“Carbono cero”: La necesidad de un audaz Proyecto Nacional

MSIa Informa, 17 de septiembre de 2021.-El primer seminario por internet, “Brasil 2022 -una moderna visión de la plataforma geopolítica de la Amazonia y las medidas estratégicas para la defensa de los intereses nacionales en la cuestión ambiental”, fue promovida por el Instituto General Villas Boas (IGVB), en Brasilia, del 25 al 27 de agosto de 2021. El seminario fue abierto por el vicepresidente de la República, Hamilton Mourão, y tuvo la participación del ministro de Infraestructura, Tarcício Gomes de Freitas, del climatólogo Luiz Carlos Molion, del director de Geopolítica y Conflictos del Instituto Sagres, General Luiz Eduardo Rocha Paiva, del cacique Macuxí Jonas Marcolino, del director del Departamento del Programa Calha Norte, General Ubiratan Poty, y del geólogo Geraldo Luís Lino, del consejo directivo del Movimiento de Solidaridades Iberoamericana (MSIa), autor del libro:  «El fraude del calentamiento global, un fenómeno natural convertido en una falsa  emergencia mundial».

El siguiente artículo es una síntesis de su presentación.

Las conferencias se pueden ver en el sitio de internet del IGVB (https://igvb.org).

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En su presentación ante este seminario el 25 de agosto, el vicepresidente brasileño, Hamilton Mourão, afirmó que el plan de sustentabilidad representa una amenaza para la soberanía nacional. “Cuando vemos el discurso de los líderes de países extranjeros sobre la cuenca del Amazonas, en su intervención”, dijo.

En esa ocasión, el vicepresidente, que preside el Consejo Nacional de la Amazonía Legal, también atacó a las organizaciones no gubernamentales (ONG) que practican un ambientalismo radical y las asoció con “intereses poco republicanos”.

En realidad, en su esencia, el discurso de la sustentabilidad es una de las facetas de un plan más amplio de intervencionismo político- económico y de influencia ideológica, el ambientalismo-indigenismo, que desde finales de la década de los 1980 ha funcionado como brazo “políticamente correcto” de la globalización financiera, cuya pauta es la erosión de las soberanías de los estados nacionales, en favor de los centros de poder situados en las naciones más ricas del hemisferio Norte.

Atrapados en esa doble pauta, la mayoría de los países pobres y subdesarrollados, más de 150 de las 195 naciones del planeta, han pasado las últimas décadas pasivos frente a la perspectiva de que el progreso se vinculaba a los flujos financieros internacionales y, junto a ellos, las condiciones ambientalistas-indigenistas, que poco tienen que ver con los problemas reales del ambiente y de los pueblos indígenas, y de las propias naciones.

Brasil, por desgracia, no es la excepción. Desde la década de los años 1990, el país entrego su rumbo a los mercados financieros internacionales y, con esa dependencia, vino también el plan ambientalista-indigenista, al cual todos los gobiernos anteriores hasta llegar al actual se sometieron de forma acrítica, lo que ha provocado graves daños y conflictos perjudiciales para nuestras aspiraciones de desarrollo. Pero, hasta en el actual gobierno, que fue el primero en rechazar esas pautas ajenas a los intereses nacionales, se mantiene entrelazado a los flujos financieros externos, lo resulta en una vulnerabilidad que no le ha permitido desarrollar plenamente una política ambiental e indígena adecuada a esos intereses ni a una mayor capacidad para enfrentar las presiones externas.

En casi tres décadas, el Movimiento de Solidaridad Iberoamericana (MSIa) se ha encargado de exponer los tentáculos de ese aparato intervencionista tanto en Brasil como en el exterior, por medio de libros, ediciones especiales del periódico Solidaridad Iberoamericana y del boletín electrónico Alerta Científico e Ambiental. Tal acción de esclarecimiento ya nos costó una notificación judicial del Greenpeace, y un proceso movido por la filial brasileña del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), la organización no gubernamental del osito panda, una de las más poderosas del mundo, vinculada directamente a las monarquías europeas, que estuvieron en el origen del movimiento ambientalista, hace seis décadas.

