Biden, BlackRock y la “burbuja climática”

Por Jonathan Tennenbaum, desde Berlín

MSIa Informa, 30 de abril de 2021.-BlackRock Inc., la mayor empresa de gestión de inversiones del mundo, con cerca de 8 billones de dólares en activos administrados, juega un papel singular en la política climática del Presidente de Estados Unidos, Joe Biden. La verdad es que pareciera que BlackRock y el gobierno de Biden están casados.

El matrimonio se consumó, por así decirlo, con las nominaciones y las designaciones de prominentes ejecutivos de BlackRock para altos cargos del gobierno. Todos son casos ejemplares del fenómeno de la “puerta giratoria”, muy común en Washington, en el que altos personajes sólo cambian de camiseta para jugar ya sea en el gobierno o en las altas finanzas.

Brian Deese, nominado por Biden para dirigir el Consejo Económico Nacional, fue consejero de Barack Obama para el clima y la política energética. Tuvo un papel fundamental en la negociación del acuerdo climático de París y, posteriormente, dice su biografía de BlackRock, fue “jefe global de inversiones sustentables” de la empresa, “para identificar fuentes de retorno a largo plazo asociados a cuestiones ambientales, sociales y de gobierno”.

Wally Adyemo, nombrado secretario adjunto del Departamento del Tesoro fue consejero y jefe de gabinete interino del presidente de BlackRock, Larry Fink. Antes de ingresar a la empresa ocupó varios cargos en el gobierno de Obama, entre ellos el de viceconsejero de Seguridad Nacional para la Economía Internacional y el de vicedirector del Consejo Económico Nacional.

Thomas Donilon, consultor decano de Biden, fue presidente del Instituto de Inversiones de BlackRock; consejero de Seguridad Nacional de Obama; y fue considerado candidato potencia de Biden para encabezar la CIA.

Mike Pyle, designado consejero económico jefe de la vicepresidente, Kamala Harris, estuvo encargado de la estrategia de inversiones del Instituto de Inversiones de BlackRock.

Con sólo esos nombramientos iniciales, varios comentaristas observan que BlackRock parece haber ocupado el lugar de Goldman Sachs en la relación simbiótica de Wall Street con el gobierno de Estados Unidos.

Lo cierto es que BlackRock tiene una relación cercana con el gobierno desde la quiebra financiera de 2007-2008, cuando el Banco de la Reserva Federal de Nueva York la contrató para administrar y liquidar los activos del banco Bear Stearns Co., en quiebra,

El año pasado, BlackRock fue contratada nuevamente por la Reserva Federal para actuar como ejecutora del programa de compra de títulos corporativos de 750 mil millones de dólares de la “Fed”.  New York Times suele referirse a BlackRock como el “Señor arregla todo” de Wall Street.

Y ¿qué tiene que ver todo esto con la política climática?

A muchos activistas del clima no les cae bien BlackRock, entre otras cosas, por sus grandes inversiones en combustibles fósiles y otras cosas “sucias”. Acusan a Fink de no querer más que “enverdecer” la empresa.

Lo “políticamente correcto” se convirtió en realidad en un gran negocio que, por su propia naturaleza, tiene más que ver con la imagen que con la sustancia. Pero la conversión de Fink al activismo climático en 2020 tiene un significado mucho mayor que eso.

BlckRock se está convirtiendo, evidentemente, en la más grande administradora de activos del mundo, para lucrar con los cambios tectónicos de los flujos financieros mundiales que la política climática de Biden debe desencadenar. Otros jugadores de peso de Wall Street, Londres y otros lugares están siguiendo su ejemplo.

Por si fuera poco, no se puede descartar que BlackRock fuese convocada por el gobierno para administrar y liquidar los activos respaldados en combustibles fósiles, como lo hizo con los activos de Bear Stearns.

Sólo que esta vez, los valores en juego podrían ser cien veces más grandes.

¿” Colapso climático”?

Esto nos lleva a preguntar: ¿cómo los actos del gobierno de Biden en nombre de impedir el apocalipsis climático pueden afectar la estabilidad del sistema financiero?

