Brasil: incumplimiento, chantaje usurero y economía de camposanto

En días recientes, el financista Luiz Cezar Fernandes, de la consultoría GRT Partners, volvió a recibir gran cobertura mediática semejante a cuando era el principal accionista del banco Pactual, al pronosticar la inevitabilidad de un “calote” (“calote”, expresión coloquial del portugués que significa incumplimiento) en la deuda pública por el siguiente gobierno.

En un posteo en su perfil de la red social Linkedin, Fernandes advirtió que la deuda pública interna podría llegar al 100% del PIB, a principios del próximo mandato presidencial, generando una situación insostenible y capaz de volver inevitable un “default” (incumplimiento) de la deuda. Según dijo, “un default en nuestra deuda interna implicaría una quiebra del sistema, llegando tanto a los grandes bancos como a las personas físicas, pasando por family offices y similares. Para evitar una corrida bancaria, las grandes instituciones bancarias tendrán, obligatoriamente, que impedir a sus clientes los retiros de sus ahorros a la vista o a plazos”.

Si esto no se hiciera, afirma, “tendremos una situación todavía más grave que la vivida por Venezuela” La solución, apunta, es: “Reformas ya o solamente quedará el calote”.

Posteriormente, en una larga entrevista publicada en el sitio Brasil247 del 24 de agosto pasado, resaltó que una reestructuración de la deuda sería todavía más grave que la confiscación del ahorro hecha por el gobierno de Collor (1990-92), con el congelamiento de las aplicaciones financieras y la disminución de sus rendimientos.

Curiosamente, Fernandes criticó las tasas de interés récord y el rentismo prevaleciente en la economía brasileña –responsables, según afirmó, de la creación de una sociedad de “rentistas”, o sea personas que viven de los intereses y no de la producción.

Ni aunque se privatizara todo, advirtió, sería posible contener la sangría de la deuda.

Sin embargo, la salida del impasse estará en las “reformas” propuestas por el actual gobierno – ¡y no pensar en la reestructuración de la deuda!

Es decir, su testimonio se asemeja a un auténtico chantaje de la clase rentista en la línea, sin las “reformas” nada se hará.

Ahora, el explosivo crecimiento de la deuda ocurre en función de las políticas pro-rentistas que han constituido el cimiento del sistema político-económico vigente en toda la Nueva República, acentuándose a partir de la década de 1990 y transformando a Brasil en una “fábrica de intereses”, tal y como oportunamente lo calificó el presidente del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES), Paulo Rabello de Castro. Por si las dudas, los títulos de la deuda constituye la “inversión” más rentable de la plaza, muy por encima de cualquier actividad productiva legal.

Por esto, la dimensión alcanzada por este “Sistema de Deuda” (título igualmente certero acuñado por la ex-auditora fiscal Maria Lúcia Fattorelli) no podría desvincularse de la extensión de la corrupción del sistema político, conjunción que hace inviable cualquier posibilidad de recuperación de la economía nacional y pone en riesgo el futuro de Brasil como nación civilizada a la altura de los retos del siglo XXI.

A todas luces, se trata de una arquitectura inherentemente inestable, lista para explotar bajo el peso de su propia disfuncionalidad para el conjunto de la sociedad, posiblemente en medio de una tremenda explosión social cuyos indicios son visibles.

Consecuentemente, la pauta de “reformas” y liquidaciones de lo que queda del patrimonio del Estado brasileño, con lo cual el gobierno de Temer y sus simpatizantes pretenden dar una sobrevida a tal sistema, implica un virtual suicidio nacional.

Nadie debe ilusionarse. A pesar de la “prosperidad” momentánea, ejemplificada por las ganancias récord de los mega-bancos hegemónicos en el sector, ese parasitismo rentista es insustentable, porque incluso un tumor canceroso se extingue con la muerte del organismo infestado. En cuanto al sistema representativo, sus principales próceres son virtuales cadáveres políticos insepultos, una horda de zombis que insiste en asombrar al país, con la ilusión de proporcionar una incierta sobrevida a un sistema condenado –cuyo resultado no podría ser otro, más que una economía de camposanto.

La salida a esta mega-crisis, sin exagerar la peor de la historia brasileña, no está en los cambios políticos cosméticos que se discuten en el Congreso Nacional, ni, mucho menos, en los draconianos recortes presupuestales que amenazan paralizar sectores cruciales de la administración pública, o en las pseudoreformas y privatizaciones propuestas por el gobierno.

Las verdaderas reformas necesarias son de otra naturaleza.

En la esfera política, es necesario abandonar los diseños y prejuicios del cuño ideológico heredado por la Guerra Fría, con las respectivas ilusiones de que la “consciencia colectiva” del proletariado o la mera suma de las iniciativas individuales, puedan resultar en el Bien Común necesario para la estructuración de cualquier sociedad sustentable a largo plazo.

Para esto, independientemente de su formato, el sistema político necesita tener como pilar central, lo que podriamos denominar un sistema del Bien Común

En el área económica, nunca estará por demás llamar la atención de las lecciones de la Historia: ninguna economía nacional de porte logró superar una depresión como la brasileña sin un vasto plan de inversiones públicas en actividades productivas, en especial, grandes programas de infraestructura física y social, como el New Deal estadounidense de la década de 1930.

Para Brasil, al contrario de lo referido por Luiz Cezar Fernandes, el camino a recorrer se inicia con la reestructuración de la deuda pública de todos los entes federativos, esta sí, la primera tarea de un eventual gobierno realmente comprometido con el futuro de la nación, teniendo como horizonte un proyecto nacional libre de la usura.

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