“Gran Reset”: El Sol nunca se pone para los colonialistas

MSIa Informa, 1 de abril de 2021.-Ya señalado como una especie de transformación histórica de la economía mundial por sus maquinadores, el “Gran Reset” (ya popularizado en la lengua española en su forma inglesa) no pasa de ser la reencarnación post moderna del viejo designio imperial británico compartido con nuevos protagonistas, un proceso análogo a la reformulación de los estrategas del Imperio Británico de la post guerra, cuando mantenerlo en su forma original era imposible.

En el auge de su poderío, en la segunda mitad del siglo XIX, los apologistas del Imperio Británico se jactaban de que el Sol nunca se ponía en las tierras bajo su dominio. Ese fue también el periodo áureo del imperialismo europeo, con la repartición de 90 por ciento del continente africano y la humillante explotación de China, luego reforzada por los japoneses, que se inició con las vergonzosas guerras del opio, desatadas por los británicos en defensa del “derecho” de inundar el país con los narcóticos producidos en su colonia india. Nació por esa misma época la geopolítica como disciplina académica al servicio del poder de las potencias competidoras por los recursos naturales de otros países y pueblos, meta que llevó a las dos guerras mundiales del siglo XX.

Alianza angloamericana

A principios del siglo pasado, luego de la difícil victoria en la Segunda guerra de los Boers (1899-1902), en la que presentaron a la humanidad los campos de concentración de civiles, los estrategas británicos comenzaron a percibir la incapacidad de conservar por medios militares un Imperio extendido por cinco continentes. A partir de entonces, una facción de peso del poderío oligárquico comenzó a articular la “recaptura” de la excolonia estadounidense, ya entonces la mayor potencia industrial del mundo, para incorporarla al proyecto de hegemonía. El plan, al que el magnate e imperialista recalcitrante Cecil Rhodes (1853-1902) dedicó buena parte de su fortuna, se materializó luego de la Primera guerra mundial (1914-1918) con la creación de sociedades semi secretas para coordinar las propuestas políticas entre las élites dirigentes de los dos lados del Atlántico: el Real Instituto de Asuntos Internacionales (RIIA) o Chatham House de Londres y el Consejo de Relaciones Exteriores (CFR) de Nueva York.

Luego de la II Guerra mundial (1939-1945), con el lado estadounidense, que ya dominaba prácticamente la mitad de la economía mundial, y ante la evidente incapacidad militar y financiera de preservar sus colonias asiáticas y africanas, los británicos promovieron su primer “Reset”: convirtieron el Imperio en la Mancomunidad Británica de Naciones (la Commonwealth) al mismo tiempo que invertían en nuevas fórmulas -menos costosas y, con frecuencia, más eficientes- para el dominio de los recursos naturales. Esto ya no sólo en las antiguas colonias, sino en otros países que aspiraban a su pleno desarrollo, tarea compartida con las élites estadounidenses, entusiasmadas con la posición hegemónica conquistada casi inmediatamente después de terminada la guerra.

Se introdujeron entonces las grandes causas globales, entre las que destacan la “protección” del ambiente (una rama de las viejas tesis eugenésicas de mejoramiento racial, de las que los británicos fueron pioneros), el control poblacional y la “defensa” de los derechos humanos y de la democracia, todo en sociedad con grupos oligárquicos de Estados Unidos. Para llevarlas a cabo, en lugar de tropas de ocupación, se desplegó un vasto ejército de entidades, por ejemplo, el Consejo Mundial de Iglesias (CMI-1948), la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICEN-1949), la Federación Internacional de Planeación Familiar (IPPF-1952), el Fondo Mundial para la Vida Silvestre (WWF-1961) y muchas otras, dotadas de generoso financiamiento de fundaciones privadas y de órganos gubernamentales de los dos países y, posteriormente, de las antiguas potencias coloniales europeas.

A pesar de los rótulos supuestamente humanitarios, dicho programa contemplaba, y sigue contemplando, tan sólo la vieja aspiración de aquellas oligarquías transnacionales: la consolidación de estructuras de “gobierno mundial”, encima y a la par de los estados nacionales soberanos. Su meta era echar a andar un orden mundial globalista, con población y perspectivas de desarrollo restringidas y sometidas a su dominio, limitadas por conceptos erróneos y falaces como los “límites del crecimiento”, “la explosión demográfica”, “la huella ecológica”, “la escasez de recursos (naturales y financieros)”, “la crisis climática” y otros que, por desgracias, han alcanzo una gran influencia en el comportamiento público de casi todos los países.