Es fácil imaginar escenarios de crisis o hasta de colapso de los mercados financieros.

El más obvio sería el desplome de la “burbuja del carbono”: la masa de activos respaldados en combustibles fósiles, muchos de los cuales se volverían virtualmente inútiles en caso de que el gobierno de Biden forzase una rápida transición a una economía “libre de CO2”.

El segundo riesgo obvio es el estallido de la “burbuja verde” resultante de:

*la compra excesiva y de la especulación en activos financieros respaldados en el clima;

*súper valorizaciones cimentadas en errores de juicio de la sustentabilidad y rentabilidad de varias energías renovables y de inversiones en bajo carbono;

*súper estimación de la disposición y de la capacidad de los gobiernos de subsidiar tales tecnologías, en especial en el caso de una desaceleración económica.

Entre otras cosas, el costo real a largo plazo de la energía eólica, casi con toda seguridad, será más alto que lo que los inversionistas creen.

No hace falta decir que los escenarios de ambas burbujas no se excluyen.

Es difícil estimar el tamaño y el riego de la burbuja “verde”. En la actualidad goza de amplio apoyo de gobiernos y de inversionistas.

Incluso antes de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 hubo un debate considerable en los círculos financieros sobre el “riesgo de transición” o riesgo financiero asociado a la transición de los combustibles fósiles. Una voz particularmente prominente fue la del entonces gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney. En su ahora famoso discurso en Lloyds de Londres, el 29 de septiembre de 2015, afirmó:

“Los cambios en la política, en la tecnología y en los riesgos físicos pueden conducir a una reevaluación de los valores de una gran variedad de activos, una vez que los costos y las oportunidades se vuelvan reales. La velocidad a la que esa recomposición de los precios habrá de ocurrir es incierta y puede ser decisiva para la estabilidad financiera… Aunque una determinada manifestación física del cambio climático -una inundación o una tempestad- puede no afectar directamente el valor de un título corporativo, el acto político de promover la transición a una economía de bajo carbono podría desencadenar una reevaluación fundamental… La reevaluación total de las perspectivas, principalmente, si ocurriese repentinamente, tendría el potencial de desestabilizar los mercados, de desencadenar la cristalización pro-cíclica de las pérdidas y una apertura persistente de las condiciones financieras”.

Carney está en medio de la creación de una estructura internacional de acuerdos y arreglos financieros encaminados a la “reformulación fundamental de los mercados financieros” enfocada a la política climática.

En 2019, cuando aún estaba en el banco de Inglaterra, prácticamente convocó a los inversionistas a reducir su exposición financiera a los activos relacionados a los combustibles fósiles. En una entrevista a la BBC el 30 de enero de aquel año destacó la amenaza a los fondos de pensión:

Hasta 80 por ciento de los activos mundiales de carbón y hasta la mitad de las reservas comprobadas de petróleo del mundo se pueden convertir en activos perdidos, en la medida en que el mundo se mueva a la reducción de emisiones de carbono y (conforme) los abastecimientos de energía limpia y renovable sigan sustituyendo los combustibles fósiles.

¿Cuál es el tamaño de la burbuja del carbón?

Comencemos con el componente más obvio, la propiedad estatal y privada o los derechos de extracción de las reservas comprobadas de petróleo, de gas y de carbón. Se estima que una declinación de 2 por ciento de la demanda de combustibles fósiles cada año, lo exigido por el Acuerdo de París, causaría una pérdida de 25 billones de dólares de ingresos futuros provenientes del petróleo y del gas, a los precios actuales.

No sólo los inversionistas, sino, principalmente, los países en desarrollo serían los más duramente afectados. Un boletín de 2017 del Fondo Monetario Internacional (FMI), “Unbunnable Wealth of Nations”, afirma:

Si hubiese intervenciones internacionales de éxito para lidiar con el cambio climático, los países más pobres que son ricos en combustibles fósiles enfrentarán probablemente una caída vertiginosa del valor de sus depósitos de carbón, de gas y de petróleo. Si el mundo deja de usar combustibles fósiles de forma permanente, el resultado probable será una enorme reducción del valor de la riqueza nacional y natural (de esos países).

