían perdido sus familiares y así no podían ejercer ninguna función.  En consecuencia de tal situación se permitía a todos hacer aquello que mejor les satisficiere.

“Para dar sepultura a grandes cantidades de cuerpos, ya no era suficiente la tierra sagrada junto a las iglesias; se construyeron entonces iglesias en los cementerios, se ponían en esas iglesias, por centenas, los cadáveres que iban llegando; se les apilaba como las mercaderías en los navíos.”

No podían ser más actuales las palabras del gran escritor italiano Giovanni Boccaccio en el Decameron (1353), para describir la extensión de la Peste negra, que, a mediados del siglo XIV, eliminó a casi la mitad de la población europea, directamente, por los efectos de la pandemia, e, indirectamente, a consecuencia de la descomposición socioeconómica derivada de ella, en condiciones de debilidad social, en los estertores de un sistema feudal dominado por un régimen bancario usurero.

No son muy diferentes las condiciones de la humanidad en la actual erupción de la pandemia desencadenada por el coronavirus Sars-CoV-2, no solamente por el potencial de mortalidad, sino también, y sobre todo, por las condiciones impuestas por la “globalización financiera” a la economía mundial en las últimas décadas.  Hace medio siglo sería imposible imaginar, por ejemplo, que Estados Unidos no dispondría de la capacidad para producir sus propios equipos de salud pública, ni tenerlos en inventario, por ser más conveniente financieramente mandarlos a producir en el extranjero («outsourcing»).  O que Washington pretendiese, vergonzosamente, otorgar visas de entrada a médicos y enfermeros extranjeros, con el fin de ayudar a combatir la pandemia en Estados Unidos, como si no fuesen necesarios en sus propios países y estuviesen sujetos tan solo al mismo principio de la mercantilización de las actividades humanas, la raíz del presente atolladero civilizatorio, sobre el cual se precipito el Covid19.

Lo que podríamos calificar de “Salud just in time” (otro precepto de la globalización), muestra que el móvil del sistema de salud estadounidense no fue la protección de la ciudadanía, sino los negocios que gravitan a su alrededor.

Los cerca de 8 billones de dólares que los países del G-20 pretenden inyectar en la economía corren el riesgo de, en gran medida, ser arrojados al agujero negro del hiperapalancado e hiperespeculativo sistema financiero mundial, así como ocurrió en la crisis de 2008.

Si, absolutamente, la economía física y los empleos deben conservarse, pero ante todo es un momento, tal vez irrepetible, de restituirle a los estados nacionales soberanos  su función insustituible de conductores y reguladores de la vida económica de las naciones, para meter en cintura sus respectivos sistemas financieros y reorientarlos a la tarea de ser sustento de la economía productiva real, inclusive con sus propias instituciones de crédito público, súbitamente requisadas hasta por los más radicales adeptos del liberalismo económico.

Para Iberoamérica los dogmas monetaristas ortodoxos del neoliberalismo, son suplantados por el peso de la realidad, que exige un pronta disposición de recursos públicos para el combate de la emergencia sanitaria y socioeconómica, de manera que éste será un momento de definiciones cruciales para el futuro inmediato de nuestras naciones.  Es la hora de liberarse de las normas económicas del virus de la usura, que las infesta ininterrumpidamente desde 1990, con ganancias indecentes de los grandes bancos en medio del estancamiento económico.  Es la hora de iniciar la ya inaplazable reconstrucción nacional, orientada por el “principio del Bien común”.

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