El Real Instituto de Asuntos Internacionales (RIIA) británico, mejor conocido como Chatham House, el principal órgano de estudios del “establishment” británico, acaba de descubrir que existe un vacío entre las élites gobernantes europeas y la sociedad con relación a varios aspectos, en particular sobre las perspectivas de la Unión Europea (UE).
Esto es lo que se observa en el informe divulgado recientemente titulado “El futuro de Europa: comparación de actitudes del público y de la élite.” El estudio fue realizado entre diciembre de 2016 y febrero de 2017, en diez países del bloque, el cual abarcó una muestra de 10 mil personas de la sociedad en general y de cerca de 1 800 integrantes de la “élite,” “individuos en posiciones de influencia en la política, en la prensa, en los negocios y en la sociedad civil, tanto del ámbito local como regional, nacional y europeo” (pertenecientes a la estructura de la UE-n.e.). En el resumen presentado, un párrafo es particularmente indicativo de las conclusiones del estudio:
“Los datos revelan un continente dividido a lo largo de tres líneas. Primero, hay una división entre las élites y el público. Hay alejamiento entre dos grupos, en sus actitudes respecto a, entre otras cosas, a la solidaridad con la UE, la democracia en la UE y al sentido de identidad europeas. Sin embargo, los datos también muestran una división importante en las actitudes generales, creencias y experiencias de vida. La élite es más propensa a vivenciar los beneficios de la integración de la UE y es más liberal y optimista. En paralelo, hay un descontento hirviente entre el público, gran parte del cual ve a la UE en términos negativos, quiere que devuelva algunos poderes a los estados miembros y se siente temerosa con los efectos de la emigración. Tan sólo 34 por ciento del público siente que se benefició con la UE, en comparación con el 71 por ciento de la élite. La mayoría del público (54 por ciento) piensa que su país era un lugar mejor para vivir hace 20 años”.
Para los autores del estudio, “los líderes de las instituciones de la UE, así como los políticos nacionales, necesitan invertir más esfuerzos para llenar el vacío que existe entre sus propias actitudes y las de sus ciudadanos en lo tocante a los temas sociales más profundos –tales como el miedo a la pérdida de la identidad nacional, las presiones de la emigración y la percepción del acceso desigual a las oportunidades.”
Desafortunadamente, el estudio se limita a identificar el problema, sin ofrecer ninguna solución política viable para enfrentarlo. Por ejemplo, un cambio fundamental sería la reducción de atribuciones y de poderes de la “eurocracia de Bruselas”; otro la reconversión del sistema financiero mundial para encarrilarlo en lo que le es propio, es decir un abastecedor de crédito productivo necesario para conseguir fructificar una economía global cada vez más sofisticada en interdependiente, pero actualmente paralizada por un sistema de usura.

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