No siempre es fácil percibir las evidencias de un cambio de era, cuando se está en medio de ella. Aún más cuando ellas se refieren a un sistema hegemónico repartidor de las cartas en el escenario mundial de los dos últimos siglos, tal cual es el caso de la agenda británica de dominación, debidamente adoptada por las elites dirigentes de los EUA, incluso antes del declive formal del Imperio Británico, después de la II Guerra Mundial. Sin embargo, ahora se muestran a la luz del día y pueden reconocerse con el uso de un sentido crítico, capaz de ver más allá de las cortinas de humo y de las distracciones ofrecidas por la llamada gran prensa, cada vez más explícita en su papel de guardián del status quo.
Los desarrollos del embrollo involucrando al doble ex-agente ruso Sergei Skripal y su hija Yulia, en Salisbury, Inglaterra, presuntamente envenenados por un gas nerviosos de origen ruso, son emblemáticos de la desesperación de las cabezas pensantes del sistema anglo-americano ante la rápida erosión de su poderío.
El gran problema son las evidencias; lejos de corroborar, ponen un gran punto de interrogación en la versión oficial del gobierno británico.
Entrevistado en la red de televisión Sky News del pasado 3 de abril, el jefe del centro de guerra química de Porton Down, Gary Aitkenhead, negó que su personal hubiera identificado a Rusia como el origen del agente químico responsable del envenenamiento de los Skripal. La negativa puso en camisa de once varas a la premier Theresa May y, principalmente, al boquiflojo secretario del Exterior Boris Johnson, quien, en una entrevista a la red alemana Deutsche Welle, había afirmado que el laboratorio había sido categórico en la identificación del origen del material. A pesar de la pronta reacción de “control de daños” de la Foreign Office, afirmando que la identificación era posible con varios otros elementos de inteligencia y apagando un tuit del embajador en Moscú, Laurie Bristow, en el cual reiteraba el origen ruso del agente químico, el daño estaba hecho. (RT, 5 de abril de 2018).
Para complicar el cuadro, Yulia Skripal había dicho, tanto en una declaración difundida por la policía británica, como en una conversación telefónica con su prima Viktoria, en Moscú grabada y divulgada por la televisión rusa, que ella y su padre se estaban recuperando y no aparentaban tener secuelas irreversibles del problema sufrido, aunque no quiso entrar en detalles al respecto (RT, 5 de abril de 2018).
Nada mal, para la víctima de un agente guerra química (Novichok) considerado de altísima letalidad y, al igual que la mayoría de las armas químicas, diseñada para incapacitar a sus objetivos en cuestión de minutos. Según la versión más reciente de las autoridades británicas sobre la forma de envenenamiento (después de varias otras), la sustancia habría sido colocada en la perilla externa de la puerta de la casad de Sergei Skripal, algo inconsistente con la supuesta toxicidad del Novichok, considerando que él y su hija todavía tuvieron tiempo de comer y pasear por la ciudad antes de ser encontrados agonizantes en una banca de la plaza.
No obstante el cúmulo de inconsistencias, el gobierno británico logró neutralizar una petición rusa junto a la Organización para la Proscripción de Armas Químicas (OPAQ), para que la agencia oficializara un requerimiento para la participación del país en las investigaciones sobre el caso, la cual fue rechazada. La explicación, según el ex-diplomático brasileño José Mauricio Bustani, ex-director general de la OPAQ y ex-embajador en Londres, se debe a la “politización” de la agencia: “Es muy difícil en una situación de esta naturaleza mantener una actitud no discriminatoria en el cálculo de los datos. Usted siempre está presionado por un lado o por el otro para acusar o defender (O Globo, 5 de abril de 2018)”.
A pesar del aparente show de solidaridad, han surgido algunas fisuras relevantes, las cuales indican que las pesadas manos de Londres y Washington ya no se consideran tan pesadas como antaño. Quizá, la negativa más significativa haya sido la de Nueva Zelanda, quien todavía tiene a la reina Elisabeth II como jefa de Estado y es uno de los cinco miembros del grupo “Cinco Ojos”, el ultra-sofisticado sistema de vigilancia electrónica (también conocido como Echelon), pieza fundamental de la espina dorsal del aparato de inteligencia anglo-americano. No sin una dosis de ironía, Wellington respondió al llamado de solidaridad afirmando no haber encontrado a ningún espía ruso operando en el país.
De la misma manera, Austria se rehusó a expulsar diplomáticos rusos, limitándose a convocar a su embajador en Moscú para consultas. Entre los miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Grecia, Portugal y Eslovaquia no se mostraron solidarios. El premier griego Alexis Tsipras argumentó que le gustaría ver evidencias sólidas de la participación rusa en el episodio.
Después de lo planteado por el laboratorio de Porton Down, el coordinador de asuntos rusos del gobierno alemán, Gernot Erler, declaró a la red ARD: “Esto contradice lo que vimos anteriormente de políticos británicos y, ciertamente, aumentará la presión sobre Gran Bretaña para mostrar pruebas adicionales de que las huellas apuntan, de forma plausible, hacia Moscú (RT, 5 de abril de 2018)”.
Alemania participó expulsando a cuatro diplomáticos rusos, en cuota de solidaridad al Reino Unido.
En un aparente intento de reducir los ruidos generados por el episodio, tanto Berlín como Washington propusieron que Moscú substituyera a los diplomáticos expulsados. Esto podría reflejar las intensas disputas internas desarrollándose tras bastidores del “establishment” de ambos lados del Atlántico sobre la orientación preferencial de las relaciones con Rusia, no siendo pocos aquellos favorables a un entendimiento y a la cooperación, en lugar de una confrontación permanente favorecida por los círculos más belicistas.
El retorno de Rusia al primer plano de la geopolítica global ocurre en paralelo al declive de la capacidad anglo-americana de imponer su agenda estratégica en la gran área que se extiende del Gran Oriente Medio a la región de Asía-Pacífico, en especial, en el gran eje euroasiático, en el cual China y Rusia trabajan para consolidar una alternativa de cooperación y no hegemónica para lograr un desarrollo compartido de las naciones involucradas. Para los estrategas británicos, en particular, desde el siglo XIX se han mostrado obcecados en evitar el dominio de Eurasia de cualquier potencia rival, la desgracia causada por semejante conjunción de factores ayuda a explicar el recurrir a maniobras de tan alto riesgo como el burlesco episodio involucrando a los Skripal.

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