En un apagón mental promueven la privatización de Eletrobras

MSIa Informa, 4 de junio de 2021.– Eletrobras es la sexta empresa brasileña de capital a precio de mercado. Entre 2018 y 2020 registró 30 mil millones de reales de ganancias netas, de las cuales 6 400 millones de reales correspondieron al año pasado, que transcurrió en medio de la pandemia del covid-19. Maneja 164 plantas hidroeléctricas, termoeléctrica y nucleares, con capacidad instalada de 22 000 megavatios (MW), un tercio de la generación de electricidad nacional. Además, posee 58 mil kilómetros de líneas de trasmisión (57 por ciento del total nacional) y es dueña del centro más grande de investigaciones de electricidad del hemisferio Sur, el Cepel (Centro de Investigación de Energía Eléctrica), encargado de la elaboración de programas de computación, del ensayo de equipos y de sistemas y de otras actividades cruciales para el sector, en sociedad con universidades y otros centros de investigación para la preparación de personal.

Desde cualquier criterio, se trata de una empresa estratégica, rentable, de cuya posesión el Estado brasileño no puede prescindir. No existe ningún motivo que justifique la transferencia de esta empresa a grupos privados o a empresas estatales extranjeras -que ya poseen un margen considerable del sector eléctrico del país (81 por ciento de las adquisiciones y fusiones realizadas entre 2016 y 2018)-, como pretende el ala ultraliberal del gobierno, agrupada en torno del ministro de Economía, Paulo Guedes.

El pasado 19 del presente, la Cámara de diputados aprobó sin ninguna discusión que valga la pena mencionar la Medida Previsoria (MP) 1031/21 para la privatización de la empresa, en un afán incompatible con la importancia del asunto, y peor aún en un momento en que toda la tención debería estar enfocada a la emergencia sanitaria y la socioeconómica.

Lo que se ha visto en el sector eléctrico hasta ahora es exactamente lo opuesto. En la última década del siglo pasado, antes del inicio del ansia privatizadora iniciada por el gobierno de Fernando Henrique Cardoso, Brasil tenía una de las tarifas eléctricas más bajas del mundo, con un sistema predominantemente hidroeléctrico, confiable, referencia mundial en ese ramo y estructurado para satisfacer las necesidades de crecimiento de la economía y de la población en general. En ese entonces, una de las promesas, repetida ad nauseam era que la competencia traería tarifas más bajas para los consumidores, tanto comerciales como residenciales.

La tarifa media brasileña es hoy la segunda más alta del mundo en paridad de poder de compra, según los criterios de la Agencia Internacional de Energía. La base hidroeléctrica disminuyó de 85 por ciento a cerca de 65 por ciento y sigue cayendo, con la construcción creciente de termoeléctricas de altos costos operacionales de parques eólicos y solares, que no pueden servir de base del sistema (generación continua), debido a su intermitencia. Y, en lugar de tener orientada su expansión y operación en las necesidades de los consumidores, la motivación central del sector es ahora la generación rápida de ganancias para los accionistas de las empresas y, para el gobierno, obtener ingresos por la venta de las empresas para el pago de la deuda pública.

Además de las tarifas estratosféricas, la confiabilidad del sistema disminuyó considerablemente, como se pudo ver en el célebre “apagón” de 2000-2001 y, más recientemente, el que dejó a oscuras al estado de Amapá durante tres semanas a finales de 2020, que mostró escandalosamente las deficiencias y los problemas de la operación privada orientada exclusivamente a las ganancias. La concesionaria Linhas de Macapá Transmissora de Energía, en manos del grupo español Isolux Corsan, no tenía entonces ni siquiera técnicos para el mantenimiento regular de sus instalaciones, por lo que fue necesaria la intervención de técnicos de la Eletronorte, subsidiaria de Eletrobras, para reestablecer el servicio.

Eletrobras es una de las empresas más representativas de la gran capacidad de los brasileños para enfrentar con soluciones creativas y propias los problemas de su progreso, en lo que rivalizan en importancia con Petrobras, Vale do Rio Doce, Embratel, Embrapa, Embraer, o el Banco Nacional de Fomento Económico y Social (BNDES) y otras, algunas ya privatizadas, pero cuya creación resultó del compromiso de los idealistas para cumplir con el plan del progreso nacional.

Creada al final del segundo gobierno de Getulio Vargas, en 1954, Eletrobras enfrentó toda suerte de presiones contrarias por parte de los paulos guedes de entonces, que tenía apellidos como Gudin, Chateubriand, Cotrim, Campos y otros menos conocidos. En esencia, los mismo que se opusieron férreamente a la creación de Petrobras, fundada el año anterior, ardientes adeptos de la falaz tesis de la “vocación agrícola” del país y contrarios a cualquier esfuerzo de desarrollo soberano. A causa de esto, la empresa comenzó a operar apenas en 1962, en el gobierno de Joao Goulart, cuando la capacidad de generación instalada en todo el país no pasaba de 5 700 MW y la pequeña disponibilidad de electricidad resultaba un gran obstáculo para modernización de la economía.

Un paréntesis: la privatización de Eletrobras parece ser el principal motivo del ministro Guedes para aferrarse a un cargo que cualquier persona un con mínimo de bríos ya habría dejado, principalmente por las pifias de su política.

Eletrobras, en relativamente poco tiempo, forjó un equipo de profesionales de primera línea que planearon y construyeron uno de los sistemas de generación más eficiente y de mejor costo-beneficio del mundo, con una combinación perfecta de las características físicas y las necesidades de Brasil. La red se construyó a partir de plantas hidroeléctricas con grandes reservorios de regularización de los caudales de las cuencas hidrográficas de los ríos Sao Francisco y Paraná, intercomunicadas con redes de trasmisión capaces de llevar energía a un número creciente de regiones, de acuerdo con las diferencias de los periodos de lluvias y de estiaje de los río, con lo que se redujeron al mínimo los riesgos que se desprendían de estiajes excepcionales, como los que vuelven a amenazar al país este año.

Con rigor, el único gran “pecado” fue la construcción de barreras en ríos navegables sin esclusas que ayudarán al transporte, aunque esta no fuese una atribución específica de la empresa.

Estos avances se hicieron a la par de la capacitación de grandes empresas de ingeniería civil para la proyección y la construcción de presas, plantas, líneas de trasmisión y numerosas otras obras de infraestructura, y con la creación de técnicas adecuadas para los suelos y los climas nacionales, hazaña todavía poco conocida por la mayoría de los brasileños.

Aunque ya no posea las atribuciones de empresa centralizadora y coordinadora del servicio eléctrico, retiradas por el modelo mercantilista-privatista hegemónico a partir de la década final del siglo pasado, Eletrobras todavía juega un papel fundamental en el sector. Y, a juzgar por los precedentes, la renuncia del Estado a su dominio podría tener serias consecuencias negativas para la expansión de la oferta de electricidad a costos razonables, que será imprescindible para cualquier esfuerzo para reiniciar el desarrollo nacional.

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