Brasil: unidad nacional en un mundo cooperativo

En su memorable discurso de despedida del Comando Conjunto del Ejército, el 11 de enero, el general Eduardo Villas Bôas mencionó una crítica del periodista estadounidense Walter Lippman al llamado pensamiento único: “Cuando todos piensan de la misma manera, es porque nadie está pensando.”

Esta crítica se aplica a los que adoptan una determinada visión ideológica del mundo, pero también a los que hacen de la oposición ciega a ella una profesión de fe, como si la mera inversión del signo ideológico fuese suficiente para proporcionar un mejor entendimiento de la realidad y de sus desafíos y de sus exigencias.

Este fue el caso, por ejemplo, de los adeptos de la falaz tesis del “fin de la Historia,” popularizada luego de la caída de la Unión Soviética, para justificar la pretendida hegemonía incontestable del “Nuevo orden mundial” encabezado por las élites oligárquicas agrupadas en el eje Washington-Nueva York-Londres, en torno de la supuesta supremacía de la combinación de democracia liberal con economía de mercado.

Esto mismo es válido para los despistados que todavía no logran superar el pensamiento binario de la Guerra fría, para atribuir los males del mundo a la influencia de un u otro de los antiguos rivales de la confrontación ideológica de la segunda mitad del siglo XX.

Brasil, enfrentado a la mayor crisis de su historia y con un nuevo gobierno que, en varios aspectos, representa una discontinuidad con los patrones vigentes de la “Nueva República,” no se puede permitir enredarse en tal trampa de pensamiento restringido, no sólo por sus propios problemas, sino también por el papel protagonista que puede y debe desempeñar en la construcción del orden multipolar cooperativo que se configura a partir de Eurasia, hacia donde se desplaza el centro de gravedad geopolítico y geoeconómico del planeta.

Para ello será fundamental la promoción de la unidad nacional dentro de la diversidad política, con la superación de las graves divisiones internas agravadas por las disputas políticas de los últimos años, en un empeño colectivo para dejar atrás el corrosivo ambiente político de “nosotros contra ellos,” que tantos males y resentimientos ha generado. Sin este requisito, el país no podrá avanzar en la elaboración de un nuevo proyecto nacional.

En especial, el país tendrá que dar marcha atrás el peligrosamente acelerado proceso de desindustrialización en marcha, al mismo tiempo que recalifica el sector y la fuerza de trabajo para atender los requisitos de la que se ha dado en llamar la Industria 4.0.

Las mismas Fuerzas Armadas deben comprometerse en este proceso, en su papel de inducción del desarrollo económico, científico, técnico y social, como observa el general Villa Bôas.

En la arena internacional, el país no puede correr el riesgo de cambiar el multilateralismo por una aproximación bilateral con ciertos gobiernos favorecidos, por más aprecio que se tenga a los actuales gobernantes, dado que la dimensión del desafío de la construcción de la multipolaridad cooperativa exige actos coordenados con las naciones correspondientes, como es el caso, entre otras, de las socias del grupo BRICS.

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