No obstante, nuestro principal triunfo, por decirlo así, fue que decenas de miles de brasileños de todas las capas de la sociedad adquirieron una comprensión mejor del papel que juega el ambientalismo-indigenismo en las relaciones internacionales.

La pauta del “carbono cero” es la versión más actualizada de esa embestida y, para entenderla mejor, tenemos que hacer breves anotaciones:

El plan ambiental/climático es político y financiero.

1.Al contrario de lo que el alarmismo ambientalista viene vociferando desde hace más de medio siglo, no existe una crisis ambiental del planeta. Existen, sí, problemas ambientales, la gran mayoría puntuales, del alcance local o regional.

El ambientalismo no es un fenómeno espontáneo, que emergería de la conciencia sobre la necesidad de hacer compatibles los actos humanos con ciertos requisitos racionales de protección del ambiente. Lo cierto es que se trata de una ideología creada por grupos oligárquicos de América del Norte y de Europa -especialmente de Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido, Holanda, Noruega, Francia, Alemania y Bélgica-, con objetivos bien definidos y poco disfrazados:

  1. 2. Control demográfico: todos esos grupos comparten una creencia común en el maltusianismo, la cacareada concepción del reverendo Thomas Malthus, del siglo XVIII, de que los recursos naturales de la Tierra, principalmente alimentos, serían insuficientes para soportar una gran población del planeta -idea ya bastante descalificada por los progresos de la producción de alimentos. El ambientalismo es hijo legítimo del maltusianismo.

3.La conservación de los recursos naturales como “reserva estratégica”, principalmente en los países pobres.

4.Limitación de la industrialización y del progreso económico en general, preferencialmente, a los “40 ricos”, que representan tan sólo una pequeña fracción de la población mundial.

5.De forma cada vez más recurrente, una boya de salvación para el sistema financiero internacional “globalizado”, luego de la gran crisis de 2008.

Como se sabe, la “globalización” separó el sistema financiero de la economía real y lo convirtió en un fin en sí mismo. El resultado es que existe una enorme cantidad de instrumentos financieros especulativos que circulan en el mundo que supera en 15 o 20 veces el producto interno bruto (PIB) mundial. Esa burbuja gigantesca no va a durar mucho y los oligarcas que dominan el sistema están ocupados en convertir por lo menos parte de esos “activos” volátiles en activos reales, antes del estallido de la burbuja. Es ahí donde entran los “títulos verdes”, “créditos de carbono” y otros instrumentos vinculados a la supuesta crisis climática, que no tienen ninguna finalidad económica real, sino una fundamentalmente financiera.

A esa pauta mencionada arriba, se sumó posteriormente el indigenismo, bajo el disfraz de preocupaciones por los pueblos indígenas del planeta, pero cuyo objetivo real es el fomento de tensiones entre naciones, con la promoción del “etnonacionalismo” entre las poblaciones indígenas, con la intención de desvincularlas de la formación del Estado nacional que integran.

En resumen, el objetivo general del adoctrinamiento ambientalista es “convencer” a los pueblos y a los países pobres del mundo de que la Tierra no tiene recursos naturales y de que el ambiente no soportaría sus pretensiones de alcanzar grados de progreso socioeconómico por lo menos semejantes a los de las naciones ricas. Todo el discurso del “desarrollo sustentable”, “capacidad de soporte”, “huella ecológica”, “sobrecarga de la Tierra” y otros conceptos falaces afines, está orientado a tal finalidad.

Escuchemos al ínclito Al Gore, exvicepresidente de Estados Unidos, premio Nobel de la Paz de 2007 y ganador de Oscar ese mismo año por el mejor documental, un amontonamiento de falsedades científicas titulado, “Una verdad inconveniente”. Veamos un fragmento de una entrevista de 2018 que dio a la red de televisión estadounidense PBS, en la que la entrevistadora comenta el tono alarmante de un informe divulgado por el IPCC de ese año:

Judy Woodruf -Ellos están pintado un cuadro mucho más alarmante que lo que sabíamos anteriormente.

Al Gore -El lenguaje que usa el IPCC en la presentación fue torcido un poco hacia arriba, adecuadamente – ¿de qué otra manera conseguiría la atención de los formuladores de políticas de todo el mundo?

