La Pandemia y la obligación de las reformas

MSIa Informa, 10 de abril de 2020.-Nada de “covi-bonds”, se llaman “euro-bond”. Sin exagerar, son los instrumentos más importantes y virtuosos a los cuales debe recurrir la Unión Europea (UE) por un buen tiempo, y en volúmenes considerables y adecuados para una revitalización del sistema productivo e industrial europeo, que, de hecho, está siendo fuertemente impactado por la pandemia.

Después de que los rígidos parámetros de austeridad fueron detonados en todas partes, hasta en sus mayores baluartes, nos vemos ante una encrucijada de billones de euros y dólares, con los cuales gobiernos y bancos centrales pretenden enfrentar la emergencia detonada por el coronavirus.

La UE suspendió el Pacto de Estabilidad, liberando a los gobiernos para decidir sus acciones de apoyo a la economía y a los ciudadanos. En los países del G-20, con Estados Unidos a la cabeza, se inyectarán 5 billones de dólares en apoyos.

Por su parte, los bancos centrales, además de tasas cero de interés, anunciaron enormes inyecciones de liquidez al sistema. El Banco Central Europeo (BCE) colocará 870 mil millones de euros, equivalente al 7.3% del PIB de la zona del euro, para comprar títulos públicos y ABS (títulos vinculados a activos inestables) del sector bancario. La Reserva Federal estadounidense dijo que está lista para garantizar liquidez ilimitada con la misma intención. La presidente del BCE Christine Lagarde dijo que “con nuestras operaciones de financiamiento, dispondremos de hasta 3 billones de liquidez”. De igual manera gobiernos y bancos centrales enfatizan que, si la situación lo exige, se podrán expandir las operaciones. Lo mismo se está haciendo en otros países del mundo, incluyendo China.

En este punto, pensamos que es necesario esclarecer las cuestiones económicas y financieras. Para impedir la circulación del virus, se decidió interrumpir las actividades de importantes sectores económicos y, por ende, es deber de los gobiernos hacer todo lo necesario, desde el punto de vista organizativo y financiero, para poyar económicamente a las poblaciones forzadas a quedarse en casa y para impedir quiebras de empresas, ya sea pequeñas o grandes, por razones que no son estrictamente económicas. La cuantificación del apoyo variará de acuerdo con la duración de la emergencia y el tamaño del impacto económico en las situaciones nacionales individuales.

Otra cosa es la política monetaria anunciada por los bancos centrales, quienes propusieron nuevamente las mismas medidas usadas para enfrentar la Gran Crisis de 2008: comprar títulos públicos y otros títulos y valores más endeudados en su poder, con la promesa de que los bancos beneficiarios harán fluir la liquidez hacia inversiones productivas y préstamos para familias y, en particular las Pymes (pequeñas y medianas empresas), para apoyar la producción y el consumo.

Por desgracia, la experiencia de la década pasada nos dice que esas promesas no se cumplieron. Por el contrario, las intervenciones de los bancos centrales sirvieron principalmente para estabilizar situaciones comprometedoras de los mega-bancos “demasiado grandes para caer”. En esta ocasión, ellos no aparecen notoriamente como los que piden ser salvados –claro, todo acontece bajo la égida de la emergencia causada por el coronavirus.

Hoy, como lo hemos repetido en numerosas ocasiones, el sistema bancario y, en particular, el aún más poderoso y nebuloso sistema bancario “sombra” o paralelo, se encuentra, globalmente, en una situación más peligrosa que la década pasada. Un número es suficiente para entender su gravedad: la deuda pública y privada global (sin el sector financiero) saltó hasta el 250% del PIB mundial, contra el 200% del 2008. El gestor de esta enorme y compleja disponibilidad financiera es, obviamente, el sistema financiero en su forma actual.

A nuestro parecer, llegó la hora de que los Estados intervengan y no sean espectadores pasivos, sino activos y formuladores responsables de decisiones. Si se optó que cientos de millones de personas se queden en casa, que las fábricas paren y que hasta las iglesias suspendan sus actividades, no es tolerable que los mercados sigan con las manos libres, como si absolutamente nada estuviera pasando. Al final, ellos no son los nuevos dioses del Olimpo que pueden decidir el destino del planeta.

El Estado necesita intervenir los mercados. ¿Por qué no bloquearlos, cuando están pasando por una irracionalidad descontrolada y especulativa? ¿Cuál es el sentido de ver las bolsas caer 10-15% en algunos minutos y, después, afirmar que las cosas son lo mismo, como lo determina la ley suprema y “divina” del liberalismo económico? La pregunta a ser hecha es bastante perturbadora: ¿Qué es más importante, la vida de las personas, de las empresas y de la economía real, o las finanzas y sus “mercados”?

No se trata de poner a los bancos en la guillotina. De hecho, el sistema de crédito es esencial para el financiamiento de la economía, de las empresas y de las naciones. Es por esto que, ahora, las finanzas deben ser sometidas a una profunda revisión.

Dejar a la finanza especulativa con las manos libres, una vez más, es seguir operando como de costumbre y sería fatal pues significa repetir el mismo error cometido hace diez años atrás. Es la hora de que los Estados impongan en conjunto una forma de “administración controlada” a todo el sistema bancario y financiero, para salvar al componente saludable y liquidar al enfermo y especulativo.

Por tanto, la separación entre bancos comerciales y bancos de inversión se vuelve inevitable. Los ahorros de las familias y los depósitos corporativos no deben usarse más como colateral de transacciones especulativas de ningún tipo, comenzando con los derivados financieros “de ventanilla” (OTC).

O intervienen los Estados el sistema, o los mercados con sus actuales pseudo-reglas, tarde que temprano, causarán otras catástrofes económicas y sociales.

Generalmente, después de grandes catástrofes o terribles pandemias, no volteamos hacia las prácticas anteriores, pero nos comprometemos a reformar las leyes y el modus operandi considerado incorrecto y perjudicial.

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