A cincuenta años de la crisis de los misiles: lecciones actuales

En el último medio siglo, la crisis de los misiles de Cuba ha sido catalogada como el momento más peligroso de la Guerra Fría, cuando el mundo estuvo en las puertas de un conflicto nuclear entre las superpotencias, , cuyas consecuencias habrían sido verdaderamente apocalípticas. Hoy se sabe que el peligro fue mayor de lo que se percibió entonces y que el Armagedón fue evitado por las acciones determinadas de un puñado de hombres en Washington, Moscú y en el Mar Caribe, hombres que tuvieron las agallas de mantener la lucidez en momentos críticos y de revisar conceptos enquistados por casi dos décadas de confrontación ideológica y militarista, resistiendo las fortísimas presiones de los belicistas de marca en ambos lados, quienes, como algunos de sus herederos de hoy, apostaban a una gran conflagración como el medio para la consecución de sus designios hegemónicos.

Aunque fuera solamente por estos motivos, el cincuentenario de los 13 días que conmocionaron al mundo, ya sería una oportunidad para el recordatorio de aquellos momentos cruciales, de los cuales hay algunas enseñanzas que necesitan ser rescatados por los individuos situados en altos puestos y responsables de decisiones que tienen influencia en todo el planeta.

La crisis se desarrolló entre los días 16 y 28 de octubre de 1962, después de que un avión norteamericano de reconocimiento descubrió que los soviéticos estaban instalando proyectiles nucleares de alcance medio en Cuba, capaces de alcanzar en pocos minutos una serie de objetivos en la Costa Este y Sur de los EUA. La medida, con la que el Kremlin pretendía contrabalancear la gran superioridad numérica que los EUA detentaban en ese entonces en cuanto a misiles balísticos de largo alcance, provocó una inmediata reacción de Washington y el Estado Mayor Conjunto, repleto de “halcones” quienes recomendaron al presidente John F. Kennedy (1961-1963) el lanzamiento inmediato de ataques aéreos a las bases de los misiles en Cuba, seguida a los pocos días, de una invasión de la isla caribeña.

Haciendo referencia a la I Guerra Mundial y, en particular al entonces best-seller de Barbara Tuchman, Los cañones de agosto, Kennedy insistía en resaltar lo inadecuado de las tácticas y las respuestas militares convencionales en una era de armamentos nucleares, cuyo empleo casi inevitable sería devastador. En vez de acciones directas, optó por el bloqueo naval, con lo cual los barcos que iban hacia Cuba serían interceptados por la Marina de su país y revisados en busca de armas. Al final, con la ayuda crucial de una activa diplomacia tras bastidores entre Kennedy y el premier soviético Nikita Krushchov, los misiles fueron retirados, a cambio del compromiso del presidente de no invadir Cuba y de retirar en los meses siguientes los misiles intercontinentales estadounidenses estacionados en Turquía y en Italia, aunque esta parte del acuerdo no fue divulgada por el Kremlin.

En el transcurso de la crisis, su suscitaron varios episodios en que la situación estuvo muy cerca de salirse de control: cuando los “halcones” del Pentágono determinaron que el nivel de alerta de las fuerzas estratégicas norteamericanas se elevara hasta el penúltimo nivel antes de guerra (Defcon 2) y realizaron la prueba de un misil nuclear, sin avisarle al presidente; cuando un avión de reconocimiento U-2 fue derribado sobre Cuba muriendo el piloto; y en el mismo día, cuando un submarino soviético estuvo a punto de disparar un torpedo nuclear contra la fuerza de tarea norteamericana que lo acosaba. Durante todo el tiempo, tanto Kennedy como Krushchov recibieron fuertes presiones de los respectivos “líneas duras” a favor de una opción militar para el embrollo.

En la ocasión, la histórica afirmación del secretario de Estado Dean Rusk, uno de los belicistas atrincherados en el gabinete de Kennedy, denota el estado de ánimo de sus compatriotas de todas las épocas, que ven en los EUA la nación predestinada a la hegemonía global incontestable: “nos vimos ojo a ojo, y creo que el otro tipo, simplemente parpadeó”.

