En las actuales evaluaciones sobre Rusia, prevalecen dos corrientes de opinión. La mayor parte de la prensa, principalmente la de Estados Unidos, es abiertamente hostil y tendenciosa. Del otro lado, en los medios político, económico y científico, se identifican algunos de los dilemas que enfrenta el país como resultado de las reacciones a los acontecimientos de los últimos cuatro años.
Esta autora participó recientemente en una conferencia del Dr. Gregor Berghorn en el Mid-Atlantic Club de Bonn sobre la situación actual de Rusia. Berghorn es un veterano promotor e incentivador de las relaciones ruso-alemanas y su análisis puso de manifiesto la necesidad de un diálogo renovado con Rusia, en especial en los campos económico, científico y estratégico, dado su papel decisivo en el escenario mundial.
Berghorn, especialista en lenguas y literatura inglesa y eslava y en asuntos de Rusia y de Europa del Este, trabajó en el Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD) de 1989 a 2016, cuando dirigió la oficina de la agencia en Moscú durante 14 años. Allí su jurisdicción incluía a Ucrania, Bielorrusia, Azerbaiyán, Armenia, Georgia y Moldavia. En Moscú fue también director científico de la Casa Alemana para Ciencia e Innovación (DWIH) y fue uno de los fundadores del Instituto Germano-Ruso de Tecnologías Avanzadas, en Kazán, además de organizar un programa de estudios para estudiantes alemanes en empresas alemanas instaladas en Rusia, en colaboración con la Cámara Alemana de Comercio Exterior en Rusia (AHK) y con la Escuela Superior de Economía.
En el marco de la iniciativa del presidente Vladimir Putin para la renovación general de las universidades Rusas, Berghorn inició programas de becas financiadas por los dos gobiernos y, durante su permanencia en Rusia, visitó cerca de 250 universidades, en particular, en otros países que formaban la antigua Unión Soviética. A su regreso a Alemania, en 2016, se integró al Foro Alemán-Ruso y al Diálogo de San Petersburgo, en el cual participa en el grupo de trabajo de educación y ciencia.
La Rusia de Putin
Berghorn inició su presentación con un verso del diplomático y poeta ruso Fyodor I. Tiujev (1803-1873), cuya traducción literal es: “Rusia no puede ser comprendida por el entendimiento humano/ sus misterios desafían cualquier medida./ Como este país es incomparable –tan sólo se puede creer en él.” (Tiujov fue el enviado ruso en Múnich, durante más de 20 años, amigo del poeta alemán Heinrich Heine y traductor de los poemas de Goethe y de Schiller.) Según Berghorn, en la antigua URSS se ponía mucho énfasis en la educación, en la técnica y en la ciencia, y había pensadores bien educados. Sin embargo, afirmó, la Rusia de hoy se asemeja a la descrita por Vyacheslav Volodin, uno de los colaboradores más cercanos de Putin: “Mientras haya Putin, habrá Rusia. Sin Putin no hay Rusia.”
En seguida paso a detallar aspectos de la biografía del líder del Kremlin, él “representa una generación nacida luego de la Guerra, que tenía una visión positiva de la Unión Soviética.” Al haber crecido durante el periodo de la carrera espacial con Estados Unidos, observó la desintegración de la URSS y la pérdida del respeto mundial antes existente, cuya recuperación se convirtió para él en una motivación fundamental.
Putin, dice Berghorn, fue el primer líder de su país que no frecuentó una escuela del Partido Comunista, no recibió ningún tratamiento ideológico, pues su carrera fue auspiciada por “recomendaciones personales” –es decir, relaciones personales, no por estructuras institucionales, un trazo común que puede discernirse todavía hoy. Putin permanece en el centro y distribuye tareas y gabinetes para preservar el control y la seguridad. Su sistema se funda en la lealtad de un número administrable de personas de confianza, en el cual el “Siloviki”, los poderosos ministros del Interior y de la Defensa tienen un papel especial –este último Sergei Shoigu, es muy cercano a él y se le considera un posible sucesor.