Exagerar el lenguaje catastrofista tiene la intención clara de: crear un fuerte efecto en la opinión pública para justificar las medidas políticas, económicas y financieras supuestamente “salvadoras” en beneficio de toda la humanidad. En 1972, por ejemplo, el magnate canadiense Maurice Strong, quien fue secretario general de la Conferencia de Estocolmo, la primera gran conferencia de Naciones Unidas sobre temas ambientales dijo al periódico sueco Dagens Nyheter: “Tenemos diez años para detener la catástrofe (ambiental”.

Maurice Strong fue uno de los más activos articuladores de lo que llamamos el aparato ambientalista internacional, habiendo sido el primer director general de la conferencia Río-92, realizada en Río de Janeiro en 1992, además de mostrar un vasto currículo de dirigente de fundaciones privadas y de organizaciones no gubernamentales de la más alta jerarquía del aparato ambientalista.

No existe emergencia climática

Esta es una cuestión clave, pues todo el discurso apocalíptico sobre el clima se funda en la tesis falaz de que las emisiones de carbono de las actividades humanas, principalmente el uso de combustibles fósiles -carbono mineral, petróleo y gas natural-, estarían provocando un calentamiento amenazador de la atmósfera de la Tierra. Ahora bien, para que eso fuese verdadero, sería menester que los patrones de las oscilaciones de las temperaturas de la atmósfera y de los océanos y de los niveles del mar, observados a partir de la Revolución industrial del siglo XVIII, presentasen anomalías respecto a los registrados en los siglos y milenios anteriores. Sucede que tales anomalías, sencillamente, no existen y, por lo tanto, no hay ninguna evidencia concreta de la supuesta influencia humana en la dinámica climática mundial.

La única influencia humana en el clima sucede en las ciudades, con el conocido efecto de las “islas de calor” urbanas, producto de la impermeabilización del suelo con el asfalto y el concreto, que disminuye bastante la filtración del agua de las lluvias al subsuelo y la consecuente evapotranspiración. Así pues, las temperaturas urbanas suelen ser varios grados centígrados superiores a las de las zonas rurales y a las de las zonas no urbanizadas, pero tal influencia, de ningún modo, tiene alcance planetario, pues las zonas urbanizadas representan menos del 0,5 por ciento de la superficie total del planeta.

En esencia, a pesar de que la expresión cambios climáticos haya recibido una connotación deliberadamente alarmista, ella resulta ser pleonástica, pues el cambio permanente es el estado natural del clima. En la historia geológica de la Tierra nunca hubo, ni hay ni nunca habrá un clima “estático”. Desde que surgió en el planeta, la humanidad ha convivido con cambios climáticos tajantes que han alternado entre periodos glaciales más fríos e inter glaciales más calientes, y siempre se adaptó a ellos. Nada sugiere que no pueda seguir haciéndolo.

Las emergencias reales son otras

Enseguida presento tan sólo una breve lista de las emergencias mundiales reales, cuya solución en serio no ha recibido ni siquiera una fracción de la atención, de los recursos ni del tiempo dedicados al plan del catastrofismo climático (y desperdiciados con ella).

**Las deficiencias de infraestructura de salubridad mínimas son el problema ambiental más grande del mundo, y llega a afectar a más de la mitad de la población mundial y de la brasileña. Arrojar aguas negras sin tratamiento a los cursos de agua es una de las principales fuentes de contaminación del agua -que está lejos de un peligro de escasez física, como pregonan algunos alarmistas, basta que se deje de contaminarla. En la tercera década del siglo XXI es vergonzoso que más de 1 500 millones de personas todavía tengan que hacer sus necesidades fisiológicas al aire libre. Mientras centenares de (ONG), quizá millares, se apretujan para anunciar el apocalipsis climático (y lucrar con él), sólo un puñado de ellas se dedican a la cuestión crucial de la salubridad.

**El manejo de la basura urbana es otro problema ambiental de la mayor gravedad.

**Ocupación irregular de zonas de riesgo, como laderas, terrenos inundables y otras, representan un serio problema en los países que no son parte de los “40 ricos”.