En aquel momento, la aparición de la Guerra fría proporcionó a las oligarquías occidentales un biombo de lo más conveniente para ocultar su plan exclusivista, profundizado con la ruptura unilateral de los acuerdos financieros de la post guerra por el gobierno de Estados Unidos en 1971. Este desvío abrió las compuertas a la brutal “financierización” de la economía mundial de las décadas siguientes, responsable del rápido crecimiento de las desigualdades socioeconómicas entre los países y dentro de ellos, marca registrada de la “globalización” de las últimas décadas.

Por ironía, les tocó a dos escritores ingleses escribir los mejores relatos de ficción del mundo de privilegios y de visiones excluyentes del empeño secular del eje anglosajón: Aldous Huxley, él mismo uno de los “intelectuales orgánicos” del grupo de poder, con su Un mundo feliz (1932); otro, un refinado crítico del sistema, George Orwell (seudónimo de Eric Blair), autor del más actual que nunca 1984, publicado en 1949.

Con el derrumbe de la Unión Soviética, en 1991, el grupo de poder transnacional juzgó que había llegado el “fin de la Historia” con el supuesto triunfo de su “modelo civilizatorio” sobre cualquier forma de organización socioeconómica y política de la humanidad.

No obstante, la ilusión se desvaneció, no sólo por la gran complejidad de las dificultades impuestas por la aspiración de todos los pueblos a niveles de vida dignos y al manejo de sus propios destinos, sino además por el rápido ascenso de China como potencia económica e industrial y, no menos, por la reemergencia de Rusia como potencia  militar, tecnológica y científica; ambas  crecientemente comprometidas con la consolidación del eje euroasiático como el nuevo centro de gravedad geoeconómico y geoestratégico del planeta.

El “Gran Reset” que en la actualidad  promueve el establishment oligárquico de América del Norte anglosajón y las antiguas potencias coloniales europeas es un intento desesperado de repetir la estrategia de “vulcanización imperial” de la post guerra, disfrazado de vinculación del sistema financiero internacional (por si sólo amenazado por la especulación del sus grandes operadores) a la causa aparentemente noble de la protección del planeta de los “amenazadores” cambios climáticos, y aprovechando la conmoción causada por la pandemia del covid-19.

De esta forma, ya no hay Guerra fría, a pesar de los intentos de los estrategas de Washington, Londres y Bruselas de revivirla a cualquier precio, incluso con el riesgo de una nueva conflagración militar de grandes proporciones. Tanto Moscú como Pequín dejaron de lado desde hace tiempo sus viejas pautas de confrontación ideológica de la post guerra, prefiriendo concentrar sus capacidades y esfuerzos en la construcción y en la consolidación de un nuevo orden de poder mundial cooperativo y no hegemónico, en busca del desarrollo compartido y ventajoso para todos sus participantes.

Vienen a colación las palabras del presidente chino, Xi Jinping, en la conferencia virtual del Foro de Davos de enero pasado: “El trato equivocado del antagonismo y de la confrontación, sea en la forma de Guerra fría, guerra caliente, guerra comercial o guerra tecnológica, acabaría por perjudicar los intereses de todos los países. (…) Las diferencias, en sí, no son causa de alarma. Los que son alarmantes son la arrogancia, el prejuicio y el odio” (Asia Times, 26/01/2021).

Estas palabras fueron reforzadas por su colega ruso, el presidente Vladímir Putin: “Está claro que el mundo no puede seguir creando una economía que beneficiaría tan sólo a un millón de personas, o inclusive los mil millones dorados. Este es un concepto destructivo. Ese modelo está desequilibrado por definición. Los acontecimientos recientes, inclusive las crisis migratorias, han reafirmado eso de nuevo. (…) Es obvio que la era ligada a los intentos de construir un mundo centralizado y unipolar acabó. Para ser honesto, ni siquiera comenzó. Se hizo un mero intento en esa dirección, pero, ahora, eso también es historia. La esencia de ese monopolio va contra la diversidad cultural e histórica de nuestra civilización” (Kremlin, 27/01/2021).

Resulta evidente que la crisis migratoria generada por el actual cambio de época histórica no se puede solucionar con una mera “reinicialización” de un sistema mundial viciado en privilegios para una ínfima minoría, en detrimento de las legítimas aspiraciones y de los derechos de la abrumadora mayoría de la humanidad al pleno desarrollo de sus potenciales.

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