“Ellos (los mexicanos) están enviando personas que tienen muchos problemas, y están trayendo esos problemas a nosotros. Están trayendo drogas, trayendo delincuencia, y son violadores.”
El autor de estas palabras es uno de los hasta ahora 16 precandidatos registrado para la disputa de la candidatura del Partido Republicano a las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016. Se trata del controvertido multimillonario Donald Trump, quien hiciera su fortuna con grandes negocios inmobiliarios y que se convirtió en una celebridad de los espectáculos con el “reality show”, que generó numerosas imitaciones por todo el mundo. Desde que las profirió, en su discurso de presentación de su campaña en junio pasado, Trump ha tratado de reducir sus enormes repercusiones (y los perjuicios comerciales resultantes), pero sólo ha empeorado todo, con cosas como decir que la construcción de un muro entre Estados Unidos y México resolvería muchos de los problemas mencionados por él.
No obstante que los líderes y los demás precandidatos republicanos han criticado su verborrea, sin embargo, sus intenciones de voto subieron rápidamente, lo que lo ha llevado a encabezar la lista, un poco adelante del ex gobernador de Florida, Jeb Bush (quien, casado con una mexicana, fue uno de los más duros críticos de Trump).
Aunque la mayoría de los analistas considera que Trump difícilmente tendrá condiciones para mantenerse a la cabeza en la selección republicana, el mero hecho de su popularidad entre el electorado por sus diatribas es un indicio de la deplorable del estado mental de una considerable parte de la sociedad estadounidense.
Lo que Trump representa es el abominable excepcionalismo que justifica las intervenciones militares estadounidenses y que se resiste con uñas y dientes a la erosión de la hegemonía unipolar de Estados Unidos en el escenario mundial, ante la emergencia, lenta pero firme, de un impulso cooperativo entre las naciones que se empeñan en establecer nuevas reglas de convivencia, en beneficio común, como se observa en iniciativas como la de los grupos BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái (SCO, por sus siglas en inglés) y la Unión Económica Euroasiática, que hace pocas semanas realizaron sus reuniones cumbres en Ufá, Rusia.
En su embestida contra los mexicanos, Trump se hizo eco del fallecido profesor de la Universidad de Harvard, Samuel Huntington, autor de la insidiosa tesis del “choque de civilizaciones,” creada y debidamente manipulada para elegir un nuevo enemigo existencial que avala la permanencia del “estado de seguridad nacional” estadounidense, luego del derrumbe de la Unión Soviética. Ante la ausencia del comunismo soviético, el elegido fue el islamismo militante (en no pocos casos, creado y e instigado por las agencias de espionaje del estado de seguridad nacional).
Al final de su vida, desesperado, Huntington se volcó contra otro enemigo existencial del “excepcionalismo” anglosajón: los emigrantes hispánicos. En un artículo publicado en el número de febrero de 2004 de la revista Foreng Policy, escribió que “los mexicanos y otros latinos rechazan los principios anglo-protestantes que constituyen el sueño americano… en esa nueva era, la mayor amenaza sería para la identidad tradicional de Estados Unidos a causa de la inmensa y continua emigración de América Latina, especialmente de México, y del ritmo de fertilidad de esos emigrantes, comparadas con las de los nativos, negros y estadounidenses (esto quiere decir anglosajones).”
Sin el refinamiento académico del viejo profesor de Harvard, Donald Trump vocifera el mismo desprecio por los hispanos –y, en general, por el resto de la Humanidad. Sólo queda esperar que se enfríen los ánimos y que la parte sana del electorado republicano le responda con la frase que anuncia la eliminación de los candidatos de su “reality show”: “¡Estás despedido!”- y junto con él, el excepcionalismo estadounidense.

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