**El aumento de las desigualdades mundiales ha sido la consecuencia principal de la globalización, tanto entre los países como dentro de ellos, y está en la raíz de gran parte de las convulsiones políticas y sociales registradas en las últimas décadas.

**El sistema financiero internacional divorciado de la economía real, que considero el factor más grande de “insustentabilidad” del planeta, por actuar como un parásito de la economía física, canalizando la gran mayoría de los recursos financieros a instrumentos especulativos e improductivos.

Los desafíos del “carbono cero”

No nos hagamos ilusiones. Independientemente de su validez científica, el plan del “carbono cero” llegó, abre paso y pretende establecerse. Es decir, Brasil tendrá que lidiar con él, de una forma u otra. Lo que necesitamos es establecer como será esto.

La dimensión de los intereses en torno de él se puede evaluar con la siguiente declaración del CEO de BlackRock, Larry Fink, en una conferencia difundida por el Foro Económico Mundial (también conocido como Foro de Davós), en enero de este año:

Vamos a necesitar de 50 billones de dólares en inversiones para llegar a un mundo de emisiones netas cero… En la medida en que más empresas divulguen sus informes y ya hayan dado mejores en cada nivel corporativo, seremos capaces de normalizar y personalizar los portafolios. Esto va a ser la diferencia entre las compañías que tendrán éxito y las que no.

El mensaje es claro: las empresas que no se encuadren en el plan ESG (ambiental, social y de gobierno), principalmente aquellas con operaciones internacionales, correrán serios riesgos en sus negocios.

Fink tiene peso para hacer el ultimato. BlackRock es la gestora de activos más grande del mundo, con una cartera de 9 billones de dólares, más de dos veces el PIB de Alemania y más de cuatro veces el de Brasil.

Los títulos de “carbono cero” ya se pueden negociar, tanto en el “mega mercado” de las BlackRock, como en la “micro comercialización” de las pequeñas empresas y hasta de personas físicas, que pueden adquirir sus títulos y asegurar su “neutralidad de carbono”, para poder dormir con la conciencia tranquila de estar contribuyendo a la salvación del planeta.

El periódico de Rio de Janeiro, O Globo del 22 de agosto publicó un reportaje con el título: “¿Quiere ser carbono cero? Ya es posible comprar crédito de proyectos en la Amazonía para compensar las emisiones”. En él, se menciona a un ciudadano de Sao Paulo (SP) que dio a su esposa como regalo de fin de año un título de ellos, con valor de mil reales, como “compensación” por las emisiones de ella en 2020 y parte de 2021.

Un requisito fundamental para Brasil será abandonar de una buena vez las actitud reactiva y sumisa que ha marcado la política ambiental nacional. Somos el único país del mundo que necesita pedir permiso a las organizaciones no gubernamentales, a los gobiernos extranjeros y al Parlamento Europeo para asfaltar las carreteras ya existentes que atraviesan la cuenca del Amazonas. Somos el único país que presta atención y repercusión a las demandas de celebridades y de grupos intervencionistas extranjeros que vienen aquí para invertir contra proyectos de infraestructura fundamentales para nuestro desarrollo, como sucedió con la reciente visita de una tal “Internacional Progresistas”, involucrada en acciones para detener obras de infraestructura. Somos los únicos que dejan de aprovechar plenamente su potencial hidroeléctrico construyendo plantas a “hilo de agua” con reservorios pequeños e incapaces de almacenar agua para enfrentar sequías como la actual.

Y no se diga que Brasil no puede resistir tales presiones. Vale observar el ejemplo reciente de México, donde el presidente Andrés Manuel López Obrador está construyendo con recursos propios los dos proyectos más grandes de infraestructura del país en décadas: el Tren Maya, ferrocarril de 1.500 kilómetros que corta los cinco estados de la península de Yucatán, y el Corredor Bioaceánico del Istmo de Tehuantepec, un corredor de desarrollo que une los puertos del Golfo de México y del Pacífico. Era inevitable que un grupo de ONG del aparato ambientalista-indigenista desencadenara una feroz campaña contra ambos proyectos.