Política de modernización “en cero”
Luego de las elecciones de la Duma (Cámara baja del Parlamento) de 2011-12, hubo grandes protestas en Rusia, simultáneas a las acontecidas en Georgia, Ucrania, Bielorrusia y la “Primavera árabe,” en Túnez, Egipto y Siria (donde la situación desembocó rápidamente en un conflicto inflado desde el exterior). El escenario, para Putin, era una “visión de horror,” pues temía que las protestas pudiesen extenderse a Rusia. Este temor se acentuó luego de las manifestaciones de Kiev, en la vecina Ucrania, que culminaron con la deposición del presidente Viktor Yanukovych, en febrero de 2014.
A partir de ese año, Putin al iniciar su tercer mandato, puso en marcha una serie de profundos cambios en la política rusa, inicialmente en el ámbito interno, con más control y centralización de la administración. Además de nombrar los gobernadores generales (polpreds) de las diez principales regiones administrativas (cuyo nombramiento compete al presidente desde 2000), él nombró también a los gobernadores de los 84 gabinetes administrativos de las regiones federales. Otras medidas incluyeron la ley de registro de agentes extranjeros, dirigida contra las numerosas organizaciones no gubernamentales y agencias de fachada para encubrir las intervenciones externas en el país; varias entidades fueron cerradas, como la Fundación Carnegie, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) y otras. No obstante, entidades que operan en el campo científico no fueron afectadas, como el DAAD, la Fundación Helmholtz y la Fundación Alemana de Investigaciones (DFG)
Berghorn anotó que en el tercer mandato de Putin la política de modernización y de innovación iniciada por su antecesor, Dimitri Medvedev (2008-2012), quedó en “cero,” lo cual ha tenido enormes consecuencias en la “creatividad.” “Desde un punto de vista abstracto, es claro que Rusia necesita urgentemente la modernización de la educación, de la producción, de los negocios, de la administración de la técnica, en especial en el campo de la educación. Sin un nuevo entrenamiento orientado a las profesiones, no es posible el reinicio económico. Su educación no es mala en sí, pero todavía sigue los objetivos de la antigua economía planificada, condicionada por la falta de reformas sustanciales,” resaltó.
Para él, uno de los grandes dilemas es la política económica rusa. Con una población de 147 millones y medio de habitantes, contando a Crimea y a los refugiados (principalmente del Este Ucrania), la renta mensual media no pasa los 30 000 rublos, lo que equivale a 500 euros. El dilema, afirmó, es que “Putin y las autoridades económicas no han emprendido iniciativas que conduzcan a la renovación y al desarrollo mayor de la economía. No se pusieron en marcha medidas a largo plazo, en la mayoría de los casos se trata de ejemplos de medidas a corto plazo para obtener ganancias rápidas. Sin embargo, las cuestiones políticas han recibido una atención mayor, la economía fue dejada más o menos a que se valga por sí misma”.
La principal fuente de ingresos presupuestales rusa (75 por ciento) proviene de las ventas de petróleo, gas y carbón mineral. El Estado ruso recibió en 2016 º50 mil millones de esas fuentes, contra apenas 82 mil millones provenientes de ingeniería, química, metalurgia y agricultura. Se observa, igualmente, una falta de inversión. Mientras que las economías más industrializadas invierten hasta el 30 por ciento de su PIB, este índice en Rusia es de apenas del 10 por ciento, por lo cual el crecimiento económico ha variado de entre 0.2 -0.6 por ciento.
Estos números son compatibles con un parque industrial obsoleto y con plantas térmicas de alto costo operacional. Las transacciones con Alemania corresponden a un quinto del comercio exterior ruso y, por el efecto de las sanciones de los Estados Unidos, y de la Unión Europea (UE) aplicadas en el desarrollo de nuevos campos de petróleo y de gas natural (a causa de la imposibilidad de adquisición de nueva maquinaria de perforación), Rusia se volvió proteccionista en su agricultura. Sobre la política exterior rusa, Berghorn comentó que la Federación Rusa de 1992 a 2014 apenas si se movió “fuera del espacio de la antigua URSS,” como en los ejemplos de Kosovo, Georgia, Transnístria y Osetia del Sur. Fue sólo a partir del inicio de la escalada de la crisis de Ucrania cuando Moscú, al sentirse amenazado por el “cerco de la UE y de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), comenzó a extender sus intervenciones externas.