No obstante, el episodio acabó promoviendo una especie de epifanía en los dos líderes, quienes mantuvieron una correspondencia privada sigilosa, durante los meses siguientes, hasta el asesinato de JFK, en noviembre de 1963, en la cual llegaron a darle el visto bueno al fin de la Guerra Fría y a la posibilidad de una cooperación científico-tecnológica conjunta para la exploración espacial.

En un oportuno artículo publicado el pasado 26 de octubre, el comentarista político de la red rusa RT, Sergey Strokan, destaca cinco lecciones de la crisis para nuestros días.

La primera es que “respuestas asimétricas”, como la que Kruschov intentó imponer a los EUA, constituyen empresas extremadamente arriesgadas. “Son una herencia de la Guerra Fría y no caben en el mundo de hoy. En vez de respuestas asimétricas, los líderes deberían entender que cualquier intento de construir la seguridad de sus naciones en detrimento de las demás, al final de cuentas, resultará solamente en inseguridad”.

La segunda lección, dice, es que “la resolución de las crisis -tanto globales como regionales- debería estar basada en la restricción por parte de los líderes y excluir, de forma inequívoca, las guerras como instrumentos de política mundial. Algunos dicen que, 50 años después de la crisis cubana, es extremo idealismo creer que los líderes de hoy seguirían este principio, considerando las guerras en Afganistán, Irak, Libia y Siria y la retórica belicista contra Irán. No obstante, Kennedy y Kushchov demostraron que un código de conducta no es, de modo alguno, imposible”.

La tercera “es la noción de que, en una crisis del género, hay siempre circunstancias accidentales que puede, eventualmente, provocar una escalada fuera de control de los líderes. Cuando el bloqueo norteamericano de Cuba entró en vigor y los submarinos soviéticos se aproximaban, Kennedy ordenó que las naves estadounidenses dispararan pequeñas cargas de profundidad contra ellas, para forzarlos a subir a la superficie. Los historiadores dicen que Kennedy no sabía que los submarinos llevaban torpedos nucleares y estuvieron cerca de usarlos”.

La cuarta lección para las relaciones ruso-norteamericanas es que, “rotulando al otros como el enemigo número uno, como el Sr. (Mitt) Romney lo hace hoy, es para decir lo menos, una práctica vieja y extraña -esta es una mentalidad sobrepasada y obsoleta. Los líderes que se aferran a viejos dogmas, probablemente, fueron malos estudiantes de historia. Hoy, parecen ser hombres presos del pasado. Permítase que tengan una visión mejor de los sillones usados por Kennedy y Kruschov, durante sus conversaciones en Viena, o considérese como, después de la Crisis de los Misiles, Kennedy y Kruschov iniciaron su propia ‘religación’ (reset, en el original -n.e.), firmando un acuerdo comercial exclusivo, en 1963. Y menos de un años después de la crisis, hablando en la plenaria de la ONU, el 20 de septiembre de 1963, JFK propuso la exploración espacial conjunta estadounidense-soviética”.

“Algunos dicen que, tanto para los EUA como para Rusia, octubre es un mes atemorizante -no solamente a causa de la Revolución Bolchevique y del Halloween, sino por causa de las Crisis de los Misiles de Cuba. Sn embargo, los desastres pueden ser fácilmente evitados, cuando los egos nacionales y las paranoias ceden su lugar a un nuevo pragmatismo, comúnmente descubierto con grandes dificultades, después de las crisis y errores. Esta es la quinta y última lección a ser aprendida de la crisis cubana”, concluye Strokan.

Por encima de todos, la superación de la Crisis de los Misiles abrió la posibilidad de una sustitución de la carrera armamentista de la Guerra Fría por una estrategia de cooperación entre las dos superpotencias, inclusive con un liderato conjunto de exploración espacial. Desafortunadamente, el asesinato de Kennedy implicó una anulación inmediata de tal perspectiva, que tenía el potencial para elevar a la Humanidad como un todo a una etapa civilizatoria superior, y abrió las puertas para una consolidación del conjunto de intereses agrupados en torno del complejo industrial-militar norteamericano y del sistema financiero internacional controlado por el eje Wall Street-City de Londres.

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