Sus partidarios suponían que el Tercer Reich debería durar mil años, pero salió de la escena con apenas 12, dejando atrás una Alemania en ruinas y devastada una buena parte de Europa. Más modestos, luego de la caída de la Unión Soviética, a principio de los 1990s, los ideólogos de la hegemonía global de Estados Unidos proclamaron que este sería el advenimiento de un “nuevo siglo americano,” fundado en el triunfo de la democracia y de la economía de mercado; ambos componentes se erguirían en las formas definitivas de organización de la sociedad que descansaría en el dólar como moneda de referencia internacional y, principalmente, en el poderío de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Un cuarto de siglo después, el proyecto, no menos delirante que el de los nazis, llega a su fin, igualmente, luego de dejar destrucción y sufrimiento, directa o indirectamente, en varias naciones, Irak, Siria, Afganistán, Libia, Siria, Ucrania y otros.
Si en el futuro se estableciera un acontecimiento para señalar el fallecimiento del “nuevo siglo americano,” un candidato sería la reunión realizada en Viena, Austria, los días 29 y 30 de octubre, donde representantes de 19 países se encontraron para buscar una solución para detener el fuego del conflicto que devasta a Siria desde hace más de cuatro años y medio. Convocada por iniciativa de Estados Unidos, y con el respaldo inmediato de la Federación Rusa, a pesar de no haber participado la misma Siria y de las considerables divergencias manifestadas entre los involucrados, el encuentro fue una dura derrota para los planes belicistas favorecidos por Washington y sus aliados, principalmente en lo tocante a la obcecada insistencia en el derrocamiento del presidente Sirio, Bashar al-Assad. Por el contrario, prevaleció la pauta establecida por Moscú, con la inusitada presencia de Irán, para favorecer una negociación política sin condiciones previas sobre el futuro del gobierno sirio.
Aunque los detalles tendrán que perfeccionarse todavía en una segunda reunión la semana entrante, las líneas principales del acuerdo no dejan margen a dudas sobre la dimensión del revés estadounidense:
- La unidad, la independencia, la integridad territorial y el carácter secular de Siria son fundamentales.
- Las instituciones del Estado permanecerán intactas.
- Los derechos de todos los sirios, independiente de su condición étnica o de su fe religiosa, deberán protegerse.
- Es imperativo acelerar todos los esfuerzos diplomáticos para acabar con la guerra.
- Se asegurara el acceso humanitario a todo el territorio de Siria, y los participantes aumentarán el apoyo a las personas desplazadas internamente, a los refugiados y a sus países huéspedes.
- El Daesh (Estado Islámico) y otros grupos terroristas designados por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y otros, decididos por los participantes, deben ser derrotados.
- De acuerdo al Comunicado de Ginebra de 2013 y a la Resolución 2.118 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, los participantes invitarán a Naciones Unidas para reunir representantes del gobierno de Siria y de la oposición siria, para iniciar un proceso político que conduzca a un gobierno de confianza, incluyente y no sectario, seguido de una nueva Constitución y de nuevas elecciones. Estas elecciones se deberán realizar bajo la supervisión de Naciones Unidas, para cumplir con el gobierno y con los más elevados criterios internacionales de transparencia y de responsabilidad, de libertad y de honestidad, siendo elegibles para participar todos los sirios, inclusive los de la diáspora.
- Este proceso político será conducido por los sirios, y el pueblo sirio decidirá el futuro de Siria.
- Los participantes, al lado de Naciones Unidas, explorarán las modalidades para la aplicación de un cese al fuego, que se iniciará en una fecha establecida y en paralelo con ese proceso político renovador (RT, 30/10/2015)
El acuerdo, en esencia, descarta dos elementos vitales de la estrategia de Washington y de sus aliados: el derrocamiento de Assad como condición indispensable para cualquier entendimiento sobre el futuro de Siria y la posterior balcanización del país en pseudo estados fundados nominalmente en divisiones étnico-religiosas de la población siria. También, establece que el Estado Islámico (EI) y los grupos yihadistas asociados a él tienen que ser derrotados, además de neutralizar las ya remotas posibilidades de ganancias militares en lo que queda de la oposición no sectaria apoyada por Estados Unidos y sus Aliados.
A todas luces, este acontecimiento fue el resultado de la determinación rusa de trazar una línea roja para el plan belicista estadounidense, luego de la trágica neutralidad ante la intervención de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) que condujo a la destrucción de Libia en 2011. La resolución rusa se manifestó en 2013 en varios eventos: impedir el ataque militar inminente de Estados Unidos a Siria y la subsecuente destrucción de las armas químicas sirias; en 2014, en la reincorporación de Crimea a la Federación Rusa; en la actuación diplomática decisiva para firmar el acuerdo nuclear con Irán; y, principalmente, con la exitosa y legítima intervención militar en Siria, la que en tan sólo un mes de ataques aéreos precisos transformó el cuadro en el campo a favor del gobierno de Damasco.
Es de la mayor importancia el que, a pesar de fundarse en la línea rusa (con el discreto respaldo chino), el escenario creado por el acuerdo deja una “salida honrosa” a Washington y a su corte de aliados-vasallos, donde destacan los restos de los opositores no yihadistas de al-Assad, ya que el objetivo de Moscú no es humillar a la híper potencia, sino colocar los debidos límites a su actuación en el escenario mundial.

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