El terrorismo no ocurre en el vacío

Bruxelas-terrorismo

Los brutales ataques terroristas de Bruselas, que se suman a una trágica lista de actos semejantes ocurridos recientemente en grandes ciudades como Estambul, Yacarta, París y otras, han sido abordados por la prensa occidental bajo la óptica casi exclusiva del fundamentalismo islámico.

Con esta visión simplista, el fanatismo religioso se considera la causa necesaria y suficiente para explicar por qué individuos predominantemente jóvenes se disponen a matar el mayor número posible de personas para ellos desconocidas, y, con frecuencia, sacrificando sus propias vidas.

Pocos análisis van más allá del lugar común de que el Islam tendría alguna propensión intrínseca al sectarismo y a la violencia, superior a las demás religiones monoteístas, y toman en cuenta el ambiente de falta de perspectiva de vida y futuro dignos en que vive un gran número de jóvenes musulmanes, tanto en los países musulmanes como en la misma Europa, condiciones que los hacen más propensos a las prédicas radicales y al llamado a la violencia “purgativa” de los males de las sociedades. Sin embargo, son raras las que colocan en la raíz del problema los planes políticos y económicos de los mismos gobiernos empeñados en la “guerra al terror,” sin los cuales el terrorismo difícilmente extrapolaría de la condición de un fenómeno marginal y mucho menos frecuente.

Uno de esos autores raros es el periodista irlandés Patrick Cockburn, corresponsal del Independent en Medio Oriente y uno de los mejores conocedores de la región y de sus culturas. En su último artículo (“Cómo los políticos esquivan la culpa por el terrorismo”), publicado el 19 de marzo, luego de la captura de Salah Abdeslam, uno de los fugitivos de los ataques de noviembre en París, y tres días antes de la carnicería de Bruselas, volvió a instigar a sus lectores a pensar en el cuadro más amplio del fenómeno terrorista. Luego de criticar la falta de interés periodístico por los ataques en un país como Irak o Siria (donde se encuentra la enorme mayoría de las víctimas), observa:

“En Europa siempre hubo en las metes de las personas una desconexión entre las guerras de Irak y de Siria y los ataques terroristas contra los europeos. Esto se debe en parte a que Bagdad y Damasco son lugares exóticos y aterradores, y las fotografías de los resultados de los ataques han sido la norma desde la invasión estadounidense de 2003. Pero hay una razón más insidiosa por la que los europeos no hacen la debida relación entre las guerras del Medio Oriente y la amenaza a su propia seguridad. Separar las dos cosas es de interés para los dirigentes políticos occidentales, porque eso significa que el público no ve que su desastroso comportamiento en Irak, Afganistán, Libia y otros lugares, crearon las condiciones para el surgimiento del ISIS (antigua denominación del Estado Islámico) y de las bandas terroristas como la que incluía en sus filas a Salah Abdeslam. La efusión de luto oficial que comúnmente sigue a las atrocidades, como la marcha de 40 gobernantes del mundo por las calles de París luego de la matanza de Charlie Hebdo el año pasado ayuda a neutralizar cualquier idea de que los fracasos políticos de esos mismos gobernantes puedan ser, de cierta forma, culpables de las masacres. Al final de cuentas, tales marchas son promovidas en general por los que tienen poder para protestar y mostrar una actitud de desafío, sino, en ese caso, la marcha sirvió, sencillamente, como una pieza publicitaria para desviar la atención de la inhabilidad de esos líderes para actuar efectivamente e interrumpir las guerras de Medio Oriente, que ellos hicieron mucho para provocar.

“Un aspecto extraño de esos conflictos es que los líderes occidentales nunca tuvieron que pagar un precio político por su papel en iniciarlos o seguir una política que, efectivamente, incendia la violencia. El ISIS es un poder creciente en Libia, algo que no habría acontecido si (el Premier británico) David Cameron y (el entonces Presidente francés) Nicolás Sarkozy no hubiesen ayudado a destruir el Estado libio, al derrocar (a Muamar) Jadafi en 2011. Al-Qaida se está extendiendo en Yemen, donde los líderes occidentales le dieron mano libre a Arabia Saudita para iniciar una campaña de bombardeos que dejó en ruinas el país.

“Luego de la masacre de París, el año pasado, hubo un torrente apoyo emocional para Francia y pocas críticas a la política francesa en Siria y en Libia, aunque desde 2011 hayan favorecido al ISIS y a otros movimientos salafistas-yijadistas. (…)

“Gran Bretaña y Francia están agarradas a Arabia Saudita y a las monarquías del Golfo en su política para Siria. Pregunté la razón de esto a un ex negociador y él respondió, secamente: “Dinero. Querían contratos sauditas.” Luego de la captura de Salah Abdeslam, se comenzó a hablar de los lapsos de seguridad que permitieron escapar de la prisión por tanto tiempo, pero esto no tiene importancia, en la medida que los ataques terroristas continuarán mientras el ISIS permanezca siendo un poder. Una vez más, la difusión de la prensa, de una punta a la otra, está permitiendo que los gobiernos occidentales esquiven su responsabilidad por un error de seguridad mucho peor, que sea su propio y desastroso comportamiento.”

