La amenaza de una intervención militar contra Venezuela realizada por Donald Trump, no es una proverbial falla del boquiflojo presidente estadounidense, sino un ardid deliberado para soslayar un apoyo al presidente de Nicolás Maduro en un momento de gran inestabilidad de su debilitado régimen crecientemente objetado.
Para aquellos que todavía consideran bizarra la idea de un apoyo de Washington a Maduro, habrá que recordar que en marzo de 2015, el presidente Barack Obama realizó una maniobra idéntica al emitir una orden ejecutiva declarando a Venezuela una “amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional”. Tal medida allanó el camino para aplicar sanciones a funcionarios gubernamentales acusados de abusos de derechos humanos contra dirigentes opositores al régimen.
Ahora Trump afirmó que “Tenemos muchas opciones para Venezuela. Y, por cierto, no voy a descartar una opción militar«. Declaración que se aleja bastante de una amenaza real, una absoluta locura que pondría instantáneamente al continente iberoamericano en pie de guerra contra los Estados Unidos, como se constata por las sucesivas manifestaciones contrarias efectuadas por las cancillerías de la región. En respuesta hasta el Pentágono fue obligado a admitir que “las insinuaciones de invasión” no tienen fundamento”.
En los dos casos unir fuerzas en torno al enemigo externo es una artimaña perfecta para ganar apoyo de la población: “El pueblo debe estar preparado junto a su fuerza armada, unión cívico militar. Porque yo sé en qué está el imperialismo estadounidense, se que se han dado órdenes para derrocarnos”, respondió Maduro a Obama en aquella ocasión.
La respuesta a Donald Trump fue también la esperada: reunir desesperadamente apoyo a Maduro especialmente de las Fuerzas Armadas, tendiente a extinguir focos de rebelión en sus filas; por eso el gobierno anunció el 14 de agosto la realización de una gran maniobra cívico militar. Pero quizá el apoyo sea menor en la medida en que el país ha entrado en una nueva fase de deterioro político y se ha sumergido en un mar de carestía económica, al grado que la principal base de sustentación del gobierno sean la fuerza militar y las fuerzas paramilitares (Milicia Nacional Bolivariana y los denominados “colectivos”, violentos grupos de militantes que lindan en la delincuencia).
La respuesta negativa a la clara artimaña de Washington se ha manifestado en diversos segmentos políticos. Un ejemplo fue un comentario del periódico El Mundo del 12 de agosto qué sostiene:
“La última ocurrencia veraniega del presidente estadounidense cayó como una bomba en el avispero nacional venezolano. Una «locura de supremo extremismo», la definió el general Vladimir López Padrino, ministro de Defensa, mientras que el gobernador opositor Henri Falcón irrumpió en redes sociales para clamar «¡Insolente Trump! ¡Este peo (lío) es nuestro! Resuelve los tuyos que son bastantes!».
Y agrega: “El mayor repunte de popularidad de Maduro en los últimos años se produjo cuando el gobierno de Barack Obama declaró a Venezuela una «amenaza» contra su seguridad. El Gobierno bolivariano lo aprovechó al máximo, atizando su propaganda (…). La Unidad Democrática, que guardó silencio durante las primeras horas, ha rechazado siempre cualquier tipo de intervención exterior, aunque sí está a favor de las sanciones económicas contra la alta jerarquía chavista. Solo la minoría más radical aplaudió la ocurrencia de Trump”.
Al mismo tiempo el repudio de la población a Maduro aumenta, hecho mostrado en la alta votación que recibió el plebiscito informal contra la instalación de la Asamblea Constituyente, convocado por la Mesa de Unidad Democrática (MUD), a pesar de que en ella conviva una variedad de fuerzas algunas hasta con motivaciones antagónicas y oscuras.
Además, la Iglesia Católica que se había mantenido como depositaria de la mediación del conflicto intentada por la diplomacia del Vaticano, rompió con el gobierno de Maduro y en un llamado urgente a la nación, los obispos al concluir su Asamblea plenaria ordinaria que se celebró en Caracas del 7 al 12 de julio, dieron a conocer un “Mensaje urgente a los católicos y personas de buena voluntad en Venezuela”, en el que otros cosas piden a las Fuerzas Armadas que se mantengan del lado de la población.
Los dos momentos tienen algo en común: en ambos se prefiguraba el espectro de una alianza cívico-militar, potencialmente hostil a las maquinaciones geopolíticas de Washington, siempre ambicionando en control de los recursos naturales del país. Pero la diferencia entre uno y otro, es que en esta ocasión tal posibilidad es más cercana porque el desgaste del gobierno de Maduro se acelera y es conocido que en los mandos medios de las fuerzas armadas la insatisfacción aumenta y alcanza a tocar la “familia militar. El destemple de Trump casi coincidió con la detención del capitán Juan Caguaripano, líder del malogrado “pronunciamiento” del 6 de agosto, termómetro del descontento que existe en la institución armada.
La lógica del poder hegemónico estadounidense peca de llana: es preferible apoyar la descomposición del régimen de Maduro a arriesgar una salida fuera de su posibilidad de control, que pudiera representar un obstáculo al designio de mantener a Venezuela como una colonia abastecedora segura de petróleo.

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