Pero eso es tan sólo una parte de la historia.

Para tener una noción vívida de la magnitud de los activos que quedarán bloqueados se debe tener en cuenta no sólo los propios combustibles fósiles, sino también:

*las minas de carbón;

*la industria de extracción de petróleo y de gas;

*los valores de la tierra en las regiones de extracción;

*los oleoductos y las empresas constructoras;

*las flotas de petroleros y metaneros y los astilleros;

*los puertos y las instalaciones de almacenamiento;

*las refinerías;

*los puestos de abastecimiento;

*los depósitos de carbón;

*las plantas de energía y de calefacción alimentadas por combustibles fósiles;

*las plantas siderúrgicas a carbón;

*partes significativas de las cadenas de abastecimiento de la industria automotriz vinculadas a la producción de motores de combustión interna;

*y mucho, mucho más.

Algunas estimaciones confiables dicen que entre 20 y 30 por ciento de la capitalización total de mercado de las bolsas de valores del mundo está vinculada a los combustibles fósiles. Cualquiera que sea el valor real, podemos tener la certeza de que será más que suficiente para provocar el derrumbe financiero, si un número significativo de inversionistas abandonan súbitamente esas categorías de activos.

Si esto ocurre o no, dependerá en gran medida de las percepciones de cuán rápido y cuán lejos está dispuesto a ir el gobierno de Biden.

Las grandes petroleras no muestran hasta ahora señales de pánico. Se podría argumentar que los intereses económicos vinculados a los combustibles fósiles están tan profundamente arraigados en la estructura política de Estados Unidos, que ni el mismo poder del gobierno estadounidense será suficiente para contrariarlos.

Según esta visión, Biden estaría fanfarroneando, básicamente; sus promesas son tan sólo para fines políticos; y el prometido fin de la era de los combustibles fósiles no va a acontecer.

¿Pero cuanto se está dispuesto a apostar a eso? Fuerzas poderosas dentro de la comunidad financiera parecen estar preparándose para el estallido de la “burbuja del carbono” -y quieren lucrar con él.

Algunas voces, es verdad, argumentan a favor de provocar deliberadamente el estallido lo más rápido posible, antes de que la burbuja crezca todavía más, con enormes montos de inversiones que fluyan continuamente a la infraestructura de los combustibles fósiles en todo el mundo. El colapso es inevitable, argumentan, entonces ‘lo que se va a pelar, que se vaya remojando’.

El argumento clave es que las pérdidas financieras con el cambio climático serán ciertamente mayores. De acuerdo con ellos, las inundaciones, los incendios, las sequías, las tempestades extremas, cada vez más frecuentes, serán perjudiciales para muchas inversiones y, en especial, para las aseguradoras.

¿Cómo harán sus apuestas en el periodo venidero los inversionistas?

En realidad, abandonar los combustibles fósiles, que son todavía la base de la economía mundial, sólo puede ocurrir de forma gradual a lo largo de décadas. Pero las expectativas del mercado pueden cambiar en minutos.

En sus primeras semanas en el cargo, Biden envió fuertes señales de que está hablando en serio sobre como apartar al mundo de los combustibles fósiles, comenzando con los mismos Estados Unidos. Las señales incluyeron el regreso al acuerdo climático de París, la cancelación de las obras del oleoducto Keystone XL, la moratoria a nuevos arrendamientos para la extracción de petróleo y gas en tierras públicas, la instrucción a las agencias federales para que compren un gran número de automóviles eléctricos y la declaración de intención de suprimir los subsidios para los combustibles fósiles.

El 28 de enero, después de que Biden emitió la Orden Ejecutiva para Enfrentar la Crisis Climática en el Interior y en el Exterior, la revista Fortune escribió: “Las empresas de petróleo y gas sabían que caerían en una lucha con el presidente Joe Biden, quien hizo campaña para combatir el cambio climático. Nadie esperaba que los combustibles fósiles sufriesen un ataque de inmediato.

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