Un evidente nerviosismo ronda en el mundo al escuchar el redoblar de tambores en la península coreana, donde destaca el comportamiento de los jefes de los tamborileros, el presidente estadounidense, Donald Trump, y el dirigente norcoreano; Kim Jong-un, quien asumió el título de “Querido líder” que antes ostentaba su padre, el fallecido Kim Jong-il.
De un lado, el rotundo Kim, muestra que aprendió bien la estrategia favorita de la familia y del régimen de Pyongyang, la de parecer loco e incontrolable, al enfilar una serie de pruebas de proyectiles balísticos de largo alcance para amenazar con dispararlos contra el territorio estadounidense de la isla de Guam, contra Corea del Sur o contra Japón; tales proyectiles podrían equiparse con ojivas nucleares, aunque no se cree que la técnica norcoreana esté tan aventajada como para llevarlas hasta territorio continental estadounidense (las estimaciones sugieren que el régimen dispone de por lo menos algunas docenas de ojivas nucleares).
Por el otro lado, Donald Trump hincha el pecho y utiliza su medio de comunicación favorito, Twitter, además de discursos relucientes, para prometer “fuego y furia como el mundo jamás vio” contra Corea del Norte, en caso de que el régimen de Kim insista en sus provocaciones y se atreva a desencadenar un ataque militar contra los blancos antes mencionados.
En un análisis racional es fácil concluir que ambos están “blofeando”, pues las consecuencias de un enfrentamiento militar, que podría escalar fácilmente al uso del armamento nuclear, son potencialmente devastadoras y con repercusiones a escala mundial. Por ello, la diplomacia rusa, que no acostumbra abusar de la retórica en sus manifestaciones públicas, está tomando la amenaza muy en serio.
En reciente entrevista, la portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, María Sajarova, afirmó que Estados Unidos y Corea del Norte están muy cerca de un conflicto armado y que parecen ignorar las consecuencias.
“Nosotros hemos dicho que la situación está en el límite, pero, a pesar de esto, escuchamos la retórica de Pyongyang y las declaraciones diarias de Washington. Lo paradójico es que son idénticas. Parece que todas las declaraciones de Pyongyang se están traduciendo al inglés y son repetidas por los funcionarios estadounidenses,” dijo (RT, 14/08/2017).
“Si las personas no entienden la amenaza de las armas nucleares en 2017, que esto es una amenaza para todo el mundo, entonces ¿de qué estamos hablando? Rusia y China iniciaron un programa para superar esa crisis, tiene que haber un doble congelamiento. Los estadounidenses y Corea del Sur congelan sus ejercicios militares, que son provocadores, y Corea del Norte congela sus pruebas, pruebas que han sido condenadas por Naciones Unidas,” señaló.
Las dos potencias asiáticas están actuando en estrecha sintonía para desarmar la bomba que pende sobre la península coreana, China ha resaltado que se mantendría neutral si Kim hiciera el primer disparo, pero que no permitiría que Washington o Seúl hagan ningún intento para derribar el régimen de Pyongyang.
Con todo rigor, los proyectiles nucleares de Kim no son la preocupación más grande, pues el disparo de uno de ellos sería suficiente para una respuesta inmediata de Estados Unidos, que podría devastar a Corea del Norte en cuestión de horas. Por el contrario, el “Querido líder” sabe que su triunfo mayor es tenerlos y no usarlos. Su ejército, en compensación, tiene algunos millares de piezas de artillería pesada y lanzadores de proyectiles convencionales estacionados a lo largo, y un poco atrás, de la zona desmilitarizada que marca la frontera que divide a Corea, con alcance suficiente para disparar en pocas horas miles de obuses y cohetes de alta potencia contra importantes ciudades sud coreanas, en particular la capital, Seul (véase el mapa abajo).
Fuente: http://www.businessinsider.com/north-koreas-artillery-capabilities-2017-6
Aunque ambos lados tengan plena consciencia de los riesgos que entraña un enfrentamiento abierto, aunque no sea atómico, el problema mayor es que, en un ambiente de retórica inflamada y con actores histriónicos, cualquier error de cálculo o incidente puede ser la chispa, en una atmósfera altamente cargada que desencadene una explosión imparable –y que puede, literalmente, llegar a las armas nucleares.
Para quien no cree que se pueda alcanzar tal nivel, baste recordar los momentos, durante la Guerra fría, que el mundo escapó por un castañear de dedos de un tiroteo nuclear. Uno fue durante la Crisis de los misiles de Cuba, en octubre de 1962, cuando la negativa solitaria del comandante de la flota de submarinos soviéticos que operaba a lo largo de la isla caribeña evitó el lanzamiento de un torpedo nuclear contra una flotilla estadounidense que lo cercaba.
En noviembre de 1979, programadores del sistema de computadoras del Comando de Defensa Aeroespacial de América del Norte (NORAD) echaron a andar por error un programa que simulaba un ataque nuclear soviético, lo que hizo que se informara al entonces consejero de Seguridad Nacional Zbignew Brzezinski que estaba en marcha un ataque. Por fortuna, el error fue detectado a tiempo, antes de que el presidente Jimmy Carter fuera informado del “ataque.”
En Septiembre de 1983 le tocó al coronel Stanislav Petrov, jefe del centro de alerta anticipada de las fuerzas de misiles soviéticas, descartar un error del sistema de señales de radar que informaban del lanzamiento de cinco proyectiles estadounidenses contra la Unión Soviética. Si en vez de esperar a asegurarse del error hubiese dado la alarma, la respuesta soviética al ataque imaginario habrá desatado el apocalipsis nuclear (Petrov, de todas formas, fue recriminado por sus superiores).
A pesar de que el número de tales episodios parezca reducido, en siete décadas de existencia de armas nucleares, cuando estas están en juego, bastaría un solo paso para desatar lo impensable.

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