En el caso del Tren Maya, en agosto de 2020, López Obrador encargó a su servicio de información señalar a los financiadores de esas organizaciones no gubernamentales, que resultaron ser fundaciones privadas y órganos del gobierno de Estados Unidos. En una de sus entrevistas colectivas matutinas, mostró una transparencia con la lista de las organizaciones no gubernamentales y los montos que recibieron, y les echó en cara las motivaciones por atacar un proyecto que traerá tantos beneficios al país. Al mismo tiempo, interpeló oficialmente al gobierno de Washington por tales financiamientos oficiales y los intereses estadounidenses en la embestida.

Tal vez la reciente declaración del nuevo ministro del Medio Ambiente brasileño, Joquim Álvaro Pereira Leite, pudiera ser una señal de nuevos tiempos:

“No podemos caer en la trampa de que el responsable del calentamiento global, los responsables de las emisiones son las actividades de un país llamado Brasil (O Globo, 24/08/2021)”.

Posibles líneas de acción a corto plazo:

*Acercamiento diplomático con los países que enfrentan problemas afines, para refuerzo mutuo en la arena internacional.

*Retirar la iniciativa del aparato ambientalista-indigenista en lo que toca a las visitas “fact-finding” de autoridades, empresarios y formadores de opinión extranjeros, en sociedad con el sector privado.

*Exposición pública de los planes de las ONG ambientalistas- indigenistas y de sus financiadores.

*Movilizar a la comunidad científica para promover exposiciones más equilibradas de los datos y de los problemas ambientales.

En resumen, la política ambiental brasileña se debe vincular a las normas de desarrollo, sin subordinarlas, en un debate amplio y permanente con diferentes sectores productivos y de la sociedad en general.

Por encima de todo, el país necesita recuperar con la mayor urgencia la discusión de un nuevo proyecto nacional de desarrollo. Pido aquí prestadas las palabras del general Villas Boas, todavía comandante del Ejército, pronunciadas en su discurso del Día del Ejército de 2016:

“Brasil, de la década de 1930 a 1980, fue el país del mundo que más creció, desde Getulio Vargas y Juscelino Kubitschek a los gobiernos militares. En las décadas de 1960, 70 y 80, cometimos un error: permitimos que la línea de confrontación de la Guerra fría pasase adentro de nuestra sociedad brasileña y nos dividiese. Y Brasil, que venía con fuerte sentido de proyecto, con ideología de desarrollo, perdió la cohesión y ese sentido de proyecto. Perdió el rumbo y la dirección, nuestro país está a la deriva. (…)”

Es necesario repensar el Brasil que queremos construir en este siglo XXI tan lleno de transformaciones rápidas y grandes desafíos. No podemos, de ningún modo, acomodarnos a ilusiones como la de presentarnos al mundo como una “potencia ambiental”, supuesta prestadora de “servicios ambientales”. La cuenca del Amazonas no brinda ningún “servicio ambiental” al mundo: representa una vasta frontera de gran potencial de desarrollo que necesita ser integrada definitivamente al país, de acuerdo con una pauta de intereses e iniciativas decididas por los brasileños, y no por inversionistas privados de cualquier nacionalidad, sin ningún compromiso con el progreso y el bienestar a largo plazo de las poblaciones de la región.

Sí, utilicemos los “títulos verdes” y otros instrumentos afines, como dijera en este seminario el ministro de Infraestructura, Tarcisio Gomes de Freitas, (el 26/08/2021), pero siempre que fueren benéficos y compatibles con nuestros intereses más granes, y no estuviesen vinculados a condiciones de “buena conducta” ajenos a ellos.

Ante una economía que cada vez usa más intensamente el conocimiento, es inviable, definitivamente, que pretendamos limitarnos a exportar productos primarios y a prestar supuestos “servicios ambientales”.

Por el contrario, será necesario un vigoroso empeño para corregir la desindustrialización que acomete contra el país desde la década de 1990. Igualmente, se necesitarán inversiones grandes en educación, ciencia, tecnología, innovación e infraestructura multiplicadoras de valores para dar marcha atrás las tendencias de los años recientes.

Será imprescindible, por lo tanto, superar la dependencia de los flujos financieros internacionales, con o sin “títulos verdes”, y la consecuente recuperación de la capacidad de crédito del Estado brasileño, que siempre fue el principal motor del desarrollo nacional.