Durante este periodo, la sociedad estratégica con Alemania se disolvió y Putin invirtió en nuevas sociedades, con China y Turquía, además de haber participado activamente en las negociaciones para la suspensión del embargo internacional contra Irán y, en 2015, inició su intervención militar en Siria, para evitar la caída del gobierno de Bashar al-Assad.
Berghorn recalcó la importancia de que los investigadores occidentales tengan un sentido más profundo de los acontecimientos, problemas y sensibilidades que suceden en las “profundidades del espacio ruso.” Aparte de las dificultades para mantener la “corrupción bajo control,” identificó como uno de los problemas el creciente despoblamiento del Extremo Norte y del Extremo Oriente (Siberia). A pesar de la adopción de medidas generosas de incentivo, la emigración continua, en la medida en que aumentan tanto la influencia de la vecina China como los costos de manutención de la infraestructura (transportes, logística, educación y salud). También hay una fuerte emigración de Asia Central, “trabajadores invitados” del Sur del Cáucaso, de Moldavia y, hasta recientemente, de Ucrania. A esto hay que agregar los costos de la integración de Crimea (3 ò 4 mil millones de euros por año), de la integración de los refugiados del conflicto del Este de Ucrania y de los diferentes grandes grupos étnicos, que representan cerca de 20 millones de no ciudadanos (la dirigencia rusa está consciente del problema de las islamización del Cáucaso, pero es cautelosa al lidiar con el problema), así como el sostenimiento de los servicios de salud en regiones remotas. Además, la urbanización creciente y el crecimiento de “espacios vacíos” están causando grandes tensiones. Al Este del meridiano 60, Siberia, resaltó Berghorn, hay un “vacío,” un espacio vasto en el que viven tan sólo 30 millones de personas. El Extremo Oriente, la mayor provincia de la Federación Rusa, tiene apenas 6 millones de habitantes, con una capacidad económica declinante, mientras que la situación social se vuelve cada vez más inestable.
De acuerdo con Berghorn, el “sistema Putin,” fundado en la “democracia vertical” y en medidas de control centralizado, es incapaz de solucionar esos problemas. No hay “inversionistas” ni “iniciativa privada.” Putin tiene como objetivo devolverle a Rusia una “estatura internacional,” pero no hay una “filosofía de Estado fundado científicamente,” ni ideología o un partido portador de ideas, y el poderío económico del país es muy débil para la intervención a escala mundial.
La sociedad perdida con Alemania
Putin, indiscutiblemente, fue quien restableció el orden luego del caos del periodo de Yeltsin. Sin imbargo, insiste, Putin no creo ningún “concepto estratégico coherente.” Igualmente emerge la cuestión sobre las consecuencias más profundas de la sociedad perdida con Alemania –que, de no haberse roto, habría evitado la escalada sobre Crimea. Durante el debate quedó claro que, precisamente, debido a los dilemas que involucran a Rusia en las últimos años es más que nunca importante mantener con el país un diálogo abierto y constructivo.
El ex secretario de Estado Friedhelm Ost, encargado de la invitación de Berghorn, se refirió al magnífico discurso de Putin dedicado al Parlamente Federal alemán en 2001, marcado por un espíritu optimista y por un deseo sincero de reformas (La mayor parte del discurso fue pronunciado en alemán, lengua que Putin domina con fluidez). Su síntesis es oportuna: “A pesar de todas las dificultades, Rusia desempeña un papel clave en la política mundial y, como demostró el ejemplo de Siria, muchos de los problemas estratégicos no se pueden solucionar sin ella.”

Português
Msia Informa
