Dos cumbres, un interregno

El fin de semana del 9 y 10 de junio estuvo marcado por dos reuniones de la cumbre política internacional que congregaron a las mayores potencias del planeta y, a pesar de las diferencias de planes y de formato, resaltaron una de las características más relevantes de las transformaciones mundiales en marcha: el retorno de los estados nacionales a primer plano del proceso civilizatorio, con la consecuente declinación de la globalización en su forma actual, manejada por intereses financieros.

A su manera, tanto la reunión del G-7 en Quebec, Canadá, como la de la Organización para la Cooperación de Shanghái (SCO, por sus siglas en inglés) en Qingdao, China, mostraron el interregno que atraviesa la humanidad. De un lado, el visiblemente marchito “viejo mundo” hegemónico que encabeza el eje angloamericano. Del otro, un nuevo orden de poder mundial todavía en gestación, definido por la consolidación de nuevos protagonistas en el primer plano de la política internacional y, no menos relevante, por el protagonismo creciente de partes de la sociedad insatisfechas con los rumbos escogidos por sus dirigentes y por sus gobiernos, con frecuencia contrarios a sus intereses más legítimos.

En Canadá, el comportamiento bullicioso del presidente Donald Trump aportó una demostración de las turbulencias que acosan al vetusto club de las antiguas potencias más industrializadas. Llegó tarde, antagonizó a sus colegas, dejó el encuentro antes del final, esperó a estar a bordo del avión presidencial para enviar por Twiter su discordancia con las resoluciones decididas y, no satisfecho, insultó a su anfitrión, el primer ministro Justin Trudeau llamándolo deshonesto y débil.

Trump se enfrentó igualmente a sus colegas, con la excepción del recién nombrado Primer ministro de Italia, Giuseppe Conte, al defender el retorno de Rusia al G-7, para restaurar el antiguo G-8, del cual fue expulsada luego de la reincorporación de Crimea en 2014. Y, a pesar de la feroz campaña contra Rusia vigente en Washington, anunció su intención de encontrarse en un futuro cercano con el presidente Vladímir Putin.

Uno de los temas que más contribuyó a elevar el tono de las discusiones en la reunión fue la decisión de la Casa Blanca de imponer una sobre tasa de 10 por ciento a las importaciones estadounidenses de acero de Canadá, México y la Unión Europea (UE). Junto con la imposición de un mega paquete de restricciones comerciales de 250 000 millones de dólares a las importaciones de China.

La reunión cumbre de Quebec, en esencia, dejó manifiesta la debilidad de la articulación político-económica que prevalece desde la década de 1970, luego de que Estados Unidos demoliera las estructuras monetarias y financieras del sistema de Bretton Woods, responsables de los “años dorados” de la post guerra, ruptura que abrió el camino para una era de hegemonía financiera que representa hoy el mayor obstáculo para el avance civilizatorio de la humanidad.

En la medida que Trump, a pesar de todas sus debilidades personales, se dispone a contrariar a aliados y socios de hegemonía para defender los intereses estadounidenses, favorece las nuevas disensiones en países que atraviesan su propia cuota de problemas internos producto de la agenda hegemónica -bajo crecimiento, desempleo (principalmente entre los jóvenes), tensiones sociales, emigración indeseada, etc. Tarde o temprano la cuerda se romperá.

Explorando nuevos caminos

Del otro lado del mundo, en Qingdao, en contraste con los decadentes intercambios de golpes de Quebec, la décimo octava cumbre de la SCO centró su atención en el tipo de arquitectura sinérgica que podrá ser el marco de las relaciones internacionales en las décadas venideras, fundada en la cooperación, en los beneficios compartidos y el respeto de las soberanías y de los intereses de los otros países.

El grupo, significativamente, fue creado en el “Espíritu de Shanghái”: confianza mutua, beneficios mutuos y énfasis en la igualdad, consultas y respeto de la diversidad de civilizaciones.

Esta reunión cumbre fue la primera en incluir como miembros plenos a India y Paquistán, para los cuales la SCO representa un foro conveniente para el entendimiento sobre las divergencias que podrían llevar al aumento de las tensiones entre estos dos adversarios históricos.

El siguiente país que recibirá esta condición jurídica será Irán, actualmente miembro observador, ahora en dificultades con Occidente por la retirada de Estados Unidos del acuerdo nuclear de 2015 y por su intervención en el conflicto de Irán.

Los demás miembros plenos son China, Rusia, Kazakstán, Kirguizia, Tadjikistán y Uzbekistán. Además de Irán, Afganistán Bielorrusia y Mongolia son observadores, y Armenia, Azerbaiyán, Camboya, Nepal, Sri Lanka y Turquía son socios de diálogo. El encuentro de Qingdao demostró por enésima vez el alto grado de entendimiento entre China y Rusia, lo que se observó en las manifestaciones de aprecio del presidente Xi Jinping con Vladimir Putin, agraciado con una singular Medalla de Amistad. De la misma forma, Xi calificó a Rusia de ser la “mejor aliada” de China y uso en público por primera vez la expresión “sociedad estratégica” para definir las relaciones entre los dos países.

En su discurso inaugural, Xi envió un recado directo a Estados Unidos, al afirmar que “debemos rechazar la mentalidad de la Guerra Fría y de la confrontación entre bloques, y oponernos a la práctica de buscar nuestra propia seguridad absoluta a costa de otros, para obtener, en cambio, la seguridad de todos” (Al-Jazeera, 10/06/2018).

De la misma forma, es muy significativo que también haya advertido que “el unilateralismo, el proteccionismo comercial y el retroceso contra la globalización están asumiendo nuevas formas.”

Como una de las principales beneficiarias de la globalización desencadenada por Estados Unidos, China se preocupa con cualquier señal de proteccionismo potencialmente perjudicial para las enormes exportaciones de productos manufacturados y servicios que constituyen la base de su poderosa economía. Por ello, Xi asumió el papel de paladín de la globalización, como ya se presentó, inclusive, en el templo del capitalismo mundial, el Foro de Davos.

No obstante, a pesar de su iniciativa de poner en práctica el vasto esfuerzo de integración física y económica del eje euroasiático como pivote de un nuevo impulso económico global, China también tendrá que ajustarse al “Espíritu de Shanghái” en cuanto al respeto de los intereses de los demás países en la preservación de sus propias capacidades productivas. De ningún modo, el nuevo escenario mundial en gestación admitirá la sustitución de una hegemonía por otra, por más “benigna” que esta pueda presentarse.

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