Un factor no menos crucial será reiniciar la iniciativa de integración físico-económica de América del Sur, lo que cabe a Brasil, por sus dimensiones y su peso económico y político.

En suma, en lugar del “carbono cero” en 2050, meta establecida por los mentores del plan climático, empeñémonos en perseguir una meta de “carencias cero”.

Tecnologías que no se pueden ignorar

Para finalizar, como ejemplos en los que Brasil necesita reflejarse, quiero presentar algunas iniciativas técnicas trascendentales que se están creando en países que, a pesar de los discursos públicos, no están apostando a las “tecnologías verdes”, como base para una matriz energética a la altura de las necesidades de la nueva economía mundial.

El primero es un prototipo de reactor nuclear alimentado con torio, fabricado por China, el TMSR-LF1 Thorium Molten Salt Reactor-Liquid Fluoride). Tiene 2 mega voltios (MW) de potencia y acaba de entrar en operación (Fig. 8). Los chinos esperan tener a su disposición en 2030 reactores comerciales con potencia de 100 MW, suficientes para abastecer una ciudad de 100 mil habitantes o un centro industrial. Las grandes ventajas del torio son la disponibilidad mucho mayor que la del uranio y que la cantidad de residuos es mucho menor. Brasil, que tiene una de las reservas más grandes del mundo de torio, ya tuvo el Grupo de Torio de la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG), hace más de medio siglo, cuyo objetivo era, justamente, la construcción de un reactor de torio.

El segundo es un generador de 1 MW que parte del todavía controvertido fenómeno de la “fusión en frío” (llamada actualmente de reacciones nucleares en estado sólido o reacciones nucleares asistidas químicamente) (Fig. 9). El E-cat lo creo el físico italiano Andrea Rossi y ya está disponible para usos comerciales (los interesados pueden consultar el sitio www.ecatworld.com).

En cuanto a la fusión nuclear, el “Santo Grial” de la generación de electricidad en el futuro cercano, quiero destacar la existencia de la Asociación de la Industria de Fusión (Fusion Industry Association), con sede en Estados Unidos, que reúne actualmente a 25 empresas privadas que están creando prototipos de reactores de fusión nuclear con técnicas innovadoras. Lo relevante es que muchas son sociedades público-privadas, que incluyen inversiones de los gobiernos de Estados Unidos y de otros países y recursos privados.

Como ejemplo, vale la pena conocer una de ellas, la Commonwealth Fusion Systems (CFS-cfs. energy), fundada en 2018 por investigadores del Centro de Ciencia de Plasma y Fusión del Instituto de Tecnología de Massachusetts (PSFC-MIT), con sede en Devens, Massachusetts. Su proyecto de reactor, originado del PSFC, se denomina ARC (Afordable, Robust, Compact) y está previsto para su comercialización a partir de 2025. La empresa, que cuenta con 100 empleados, tiene una capitalización de 200 millones de dólares, provenientes del Departamento de Energía de Estados Unidos, de inversionistas privados (entre ellos Bill Gates, de Microsoft (y de las empresas petroleras ENI (Italia) y Equinor (Noruega), además de fondo soberano de Singapur, Temasek.

Hay que prestarle atención a que empresas petroleras y fondos soberanos extranjeros están invirtiendo en dichos proyectos -seguramente no están apostando a que los generadores eólicos ni las centrales fotovoltaicas podrán sustituir gran parte de las aplicaciones energéticas de los hidrocarburos.

En Brasil se presentó recientemente una propuesta conjunta de la Comisión Nacional de Energía Nuclear (CNEN) y del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INEPE) para la creación de un Laboratorio Nacional de Fusión Nuclear (LNFN), que se construiría en la sede de la Empresa del Reactor Nuclear Multipropósito Brasileño, en Iperó (SP). Los requisitos financieros previstos son ínfimos, 150 millones de reales para la construcción del LNFN en tres años; 50 millones de reales para los reactores de investigación tokamak existente en universidades y centros de investigación nacionales en tres años; y 100 millones de dólares para la creación de un prototipo de reactor de fusión en nueve años. Recursos inferiores a los disponibles en una sola empresa como CFS.

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