Desconstrucción de Bolivia, el caos institucional abre el camino para inestabilidad permanente

MSIa Informa, 17 de noviembre de 2018.-La renuncia forzada del presidente de Bolivia, Evo Morales, el pasado 10 de noviembre, a la que se sumaron los tres responsables inmediatos en la línea sucesoria, el vicepresidente, Álvaro García Linera, la presidente del Senado, Adriana Salvatierra y el presidente de la Cámara de Diputados, Víctor Borda, quebró el orden institucional, y sin un garante al frente del cambio, creó un vacío de poder que arrojo al país a la deriva.

La inestabilidad se remonta al resultado de la elección presidencial realizada el pasado 20 de octubre, que le dio a Morales un apretado triunfo frente a su adversario, el ex presidente Carlos Mesa, y cuyos resultados fueron cuestionados por los observadores de la OEA. Tal parecer, que, instó a realizar una segunda vuelta electoral, fue la luz verde para que los aguerridos opositores al gobierno comenzaran una rebelión, desafiada por los seguidores de Morales, encabezada, no por el candidato derrotado, sino por una figura desarraigada de la política nacional, el empresario y abogado Fernando Camacho, presidente del Comité pro Cívico de Santa Cruz, personaje poseído de una ideología liberal sui géneris, quien ha asumido, al menos públicamente, el protagonismo opositor.

La revuelta en cadena paralizó ciudades, incendió casas de connotados dirigentes políticos de ambos bandos; en el descontento generalizado la policía se amotinó y esta fue la gota que derramó el vaso, por lo cual Evo Morales acató el pedido de renuncia hecho por el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, el general Williams Kaliman, exilándose en México, junto con su eminencia gris, Álvaro García Linera

Mientras tanto, sus seguidores en Bolivia atizan violentas manifestaciones organizadas por la poderosa Federación de Asociaciones de Juntas Vecinales de El Alto (FEJUVE), catalogada como modelo de los movimientos sociales del continente, como siempre portando las banderas características de su etnia, donde se escuchan todo tipo de consignas, hasta la de ¡guerra civil!. Y la policía no ha podido contener las oleadas de violencia.

Además, de acuerdo a información publicada el 13 de noviembre, desde el día de la renuncia de Evo Morales, manifestantes vinculados al hasta entonces partido gobernante (MAS) realizaron acciones de sabotaje en las plantas de gas natural, en el campo de Carrasco, ubicada en Cochabamba. Invadieron y paralizaron la producción, por lo que la estatal boliviana, Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) envió una carta al gobierno de Argentina alertando que el abastecimiento de gas puede ser interrumpido.

En este contexto de caos, la senadora Jeanine Añez, quien era la segunda vicepresidente del Senado, asumió la presidencia del Senado y de la Asamblea, y se declaró Presidente interino de Bolivia, en una sesión sin quorum por la ausencia de los legisladores del MAS. En sus primeras horas de trabajo anunció que se dispone pacificar al país con la ayuda de las Fuerzas Armadas y de la Iglesia Católica, que hasta el momento mantenía una tensa relación con Evo Morales y su gobierno.

El resultado de 14 años de gobierno

Es innegable que a lo largo de sus tres gobiernos (2006-2019), Evo Morales deja una Bolivia diferente a la que encontró. Aprovechando la bonanza del precio de las materias primas, su gobierno se favoreció y supo canalizar recursos para disminuir la injusticia social, y componer el sistema económico que quedó a merced de los choques neoliberales impuestos desde la década de los 1980s por el equipo del economista de Harvard, Jeffrey Sachs, perpetuados continuamente.

La tasa promedio de crecimiento anual varió de 4 al 7%. La pobreza extrema disminuyó, así como el analfabetismo. Se realizaron obras de infraestructura, incluso rompiendo las condicionalidades del ambientalismo radical, y centros de investigación de tecnología avanzada, como la nuclear.

No obstante, el propio caos institucional, luego de la destitución de Morales, es el espejo de la vulnerabilidad intermitente que ha azotado a la nación boliviana.