Otro agudo observador, el estadounidense Chris Floyd, en el blog Empire Burlesque, horas después de los ataques de Bruselas, en el que refuerza los argumentos de Cockburn, escribió un artículo sugestivamente titulado “Suma cero en Bruselas: la visión salvaje que mueve un mundo infestado por el terror.” Dice así:

“Las atrocidades de Bruselas -y se trata de atrocidades horrendas, criminales- no están ocurriendo en el vacío. No están floreciendo en un abismo de malevolencia no motivada. Son el pago, en especie, a las atroces violencias cometidas regularmente por las potencias occidentales en varios países del mundo. Y, así como no hay nada que justifique para los actos carniceros de Bruselas (de París, de Turquía y de otros lugares), de la misma forma, no hay justificación para los actos carniceros mucho mayores y mucho más letales que están practicando las más poderosas y prósperas naciones de la Tierra, día tras día, año tras año.

“Las potencias occidentales saben esto. Durante años, sus sugerencias de espionaje -en un estudio tras otro- han confirmado que las principales causas de la “radicalización” violenta en tierras musulmanas. Esas intervenciones se hacen con el propósito de asegurar el dominio económico y político de tierras ricas en recursos energéticos y sus entornos estratégicos por intereses occidentales. Es flagrantemente trasparente que ellas no tienen la menor relación con la “liberación” de personas de persecuciones religiosas o políticas, o con hacer “más seguro” el mundo. Ellas se refieren al dominio puro y simple. Ese aspecto es raramente cuestionado, aunque los campeones del dominio afirmen que se trata de una cosa buena. Durante décadas hemos escuchado el argumento de los excepcionalistas estadounidenses de que “si no hiciéramos eso” -quiere decir, si no dominamos el mundo, militar y económicamente- “alguien los hará.” La implicación, claro, es la de que un “cierto alguien” será mucho peor que nosotros mismos, que somos divinamente bendecidos y bien intencionados.

“Hay una visión del mundo ferozmente primitiva subyacente en esa filosofía (que se observa casi universalmente en todo el espectro político estadounidense y en aquellos países que se pegan a la huellas de la dominación estadounidense). Ella dice que la dominación violenta es la única realidad en los asuntos humanos: se debe dominar o ser dominado. Se debe comer o ser comido. Se debe matar o ser matado. No hay opción. Si “nosotros” no dominamos -si es necesario, por la fuerza, haciendo “lo que fuera necesario”- es cierto que alguna otra potencia lo hará. Dominación y poder es todo lo que existe; la única cuestión es cómo se distribuyen y quien controla esta distribución. Y no hay precio que no se pueda pagar para obtener -o mantener- ese dominio. (…)

“En esa visión del mundo extremadamente limitada, la vida siempre es un juego de suma cero. Dar más oportunidades a alguien significa menos para sí mismo y para los suyos. Cuando más libre es alguien, menos libre serás tú. No hay bastante para todos. Se pueden encontrar visiones del mundo más sofisticadas y empáticas en los patios de primaria o en los cubiles de los lobos.

“Entonces, volvamos a la política de las naciones occidentales. Todas, sin excepción, se fundan en el objetivo de asegurar el dominio efectivo (de cualquier forma) de recursos económicos y estratégicos, en beneficio de sus propias estructuras de poder. (…) Los que promueven esa política aceptan, consciente y deliberadamente, que ella, inevitablemente, causará destrucción en el exterior y “represalias” en casa. Saben y aceptan que esa política desestabilizará el mundo, lo que radicalizará a algunos de los que sufrirán por causa de ella, que generará menos seguridad en casa, que drenará los presupuestos públicos y dejará a sus propios pueblos hundidos en comunidades quebradas, con infraestructura decadente, deudas crecientes, menos oportunidades, futuros sombríos y vidas sin esperanza. (…)

Las personas de Bruselas -como las de París y como la multitud mucho mayor de víctimas de Irak, Siria, Sudán, Somalia, etc. -están, sí, “cosechando la tempestad” de la política exterior occidental. Los criminales que efectuaron los ataques más recientes adoptaron la mentalidad de nuestras élites occidentales, que enseñan al mundo, día tras día, que la destrucción de vidas inocentes es un precio aceptable en pago por alcanzar sus objetivos. Se puede y se debe hacer “lo que fuese preciso” -aunque lo que fuese preciso fuera, digamos, la muerte de medio millón de niños inocentes. O una guerra de agresión que causa la muerte de un millón de personas inocentes. O el bombardeo con un dron de una fiesta de bodas. O disparar proyectiles contra un hospital. O estar sentado en el Salón Oval -con su premio Nobel de la Paz reluciendo sobre la vitrina -mientras selecciona los nombres de las víctimas en su “lista de muertes” semanal.”

En el sitio de la red RT (23/03/2016), el también irlandés Finnian Cunningham toca la misma nota de la responsabilidad de las potencias occidentales. Para él, la guerra encubierta fomentada por Estados Unidos y sus aliados regionales en Siria inspiró a los aspirantes a yijadistas de toda Europa a ir a luchar en el país árabe, y “no se espera que esos yijadistas depongan las armas al regresar a Europa. Por ello, dice, la Unión Europea (UE) puede negar oficialmente cualquier relación, pero el hecho es que los países europeos han sido cómplices de la agudización del conflicto de Siria.

Y concluye: “La política criminal encubierta de cambio de régimen en Siria, de la cual la UE ha sidocómplice, en parte, está contragolpeando ahora con un horrible terror en las calles de Europa, de hecho en el corazón de Europa. (…) Los políticos europeos no dudarán en recurrir a las medidas de emergencia más draconianas, en función de la matanza, pero, en última instancia, es la política criminal de la UE la que se volvió contra sí misma.”

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