Pese al progreso económico, faltó un proyecto de cohesión nacional; no era la intención del gobierno tender un fuerte tejido institucional que reforzara los valores más fundamentales de la identidad cultural más preciada de toda la ciudadanía, es decir, la matriz cultural católica. En el caso de Bolivia, con una población mayoritariamente católica, este es el ethos que une a la nación y la herencia que comparte con el resto de Iberoamérica. Una bien nombrada soberanía fundamental, que va más allá de los bienes materiales. (Ver nota siguiente).

El proyecto era diferente, exaltar una identidad poli-étnica, dividir al país entre blancos, donde caben los mestizos (los opresores o colonizadores), y los indígenas (los oprimidos). Esta ideología del etnonacionalismo se plasmó claramente en el preámbulo de la Constitución de 2009, firmado por el entonces presidente Evo Morales, en el cual se sustituye el Estado nacional, por un Estado plurinacional. Comenzando con la exaltación de la deidad Pachamamba (un ídolo de la madre tierra), así define al país:

“Refundamos Bolivia. Dejamos en el pasado el Estado colonial, republicano y neoliberal”. Para ser, un “Estado Unitario, Social, de Derecho Plurinacional”.

De remate niega la herencia cultural cristiana común a la población boliviana:

“Poblamos esta sagrada Madre Tierra con rostros diferentes, y comprendimos desde entonces la pluralidad vigente de todas las cosas y nuestra diversidad como seres y culturas. Así conformamos nuestros pueblos, y jamás comprendimos el racismo hasta que lo sufrimos desde los funestos tiempos de la colonia”

Esa división étnica maniquea que no permite esculpir la dignidad de la persona humana, destruye la identidad nacional, genera odio y un resentimiento acumulado. Ineluctablemente se convierte en el caldo de cultivo de las tendencias sociales centrifugas propias de los separatismos.

En este contexto, esto se muestra con claridad también en el estado más desarrollado de Bolivia, Santa Cruz de la Sierra, donde, efectivamente, un grupo de la elite político empresarial se concibe como una población blanca, en realidad preñada de la ideología del excepcionalismo. Durante el proceso de aprobación de la Asamblea Constituyente de 2007, ese grupo militó vigorosamente para conseguir una autonomía para los estados, sin éxito.

La importancia estratégica de Bolivia

Ubicada en el corazón de América del Sur, Bolivia ocupa un lugar geográfico estratégico, colinda con casi todos los países de la región, además de poseer ricos recursos naturales minerales y energéticos que le otorga una importancia geopolítica especial.

Si la carta de la balcanización de Bolivia ha estado presente en los cálculos del poder mundial, la posibilidad aumenta en estos momentos, ya que, frente al repliegue del eje angloamericano en el Medio Oriente, y la incertidumbre del futuro de la globalización financiera, estos buscan en ella un resguardo en el Hemisferio que les garantice pleno control de los recursos. En los meses pasados, poderosos de Washington han apelado públicamente a la necesidad de revivir la colonialista Doctrina Monroe.

Simultaneo a esto, en todo el continente han aflorado viejas fracturas que claman un cambio de rumbo hacia un futuro más digno, un nuevo proyecto continental, que pueda encontrar sus raíces cristianas cristalizadas en un sistema político y económico compatible con ellas.

En esta perspectiva, lo más conveniente para el poder mundial es mantener viva la llama de la Guerra Fría en el continente; por eso Washington bendice la acción de figuras políticas de antaño y fomenta a nuevas capaces de renovar una ideología de derecha o de izquierda, ambas paralizantes y castradoras de las mejores energías de nuestros pueblos. Aferrarse a esas cadenas trae como resultado acatar permanentemente la condición de colonias.

Entre esas figuras nuevas sin arraigo tenemos a una generación de yuppies estilo neoconservadores, practicantes de una mezcla de neoliberalismo, manipulación de la religiosidad, etc. Son los Guaidó de Venezuela, los Fernando Camacho de Bolivia, los Eduardos de Brasil. Todos fanatizados en una estructura de creencias que tiende a la desconstrucción, pero incapacitadas para construir opciones que nos dirijan al bien común.

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